THE LIBRARY
OF
THE UNIVERSITY
OF CALIFORNIA
LOS ANGELES
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GIFT OF
Clark J, Milliron
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HISTORIA
DE LOS PP. DOMINICOS
EN LAS ISLAS FILIPINAS
Y m m MISIOIS DEL JAPÓN, CHINA, MGRl Y FORMOSA.
HISTORIA
DE LOS PP. DOMINICOS
EN LAS ISLAS FILIPINAS
Y EN SUS mmm del japón, china, tü.\g-kin y foíimosa,
QUE COMPRENDE
LOS SUCESOS PRINCirALES DE LA HISTORIA GENERAL DE ESTE AUCHIPIÉLACx.O,
DESDE EL
DESCUBRIMIENTU Y CONQUISTA DE ESTAS ISLAS POR LAS FLOTAS ESPAÑOLAS, hasla el m de 1840.
OBRA ORIGINAL É INÉDITA DEL
M. R. P. Fr. JUAN FERRANDO,
UECIOR Y CANCELARIU QVE FUÉ DE LA UMVICR.SIUAÜ DE SANTO TOMÁS DE MANILA, Y COIIRKGIDA, VAIUADA Y REFUNDIDA
EN SU PLAV, EN SUS FORMAS \ EN SU ESTILO
POR EL M. n. \\ F\\. JOAQUÍN FONSECA,
PROFüSOR DE TEOLOGÍA, Y VICE-HECTOR DE LA MISM V LMVERSIDAÜ
CON UM /II'KNDICK H\STA NUESTROS 1)US.
SE IMPRIME FOn ORDEN UEL DI. B. P. FROVINCIAL
Fr. PEDRO PAYO. TOMO I.
COA I.AS I 1CE^CI.\S i\ECESAI\IAS.
MADRID.— 1870.
IMPUENXA y HSTERKOTIPIA DE M. RIVADENEYRA,
calle del Duque de Osuna, numero 3.
ntispiclo eje la Iglesia conventual de Santo Domingo de Manila, reedificada después del terremoto del 3 de Junio de 1S63 , siendo F^rovincial el M. R. P. Fr. Domingo Tresserra.
•y.f
Á LA GLORIOSA VIRGEN MADRE,
REINA DEL SANTÍSIMO ROSARIO,
señora:
Antes de pisar el suelo filipino los venerables fundadores de la Provincia, que por tantos títulos es vuestra, colocaron sus trabajos bajo vuestros auspi- cios amorosos. Reunidos en la capital del nuevo Mundo en 1586, y próxi- mos á trasladarse á los países más remotos, con el fin de propagar en ellos el reino de vuestro Hijo amantísimo, creyeron que ante todas cosas debían ele- giros por Patrona de su obra. Y en efecto, en las Ordenaciones primordiales que establecieron en 17 de Diciembre de aquel año, como su base y funda- mento, dieron á esta Provincia el glorioso título de vuestro Santísimo Rosa- rio. Animados con la poderosa protección que esperaban de vuestra piedad, luego que llegaron á Manila dieron principio á sus tareas apostólicas , y con ella vencieron mil y mil dificultades, para plantear el estandarte de la Cruz entre naciones bárbaras y propagar la luz brillante de la fe en donde una den- sa niebla tenía sumergidos á sus infelices habitantes en las tinieblas de la igno- rancia y del error.
Pero las islas Filipinas eran un campo demasiado reducido para el ardiente celo de aquellos apostólicos varones; habían renunciado generosamente las co- modidades de la madre patria para llevar la palabra de salud á los infieles, y no podían permanecer tranquilos en Manila, cuando veian en su alrededor reinos muy extensos y poblados de paganos, que ignoraban todavía la doctri- na de la fe. Sin abandonar los bosques de Luzon, mientras unos se ocupaban en desmontarlos y cultivarlos, otros, atravesando tempestuosos mares, se pre- sentaban con la mayor intrepidez en Japón, en la Formosa, en Camboja, en China y en Tung-Kin, procurando, como laboriosos y fieles operarios, sem- brar en todas partes la semilla del santo Evangelio y renovar los tiempos apos- tólicos, con su desprendimiento de los bienes temporales, con su ardiente celo por la gloria de Dios, con su valor heroico en sostener la verdad que predi- caban'; sufriendo un gran número de ellos prisiones, destierros, tormentos, y la misma muerte en medio de suplicios espantosos.
La tierra, sin embargo, que tantos varones eminentes han procurado cul-
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t¡\ar, no ha sido la más agradecida; en unas partes la crueldad de los tiranos ha obstruido enteramente la entrada á la luz del Evangelio, en otras las pre- ocupaciones y la suspicacia de los hijos del error han detenido sus progresos, y en todas ha sido necesario hacer esfuerzos indecibles para conservar lo que una vez se ha plantado. Esto no obstante, el celo de los modernos hijos de Domingo no ha degenerado todavía; aun los hay que, émulos de las glorias de sus padres, se ocupan con igual constancia en propagar y conservar la doc- trina de la fe, sin temer ni la cuchilla del tirano, ni el destemplado y ardo- roso clima de países intertropicales, habitados de neófitos y bárbaros. Así ga- nan millares de almas para Dios, y propagan la gloria de su divino nombre en donde no era conocido; y es preciso confesar que todos estos frutos vues- tros son, oh Madre amorosa, porque vos alentáis el fervor de vuestros siervos, y fecundáis las tiernas plantas que cultivan bajo vuestro amparo poderoso.
Yo, Seniora, bien quisiera poderos presentar ahora alguna prenda de gran valor, digna de Vos; pero tengo el desconsuelo de no hallar en mí sino la buena voluntad. Salí, lo confieso, de mi patria animado de los mismos senti- mientos que nuestros padres; pero no he tenido la dicha, ó más bien no he sido digno de ser contado entre los hermanos que tan gloriosamente honran todavía la Orden y Provincia que protegéis con tan amorosa piedad. Pero ya que no puedo ofreceros tareas apostólicas, conversiones de infieles, conflictos y padecimientos sufridos entre salvajes y tiranos, os ofrezco, no obstante, lo que puedo : la Historia de vuestra Provincia predilecta, que, con el auxilio del Señor y vuestra mediación, he terminado. Recibid, Señora, este pequeño tra- bajo, que el menor de vuestros siervos os dedica, y dignaos bendecirlo, á fin de que pueda ser útil á mis hermanos, y vuestro nombre glorioso sea siempre más engrandecido y honrado.
A vuestras sagradas plantas, el menor de vuestros siervos, Fr. Juan Ferrando.
AL LECTOR.
En cuatro partes se habian publicado los hechos gloriosos de los hijos de la Prov'mcici del Santísimo Rosario que han tenido lugar en estas regiones asiáti- cas, desde que á ellas aportaron en 1587 hasta 1765, y conforme á este mé- todo deberían ahora publicarse los restantes en una quinta, como prosecución de las primeras. Mas esto sería dar á los lectores una historia incompleta, y privarles de las noticias que en aquéllas se contienen.
En efecto, la primera, escrita por el limo. Sr. D. Diego Aduarte hasta el capítulo LV de su segundo libro, y proseguida hasta el fin por el venerable P. Fr. Domingo González, con la segunda, que compuso el P. Fr. Baltasar de Santa Cruz, habian sido impresas en Zaragoza el año de 1693, y de ellas apenas habia cu;uro ejemplares en las islas Filipinas. Poco menos sucedía con la tercera y cuarta, escrita aquélla por el P. Fr. Vicente Salazar, y ésta por el limo. Sr. D. Fr. Domingo Collántes, á excepción de los sucesos referidos en los diez y ocho primeros años, que, como dice el mismo autor, lo fueron por el P. Fr. Luis Sierra. La reimpresión de estas cuatro partes, ademas de que sería muy costosa, su lectura en el dia ofrecerla muy poco interés, ora por la diversidad de su estilo, ora por su demasiada difusión. Esto me ha movido á presentar la Historia de la Provincia en toda su integridad, compen- diando las noticias que nos trasmitieron los autores referidos desde el princi- pio hasta el indicado año de 1765, en que la dejó el limo. Collántes, y en seguida proseguirla bajo un mismo método hasta los tiempos más recientes- Esta idea ya trataba de realizarla el citado autor de la cuarta parte, lo que no hizo, tal vez, por haber sido promovido poco después á la silla de Nueva Cá- cercs.
Sin embargo de lo dicho, para escribir la historia de lo acontecido en el dilatado espacio de ciento ochenta años, de que hablan las cuatro partes re- feridas, no me he limitado á las noticias que en ellas se refieren; para mayor exactitud he procurado consultar cuantos documentos existen todavía en los archivos del convento y colegios de Manila, y los escritos que se han publi- cado hasta nuestros dias relativos á los sucesos de las islas Filipinas y sus mi- siones. Aun he llevado mis trabajos más allá de lo que pedia la historia p.u- ticular de una provincia religiosa; la primera parte da principio con la funda-
cion de la Provincia del Sntit'is'nno Rosario , y con ella sola el lector casi nada puede saber de lo que pasó en las expresadas islas hasta entonces. Para llenar este vacío, he creido oportuno dar en compendio una noticia de la topogra- fía y estado del país, así como también de la historia de los sucesos más no- tables que acontecieron en las mismas, desde la expedición de Magallanes hasta la llegada de nuestros fundadores á Manila. Y á fin de que la lectura fuese más amena y variada , he procurado interpolar los sucesos más notables que se han verificado aún en lo político, los que no han sido enteramente ajenos de la Provincia; porque en casi todos ellos han tenido alguna parte, ora activa, ora pasiva, algunos religiosos de la misma. El que tratara en el dia de dar á luz una historia general de Filipinas, con dificultad podria presentar suceso alguno memorable, que no se halle en los once libros y puntos preli- minares de la presente.
Excusado es hablar ahora de la gran dificultad que se me ha ofrecido para referir los sucesos de los últimos setenta y seis años. Sus noticias, si se excep- túan las que existen en las actas de los Capítulos provinciales. Consejos de Pro- vincia, y algunas relaciones de hechos aislados, ha sido indispensable reco- gerlas de una multitud innumerable de cartas y papeles sueltos, que, cuando se escribieron, no pensaban ciertamente sus autores que habían de servir para la prosecución de la Hisloria. El trabajo que para coordinarlas ha sido necesa- rio emplear, sólo el que se ha ocnpado en dar á luz esta clase de escritos po- drá justamente apreciarlo. Esto mismo podrá ser un motivo poderoso para inducir al lector á usar de indulgencia acerca de los defectos que notare.
ADVERTENCIA. — Las censuras y aprobación de toda la obra se pondrán en el último tomo.
OTRA. — Aunque se ha procurado dejar íntegro el texto del autor, con todo, en algunas cosas principalmente de las siguientes Nociones preliminares ^ se ha arreglado á las condiciones actualmente existentes por lo que hace á la división territorial y administrativa de las islas en su parte civil y eclesiástica.
PROTESTA DEL AUTOR.
En cumplimiento de los Decretos del Santísimo Pa- dre Clemente VIII y de cualquiera otras determina- ciones canónicas, protesto: que cuanto se contiene en esta Historia perteneciente á las materias de que ha- blan los expresados Decretos, no merece más crédito que el de una persona privada que escribe de buena fe. Protesto asimismo que cuando se refieren como he- chos milagrosos los que no están aún autenticados le- galmente, ó llamo mártires á los que no lo son ca- nónicamente, no es mi ánimo prevenir el juicio infa- lible del Romano Pontífice; tan sólo expreso el pare- cer privado y piadoso de graves escritores que así lo expresan.
NOTICIAS PRELIMINARES
Á LA
HISTORIA DE LA PROVIIIA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
DE FILIPINAS.
SECCIÓN PRIMERA.
geografía y estado de las islas filipinas.
Situación. — Clima. — Montes y llanuras. — Rios y lagos. — Aguas termales. — • Volcanes. — Minerales. — Vegetales. — -Reino animal. — Población. — Ra- zas.— Estadística. — Parte política y administrativa. — Parte eclesiástica.
Forman las islas Filipinas uno de los archipiélagos más notables que se conocen en el orbe. Situadas en la zona tórrida, entre los 5° 30' y 22° 40' latit. N. y 123° 40' y 132° 20' longit. E. del meridiano de Cádiz (i), gozan de la posición más ventajosa. El número de ellas es difícil designarlo; pasan sí de ciento, y si se toman en cuenta las pequeñas é islotes, hay quien las hace subir á mil. Las más notables, mayores y menores, habita-
(i) Siguiendo nuestras observaciones, dice el P. Buzeta, las Filipinas se hallan comprendidas entre los 120° 40' y los 130° 37' longit. E. del meri- diano de Madrid, con una latitud comprendida entre los 5° 9' y los 21° 3'. La longitud de Este á Oeste de las Filipinas en su parte meridional, formada por las islas de San Juan, Mindanao y Palauan, consta de más de 180 le- guas, y la latitud, desde las islas de Serangan , en el extremo S. E. , hasta las Büschi septentrionales, como de unas 320.
Apenas se encuentran dos autores acordes en fijar lo.^ límites de este archi- piélago.
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das y sujetas al gobierno de S. M. Católica en todo ó en parte, son las siguientes: Luzon, Mindanao, Min- doro, Samar, Panay, Ley te. Cebú, Negros, Paragua, Basil'an y Joló, las cuales ocupan una extensión consi- derable. Entre las menores pueden reputarse Bohol, Calamianes, Batanes, Babuyanes, Masbate, Catandua- nes, Siquijor, Tablas, Romblon, Sibuyan, Burías, Po- lilio y Ticau, y las Marianas, con otras de menor ex- tensión. Su clima y sus producciones naturales son muy variadas. Están muy distantes todavía de contener la población de que son capaces, y para formar una idea más exacta de su topografía, sería necesario visi- tarlas, tanto en sus playas como en su interior, lo cual es absolutamente impracticable, particularmente por lo que toca á las mayores. Sus numerosos rios, sus impe- netrables bosques, la insalubridad de la atmósfera en los países montuosos, y las tribus salvajes y carnívoras que hay en muchas partes, serán en todo tiempo una dificultad insuperable para poderlas perfectamente des- cribir. Daré, sin embargo, una noticia de lo más no- table que hasta ahora se ha podido averiguar.
Clima. — No se experimentan por lo general en ninguna de las islas Filipinas calores sofocantes, á pe- sar de que el sol pasa dos veces perpendicularmente por su suelo (i). Las brisas y monzones atemperan la
(i) Según observaciones aproximadas, el termómetro suele fijarse:
REAUMUR. CENTÍGRADO. FAHRENHEIT.
de Noviembre á Marzo 1 8,0 = á 22,0: 22,5 ==327,5 de Marzo á Junio 23,0 = 327,0: 28,8 = 333,8
de Junio á Noviembre 20,0 = á 25,0: 25,0=331,2
53,o = a 81,9. 84,0 = 3 93,9. 57,o = á 88,3.
— 3 — atmosfera, y las lluvias, que suelen durar desde Junio hasta Noviembre, constituyen una larga primavera. Sólo en los meses de Abril y Mayo es el calor algo molesto, con motivo de las calmas que hay en este tiempo; pero aun entonces está muy lejos del que se suele experimentar en muchas provincias de España en los meses de Julio y Agosto. En Manila, en donde molesta más que en otras partes por razón de los edi- ficios de piedra y murallas, rara vez pasa de los 92 gra- dos en el termómetro de Fahrenheit (i); sus efectos tampoco suelen ser muy molestos, porque casi siempre se traspira, y por otra parte, rara vez suelen faltar los vientos de la mar cuando su actividad debiera ser ma- yor. Las monzones, ó vientos periódicos, nunca faltan en las islas; la del sudoeste, que en Manila se llama vendaval, suele empezar por Julio y acaba á fines de Octubre, la cual sopla con gran furia y trae lluvias (2). La del nordeste principia regularmente por Noviem- bre, y termina en Febrero ó Marzo; los tiempos inter- medios los ocupan brisas variables y ligeras. El cambio
(1) Suponiendo que Manila tiene una latitud norte de 14°= 36' (Mon- sieur de La-Lande le da solamente 14° 3c'), el sol cortará su vertical el dia 29 de Abril y el dia 13 de Agosto, pasando, por lo tanto, perpendicular sobre la ciudad. Por lo mismo, su dia máximo será el dia 21 de Julio, teniendo de duración 12 horas y 55', y de noche 1 1 horas y 5', incluyendo en éstas los crepúsculos; y el dia mínimo el 22 de Diciembre, con una duración de solas II horas 5', y 12 horas 55' de noche, con los crepúsculos, y será la noche mayor.
El Sr. Cuarterón fija los puntos de la catedral de Manila, comparada en su longitud con San Pedro de Roma, en esta forma : lat. N. 14° 35' 7", lon- gitud E. 108" 27' 35", en un apéndice á su obra italiana Spiegíizione é Tra- duxione dei xiv quadri relativi alie Isole , etc.
(2) Hace algunos años que se nota bastante irregularidad en estas monzo- nes, particularmente desde el gran terremoto del ario 1863.
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de las monzones no se verifica regularmente sin estre- pitosos movimientos subterráneos ó atmosféricos, que suelen ser funestos. Las tronadas que preceden á los vendavales son espantosas: despiden las nubes muchos rayos y lluvias furiosas, aunque de poca duración. El vapor que se levanta entonces de la tierra, seca y llena de grietas, causa enfermedades, como dolores de cabe- za, etc. , y después de las tronadas se siguen las calmas, que molestan. El otro cambio de monzón por lo co- mún termina con huracanes ó tifones, llamados aquí baguios ( I ) , los que suelen derribar los árboles más cor- pulentos, y dejar la campiña desolada y las poblaciones destrozadas. Afortunadamente su mayor duración no suele pasar de seis ú ocho horas, y su radio no es de mucha extensión; á veces en pocos dias se experimen- tan dos ó más en unos mismos lugares. El que acon- teció en Manila en 1B31 destrozó casi todos los bu- ques que se hallaban en bahía, y arrojó muchos de ellos á la playa. En Cavite la fragata Union, buque de 600 toneladas, fué arrojada encima de la muralla que se estaba fabricando. En la ciudad fueron desen- cajados muchos balconajes de madera y conchas, y las planchas de plomo que cubrían la Aduana, que se aca- baba de construir, fueron arrancadas, y arrojadas á gran distancia en todas direcciones.
No fué menos violento el que aconteció en la costa
(í) Baguio es un fuerte viento acompañado de lluvia. Suele durar 24 ho- ras, variando cada tres ó más de dirección, de modo que en las 24 recorre todas las direcciones de la brújula. El año de 1865 ha sido fecundo en ba- guios, pues casi en todas las islas se han experimentado dos ó tres, los que han causado desgracias y pérdidas de mucha consideración.
de Cagayan el dia 7 de Octubre de 1845 : todos los pueblos, Pamplona y Buguey por una parte, hasta Gattáran por la otra, fueron enteramente destruidos, sin haberse librado los techos de las iglesias y conven- tos. Pereció en ellos mucha gente é infinitos animales; sólo en Camalaniúgan murieron doce personas y niu- chas más quedaron mal heridas. Los campos y los montes quedaron arrasados y abrasados como si hubie- ran sido incendiados. Durante el huracán se sintió temblar la tierra fuertemente y cayeron muchos rayos. Nueve pueblos quedaron destruidos, y sus infelices habitantes en la mayor miseria, la cual poco después fué en gran parte aliviada, ora por la caridad del al- calde y de los curas, ora por el donativo gratuito que dio la Provincia del Santísimo Rosario y su colegio de Santo Tomas, de la cantidad de cuatro mil pesos, con otros tres mil que la Real Hacienda facilitó de las ca- jas de comunidad. Muchos otros huracanes podríamos citar, que, tanto en la mar como en tierra, han cau- sado desgracias y pérdidas, que difícilmente se pueden calcular.
Las lluvias son en Filipinas copiosas: en Manila, sin embargo de no ser el punto en donde llueve más, se han hecho experiencias, que han dado 98 pulgadas por una lluvia media anual (i). En los montes del interior, particularmente en los del N. de Luzon, suele caer
(i) Esto se escribió cuando en Manila llovia más que en la actualidad. Según observaciones practicadas en un quinquenio, el término medio de la lluvia calda anualmente son unas 74 pulgadas. En el año de 1860 llovió 86, mientras que en 1864 llovió apenas 61 , y si algún año llueve más, ya se considera como extraordinario en lluvias.
granizo alguna vez; pero el agua nunca llega a conge- larse, ni aun en los meses de Diciembre y Enero, en los cuales se suele experimentar un frió penetrante y muy sensible, aunque en algunos puntos se la experi- menta con principios de congelación en su superficie. En estos meses, como los cuerpos no traspiran como en tiempo de calor, hay más enfermedades, particular- mente en la clase de españoles, de los cuales mueren muchos (i). Sin embargo, las enfermedades más co-
(l) Es observación que hacen los estadistas y geográficos, de que bajo los trópicos la estación del invierno es la menos favorable para la vida. Aunque muchas sean las causas que contribuyen á fijar la mayor ó menor mortandad en un país, con todo, los datos de defunciones comparados con los estados de almas y de nacimientos suelen ser considerados como barómetro de la salu- bridad de un clima dado. Según esto, Filipinas en su generalidad debe ser considerado como un país bastante sano. Hay mucha variedad entre los auto- res en fijar el término medio de la mortridad anual en Europa, y mientras unos lo fijan en i por 33, otros lo extienden hasta i por 43. En una me- moria ó sea Ensaco físico descriptivo de la provÍ7icia de Bataan, para la cual proporcionó muchos datos el inteligente y observador D. lííigo Azaola, se dice uque es cálculo generalmente admitido que en Filipinas de 21 personas nace l , y de cada 39 muere i , cuyo cálculo es bastante aproximado al que hemos hecho en vista de los datos suministrados por los estados de diez arios de las corporaciones religiosas; pues aunque no han dado un resultado igual á aquél (nacidos I por 22 '/j^; muertos i por 36 '/lo)' '^^ dudamos en lla- marle aproximado á aquél, principalmente en cuanto á defunciones; porque están incluidos los años pasados en que reinó el cólera en casi todo este ar- chipiélago, y además porque el número de defunciones es mucho más exacto que el de almas. De esperar es que, extendida la vacuna en las islas con buenos vacunadores, sea el resultado de defunciones más favorable, por ser muchos los que mueren en la infancia por las viruelas.
Las muertes en la clase de españoles son más, pues según los datos de de- funciones de este distrito municipal salen á i por 21 en el año de 1865, si es cierto lo que se dice, que hay unos 5.150 de la clase de españoles, sin contar los mestizos, pues han sido unas 240 las defunciones; pero como se cree más exacto el número de defunciones que el de vivos, en cuyo número se queda corta la estadística, se cree también que es bastante excesivo el nú- mero comparativo de defunciones. En España, en el quinquenio de 1858-62, resultaron las defunciones, según la estadística, i por 36, y en las capitales de provincia i por 28; y en el año 1863, i por 34, y 1 por 24 en las ca-
— 7 — muñes son la disentería y la tisis, que provienen del continuo calor, que altera é irrita el estómago. Por lo demás, la suavidad del clima, la bondad de los alimen- tos, el verdor y lozanía de los campos, con la abun- dancia de todo lo que puede apetecer el gusto, consti- tuyen á estas islas uno de los países más agradables del mundo conocido. '
Montes y llanuras. — Son las Filipinas, por lo general, bastante montuosas : la isla de Luzon está cor- tada de varias cordilleras, habitadas solamente de sal- vajes. El monte Mariveles, que está situado á mano izquierda de la entrada de la bahía de Manila, es uno de los más elevados ( i ) y da principio á una cordillera que se prolonga hasta Bolinao, de la provincia de Zam- bales, dejando una depresión en frente de Balanga y otra en Llana-Hermosa. Al pié de esta cordillera por el E. están las provincias de Bataan, Pampanga y Pan- gasinan, confinantes por el mismo punto con las de Nueva Ecija, Bulacan y Tondo, que, con la de Cavite, situada á la otra banda de la bahía, forman unas lla- nuras muy extensas, que dan muy ricas producciones de arroz, azúcar y aííil. Desde la provincia de la La- guna y Tayabas van saliendo otras cordilleras, de las cuales la principal va discurriendo por toda la contra-
pitales. Siendo así que los datos que se han presentado de aquí son del dis- trito municipal, no hay grande diferencia con España, aun cuando el núme- ro 5.150 se considere exacto; y si bien es verdad que algunos españoles se van á morir á España, habiendo contraído aquí la enfermedad mortal, con todo se puede tal vez considerar esta rebaja en las defunciones como recom- pensación de la rebaja que puede haber en el cómputo de los habitantes. (i) Le dan de 3.900 á 4.. 800 pies de elevación sobre el nivel del mar,
costa hasta el cabo de Engaño, al N. de Luzon. De ella salen varios ramales, en los cuales se elevan los en- cumbrados montes de San Cristóbal (i) y Maquíling en las márgenes de la Laguna de Bay; y desde Baler la de los ilongotes, que separa las provincias de la Nueva Écija y Nueva Vizcaya, la cual se prolonga de E. á O. hasta San Fabián, en el golfo de Lingayen. De aquí sigue su arranque ladeando las provincias de la Union é llocos Sur y Norte, terminándose al N. de Luzon entre el cabo de Bojeador y Cabicúngan. Entre estas cordilleras están las extensas llanuras que forman las provincias de Cagayan y Nueva Vizcaya, regadas por el Magat y el grande Ibanag, con quien se junta en Gamú. Al O. de estas dos provincias está el país de los infieles de varias naciones todas bárbaras, que ha- bitan en las faldas de los montes y orillas de los rios y esteros, en donde suele haber valles y llanuras de poca extensión. En el interior del país llamado de los igor- rotes está el monte Polac, el más elevado del N. de Luzon, porque, según dicen los infieles que han estado en su cumbre, se divisan de allí las dos costas de la isla, esto es, la de Nueva Écija y la de llocos. Otro monte hay bastante elevado en la cordillera del O., llamado Tangió, en frente de Santo Tomas y de Agoo. Al pié de esta cordillera están las llanuras de la Union y de Ilo-
(i) E] llamado San Cristóbal, dice el P. Félix Huerta, en su por más de un concepto interesante Estado geográfico , etc., de su Religiosa provincia de PP. Franciscanos, viene á ser como un desprendimiento del elevado Banájao, midiendo éste, según el mismo, 7.030 pies con 7 pulgadas sobre el nivel del mar. Otros le dan algo más, y otros algo menos. Al Maquíling le dan algu- nos 3.446 pies sobre el nivel del mar.
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eos Sur y Norte, de poca anchura; pues la mayor no pasa de una legua, aunque detras de ella se hallan dos bastantes considerables en el Abra, Dingras y Piddig. Ríos Y LAGUNAS. — Los rios principales de Luzon tienen su origen en la cordillera del monte Caraballo, entre las provincias de Nueva Ecijay la Nueva Vizcaya, y en el país de los igorrotes. Los más considerables son los de Cagayan, Pampanga, Abra y de Vigan, en llo- cos Sur. El primero, llamado Ibanag, sale de aquella cordillera por la parte en donde están los ilongotes, y corre hacia el N. En Carig ya es considerable, y de allí sigue su curso por el Difun, pasando por los pueblos de Camarag, Angadanan y Cauayan. En Gamú se le junta el Magat, de no menos caudal, y riega en se- guida lo restante de la Nueva Vizcaya (i) y Cagayan (recibiendo en Nassiping las aguas del Rio Chico ó de Itaves) (2), hasta el mar de China, desaguando en Aparri por una anchurosa desembocadura, que tiene por lo menos milla y media de extensión. El de la Pam- panga nace en la opuesta vertiente de la misma cordi- llera, en frente de Pantabangan y Carraglan de Nue- va Ecija, y tiene un curso á la inversa de aquél, esto es, de N. á S. En Cabanatuan recibe las aguas de otro
(i) Antes de erigirse la provincia de la Isabela, formada de parte de las de Cagayan y Nueva VÍ7xaya, por Real orden de 31 de Marzo de 1856, era verdad que el Rio Grande desde Gamú regaba /o restante de Nueva Vizcaya; mas ahora se debe entender ¡o restante Je ¡a Isabela.
(2) El Rio Chico tiene dos orígenes principales : el uno viene del centro del partido de Itaves, y el- otro más al poniente, que es el llamado propia- mente Rio Chico. Ambos se juntan un poco al N. de Giat, denominándose entonces rio de Bangag, hasta juntarse con el Rio Grande, denominado tam- bién el Tajo, al N. O. de Nassiping.
lO
rio llamado Chico, pasa por Arayat, San Luis, San Si- món y Apalit. En Calumpit se le junta el caudaloso rio Quingoa, y después de haber regado las llanuras de Agonoy, desagua por varias bocas en la bahía de Ma- nila. El del Abra sale del monte Polac, pasa por las cordilleras que habitan los buries y busaos, se le juntan otros rios en la llanura de aquel nombre, sale por una rara abertura cerca de Santa Catalina, y luego desa- gua en la mar. En sus grandes avenidas rebosa hasta Vigan, en donde tom.a dos direcciones que forman las barras de Dile y de Pandang. Otros rios hay en la isla de Luzon y en las otras islas del archipiélago, cuyo curso sería largo describir. Los más notables son : en la de Luzon el Agno en Pangasinan , Amburayan en llocos, el Pasig en Tondo, y el Orani que divide la Pampanga de Bataan.
Hay ademas en Filipinas grandes lagos , algunos de los cuales dejan de serlo en tiempo de secas. La lagu- na llamada de Bay tiene más de treinta leguas de bo- geo, y es navegable en todas direcciones. La de Bom- bón en Batangas es también de mucho fondo y grande extensión. Los lagos de Agonoy en Bulacan, de Can- daba y Cañaren en la Pampanga, y el Mangabol en Pangasinan, también tienen muchas leguas de bogeo en la estación de lluvias, porque reciben las aguas de varios rios que no pueden desaguar por sus cauces na- turales, con motivo de la poca elevación del terreno, resultando de ahí que á veces Se inundan provincias enteras. En tiempo de secas se visten de hermosísimas praderas que sirven de pasto para los animales, y se hacen grandes pescas de dalag, particularmente en el
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Mangabol, que conservan desecado como bacalao. También en la isla de Mindoro hay un gran lago, y dos en la de Mindanao.
Aguas termales. — En varias partes de Luzon abundan las aguas minerales y calientes. Las más co- nocidas son las del pueblo de Mainit, conocido con el nombre de los Baños, situado al pié del Maquñing, en la playa de la laguna de Bay. Los PP. Francisca- nos, que administran en lo espiritual el pueblo, tenian en él antiguamente un hospital muy bien montado, cuyo edificio existe todavía en el dia, que ya sólo sirve páralos soldados enfermos de Manila (i). A una me- dia legua de distancia se hallan muchos manantiales de agua caliente de varias temperaturas, y el más cau- daloso, que sale al pié del hospital, tiene el calor en sumo grado. En la provincia de Albay también hay aguas termales, cuya virtud no es tan conocida; pero no hay duda que podria producir los mismos resultados que las de la laguna de Bay. Otros muchos manantia- les hay en estas islas, cuyas virtudes y aplicaciones no son aun bien conocidas.
Volcanes. — Tres son en el dia los volcanes que hay al S. de la isla de Luzon, y uno en Babuyanes. Hubo antiguamente otros muchos en Tayabas y Ba- tangas, y también en el N. de Luzon, cuyos cráteres son lagunas ó están cubiertos de altas y espesas arbole- das. El mayor y el que despide casi siempre llamas es el Mayon (2), en la provincia de Albay: el monte en
(i) Hoy dia ya no existe tampoco en tal concepto.
(2) Dicen que tiene 1.628 pies de elevación sobre el nivel del mar.
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cuya cumbre está el cráter tiene la figura de un pilar de purificar azúcar, de mucha elevación. Su base tiene algunas leguas de circunferencia (i). Se descubre desde el mar á gran distancia, y es de mucha utilidad para los marinos que navegan desde las Américas á Fili- pinas. Otro se descubre no muy distante de aquél en la misma provincia de Albay, llamado Bulusan, el cual humea sin interrupción, y de vez en cuando arroja lla- mas. Lo mismo sucede en e\ de Taal , de la provincia de Batangas; mas éste ha tenido erupciones espantosas, que han consternado á toda la provincia. Según las ob- servaciones del farmacéutico D. Víctor López, que lo visitó personalmente, su cráter es ovalado y tiene sobre dos millas de diámetro. En su centro hay una laguna que baña el muro de la banda del Sur, y deja libre la mitad de su terreno, que es llano y sólido. Entre éste y la laguna hay un gran trozo en estado de reciente ignición. La cantidad de azufre que allí se halla es in- mensa. En el terreno libre del cráter existe un cubo de pórfido de veinte á veinte y cinco pies cuadrados. El muro es por todas partes perpendicular, y por el N., que es de mayor elevación , tiene doscientas toesas de altura, con ciento y cincuenta por la parte más baja. Otras notabilidades dejó escritas aquel diligente oficial, que podrian ser muy útiles si se aprovechasen.
Los montes y crestas de las provincias de Manila, Batangas, Laguna, Cavite y Bulacan, muestran que hubo en otro tiempo muchos más volcanes y erupcio-
(i) Bogea unas catorce leguas, dice el P. Huerta.
nes que ahora, porque todos ellos se componen de ce- nizas y lavas volcánicas. A una milla al O. de Indan, provincia de Cavite, hizo la provincia del Santísimo Rosario, en 1847, una mina entre los rios Zamboc y Jabo, á una profundidad de treinta y dos metros en la parte más elevada de la loma intermedia, para dirigir las aguas del primero al segundo, y regar con ellas su hacienda de Naic; y en su fondo se hallaron varios ma- deros, unos en estado de descomposición, y otros en- teros todavía. En el medio de la loma se hizo un poco, y en toda su altura hasta el fondo de la mina se ven capas volcánicas, y se ignora la profundidad de la base sobre la cual están asentadas. Habida consideración á su estructura geológica, es muy verosímil que todo aquel terreno fuese mar, del cual dista aquel punto muy cerca de tres leguas. Esta sola observación nos manifiesta las grandes revoluciones que ha sufrido esta parte de Luzon, causadas, á no dudarlo, por la violen- cia del fuego interior, que todavía subsiste en sus en- traíias. De aquí provienen los temblores que se expe- rimentan, los que algunas veces han sido muy funestos. De algunos se hará mérito en el decurso de esta His- toria; ni de ellos podríamos prescindir, en cuanto que han causado en varias ocasiones grandes destrozos en los edificios de Manila y otros pueblos de nuestra ad- ministración.
Minerales. — Hay en Filipinas muchos y ricos minerales que no se benefician. Se halla oro, hierro, cobre, imán, piedra cuadrada, ulla y azufre en abun- dancia. Sólo en Paracale y en el centro del país de los igorrotes se saca el primero de las entrañas de la tierra,
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pero de un modo muy imperfecto, sin arte ni conoci- mientos. Las minas de aquel pueblo eran ya famosas cuando Legaspi se posesionó de la isla de Luzon. Juan de Salcedo las visitó por la primera vez en 1571, y desde entonces sólo algunos naturales se han dedicado á explotarlas en la superficie de la tierra. Los igorrotes de Pancutcutan, pueblo situado en las faldas del E. del monte Polac, benefician las suyas de Acopan, Apayao y Locio, con otras menos considerables. Las poseen al- gunos principales de su nación , y las explotan por me- dio de esclavos, extrayendo una tierra colorada, que contiene el oro en granos de quilates muy subidos. Los trabajadores se iluminan con teas de pino, que llenan de humo las minas á poco tiempo de trabajar en ellas, y les impide la faena. Cuando pierden la veta, ó des- aparece de su vista, hacen algunos sacrificios al nonoy según su bárbara y confusa creencia, y en seguida ba- jan los más inteligentes para encontrarla. La mayor parte del oro que aquellos bárbaros bajan á las provin- cias de Pangasinan, Union é llocos Sur, es de estas imperfectas minas, sin que se hayan agotado en mu- chos siglos.
Pero no son éstas las únicas que hay en Filipinas: muchos rios conducen con sus aguas, en las grandes avenidas, arenas de este metal tan estimado, y muchos pueblos se dedican á recogerlas y lavarlas. El rio Agno, el de San Jacinto, el de San Fabián, el de Aringay, el de Baoan v el del Abra las conducen á las provincias referidas, que confinan con el igorrotismo. El de Abu- lug, en Cagayan , las tiene en «abundancia, y en Aparri habia un lavadero que producia much© á los indios.
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En otras provincias de Luzon hay ríos que conducen arenas del mismo mineral á las llanuras, lo cual indica que en las entrañas de los montes por donde pasan abunda el oro. En Caraga y Misamis se halla en lami- nillas en la superficie de -la tierra, y los naturales no se toman otra pena para beneficiarlo que lavar un pedazo de tierra, y recoger el que se descubre a su vista. En Calamianes también se halla. En Mindoro y otras par- tes hay vetas descubiertas, y se puede asegurar, se- gún la expresión de Basco, que todas las islas Filipi- nas están engastadas en oro. A pesar de la grande apa- tía de los indios al trabajo, y de los modos imperfectos de que usan par^ beneficiarlo, no baja de doscientos mil pesos anuales el valor del que se coge, cuya ley varía de los i6 á 22 quilates. Esto no obstante, el pue- blo en Filipinas que se dedica á recoger oro, suele ser miserable : la mejor mina son los campos bien culti- vados.
El hierro es otro mineral que se da en mucha abun- dancia, especialmente en Luzon. Se halla en varias partes de Cagayan, en Nueva Vizcaya, en Santa Inés, al N. de San Isidro, y en las faldas de la cordillera de Jayabahan, en Morong de la Laguna de Bay, y sobre todo en los montes del E. desde Silihan hasta San Mi- guel de Mayumo. Es tan rica y abundante la veta de este mineral en los montes de Angat, que se descubre en la superficie de la tierra, y con la mayor facilidad se funde y suaviza. Hay mineral de hierro en otras partes; pero cuando no se benefician las minas de oro por falta de brazos y capitales, no es de extrañar estén olvidadas las de hierro.
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En los montes de los igorrotes se halla mucho cobre de muy buena calidad, del cual hacen varios utensilios mal forjados (i). También lo hay en abundancia en la isla de Masbate. En Camiguing y cabo de Engaño se halla el imán. En Bangui existe la piedra cuadrada, sembrada en una especie de pizarra. El azufre abunda en el volcan de Taal y en las islas de Masbate y Cami- guing. La hulla se halla también en abundancia en va- rias partes, pero no es tan buena como la que viene de Inglaterra. Tal vez en lo interior, si sus minas se ex- plotasen, sería mejor que el que ahora se descubre en la superficie de la tierra. Pero en todo caso sería una ventaja si los vapores de Manila se surtiesen de este combustible, aunque fuese algo inferior al extranjero. En 1834 se remitieron al Ministerio de Fomento por este superior Gobierno 139 ejemplares de minerales y rocas (2).
Vegetales. — -Sobre el reino vegetal de estas islas se han escrito ya varios tratados curiosos, y sin embar- go^ su historia todavía está muy atrasada. No hace mu- cho que el R. P. Fr. Manuel Blanco, ex-provincial de Agustinos, dio á luz la Flora Filipina, que, á no dudarlo, es la obra más completa que en su clase, hasta el presente, se ha escrito en Filipinas. Trata la materia de un modo científico, según el sistema de Linneo, y puede ser de mucha utilidad para la medicina é histo-
(i) Son ya famosas las minas de cobre de Mancayan, en el distrito de Le- pante, que beneficia la sociedad denominada Cántabro-Filipina, cuyo cobre es ya conocido y apreciado en los mercados de Europa.
(2) Puede verse la lista en el cuaderno ix de las Memorias históricas y es- tadísticas de Filipinas , publicadas por el Sr. Arenas.
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ria natural. Yo al presente haré mención tan solamente de algunos árboles y plantas principales á fin de que pueda formarse algún concepto de la riqueza de estas privilegiadas islas.
Entre sus innumerables vegetales hay muy pocos que se parezcan á los del mundo antiguo. El pino, en- tre los árboles, es, á no dudarlo, el más parecido y de la misma calidad : se halla en grande abundancia en el centro del país de los igorrotes, y su madera sólo sirve para fabricarse estos bárbaros algunas chozas y casas mal formadas, é iluminarse con su tea. También hay cepas silvestres, particularmente en Batanes, muy pa- recidas á las europeas : dan uvas negras bastante dulces, pero pequeñas y de mala calidad. Se hallan en varias partes de las islas árboles tan altos y corpulentos, que asombran al espectador. Del guijo se fabrican canoas de una sola pieza, de veinte y cinco varas de largo y dos de ancho. De la narra, madera de mucha duración, algo parecida á la caoba, se sacan tablas para hacer mesas de una sola pieza, de dos varas de ancho y siete de largo. De las mismas dimensiones se saca á veces del Alintatao, madera de mucha dureza y de color ama- rillento, parecido al de la paja. El molave es incorrup- tible y excelente, así para edificios como para buques; es algo vidrioso, pero de mucha solidez y fácil de la- brar. El tíndalo, especie de narra de color negruzco, el mangachapoy y el bañaba, para tablazón, también son excelentes, así como el yacal para tirantes, vigas y soleras de las casas. Hay ébano, aunque muy pequeíío; pero en cambio se halla en nbundancia el camagon, que recibe el mismo brillo, es negro con vetas amari-
lientas, y de él se fabrican los muebles más lujosos y de gusto. El sibucao 6 palo campeche se da en todas partes, y forma uno de los artículos más considerables del comercio de las islas.
f Se hallan muchas especies de palmas : las principales son el coco, de cuya fruta se saca vino, agua y aceite. Este para luces es preferible al de olivo : es oloroso, claro y medicinal. La bonga, ó areca, es mucho más delgada que el coco : su fruta es muy parecida á los dá- tiles, y su interior, que tiene el gusto de bellota, sirve para el betel ó buyo, como lo llaman en Manila. El hurí es corpulento, y de sus hojas se hacen esteras de- licadas y preciosas, sacos para conducir arroz, sombre- ros y otros utensilios. Su tronco molido sirve para co- mer y es muy parecido, al sagú. Del agua que le sacan cortándole el cogollo se hace una especie de azúcar muy moreno, pero muy estimado por ser medicinal. En los buques y edificios se consumen muchas made- ras en las islas; pero aun existen muchos bosques en donde no ha entrado todavía el hacha del trocero.
Las especies de cañas que se dan en Filipinas son muchas y de excelente calidad. El cauayan toto de los tagalos, ó caña espina, como lo llaman los españoles, crece hasta veinte y cinco ó treinta varas de altura, y tiene de diámetro ocho pulgadas. Se cria en matas ó grupos reunidos, y de ellas salen ramas con espinas, que parecen arboledas encumbradas. Otra especie de caña, muy parecida á ésta, es el cauayan quiling ó caña macho: crece lo mismo que aquélla, pero es algo más delgada y torcida, aunque tiene la carnosidad más grue- sa; de suerte que una caña de cinco pulgadas de diá-
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metro apenas tiene en el centro la cavidad de una. Es tan dura, que de ella se forman travesanos para asegu- rar los tablones ó piso de los andamios, y una tira de una cuarta parte, algo adelgazada, de dos varas de lar- go, sirve para llevar un hombre el peso de ocho ó diez arrobas en sus extremidades. Ambas sirven para fabri- car las casas de los indios, sus techos, pisos y paredes; para formar puentes, cercos y andamios, con otra mul- titud de usos que sería difícil enumerar. Hasta los pa- los de los paraos, que son embarcaciones muy capaces, y pueden conducir más de cuarenta hombres, se ha- cen por lo regular del cauayan. Otras hay más cortas y delgadas, pero de mucha más dureza. La más parecida á las que se dan en España es la bojo, tanto por su sen- cillez, cuanto por la forma de los caíiaverales; aunque también las hay que tienen los nudos á una vara de distancia, y de ellas hacen los igorrotes de la Nueva Vizcaya lanzas arrojadizas, endurecidas sus puntas con el fuego.
De la caña es hermano el bejuco, por su semejanza y uso, aunque es macizo y poroso en su interior. Se pro- duce en los bosques como las enredaderas, y los hay de varias especies. El común y el palasan son los más lar- gos : el primero sirve para amarrar las cañas , empacar fardos y cajones, formar enrejados de aparadores, pisos de catres, sillas y otros utensilios, hacer sombreros, sa- lacots (i), de que usan los indios, y otros muebles ex- quisitos. Del palasan se hacen maromas para amarrar
(i) Especie de sombrero grande, de tbrma redonda y convexa.
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buques de cabotaje y asegurar las balsas de los ríos; los hay que crecen más de cien varas, con sola una pul- gada de diámetro. Ademas de los bejucos hay otras muchas enredaderas, que sirven para los mismos usos. En Cagayan con una de ellas se aseguran las campa- nas en las torres, sin que jamas llegue á romperse. También las hay muy medicinales, y entre éstas es muy conocido el macabuhay , que es de unas tres líneas de grosor, y de color verde. Es más amarga que el acíbar; se curan con ella las tercianas más rebeldes, calenturas y tabardillos, y es eficaz remedio contra la ponzoña. Otras muchas plantas hay en Filipinas, con las cuales los naturales del país se alivian de sus males sin necesidad de médicos científicos ni boticas.
Sin embargo de que los filipinos tienen mucha di- versidad de frutas, son pocas las acomodadas al paladar del europeo. La manga es, sin contradicción, la mejor de todas ellas. Suele tener de largo escasamente un geme. Es algo aplastada, y de figura recorvada por la punta á manera de un corazón; de color muy amarillo, y de olor bastante fuerte, muy parecido al de la brea. El árbol que la produce es muy copado y corpulento, y no hay quizás en Europa árbol frutal que se le pa- rezca. Es mucho mayor que las higueras, algarrobos y nogales.
De la familia de los plátanos se hallan muchísimas especies, y de ellas las hay de sabor muy agradable. De una de ellas sale el abacá, el renglón de comercio más rico y productivo de las islas. Se saca de las pencas que forman su tronco desde la raíz hasta las hojas, cu- yos filamentos, semejantes á los de la pita, sirven para
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hacer cuerdas y maromas. De los mismos se fabrican tejidos y ropas de varias especies, desde las guiñaras hasta el más fino y delicado sinamay, muy parecido á la pina. Los chicos^ algo parecidos á los nísperos en su tamaño y color, también son fruta delicada, así como los lanzones, que se dan en grandes racimos en los troncos de sus árboles. La pina, aunque la hay en abun- dancia, no es tan dulce y suculenta como la de Java y Singapore. Se dan muy buenas, sin embargo, en los montes de Bataan. En éstos y en los de llocos Sur se da también la lechía, muy parecida á la de China : es tan dulce y suculenta como ésta, pero de mucho me- nor carnosidad; de suerte que apenas cubre su pepita. La nanea, entre todas las frutas filipinas, es la que más llama la atención del europeo. Las hay que pasan de tres palmos de largo y uno y medio de diámetro. En lo exterior es verde, y está llena de puntas romas algo blandas, y en su interior tiene muchas pepitas, que co- cidas se parecen á las castañas. Su carne es amarilla, muy dulce, de un olor muy fuerte, pero muy indigesta. También hay abundancia de naranjas, cajeles y limo- nes, y éstos, aunque más pequeños que los reales, son más suculentos y de un ácido más fuerte.
Los vegetales más útiles y productivos de las islas, ademas del abacá, son el arroz, la caña dulce, el añil y el algodón. El arroz se da en todas partes, y lo hay de varias calidades, algunas de las cuales son más finas, blancas y sabrosas que el de Valencia. El que llaman de monte se siembra como el trigo, y el llamado ba- cal por los tagalos se da en menos de dos meses. El co- mún, y del que hay también varias especies, se siem-
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bra en tierras bajas y requiere siempre mucha agua. Si las lluvias no escasean, la cosecha es segura, á no ser que la destruya la langosta ó las inundaciones. En tier- ras buenas produce regularmente el arroz cincuenta por uno de su semilla. Este arroz de tubigan ó de re- gadío, se siembra primeramente en almácigas, y cuan- do tiene media vara de altura se planta en la tierra pre- parada, que por lo regular está cubierta de agua. Esta operación se hace regularmente por Agosto en tierra de tagalos, y se corta por Diciembre. Es el arroz el verdadero pan de los indios filipinos : lo comen cocido con agua solamente, y sin ella lo conservan hasta vein- te y cuatro horas.
La caña dulce sería suficiente por sí sola para llenar de riqueza las islas Filipinas. La hay de tres calidades por lo menos : la que llaman los tagalos tubu zafnbale crece hasta seis y ocho varas, es más blanca que las otras , y el zumo no tan dulce. Esta caña la plantan los indios para mascarla, á que son en extremo aficiona- dos. La colorada es la mejor para el beneficio del azú- car; es más corta y delgada que aquélla, más dura y compacta, y el zumo más dulce y abundante. La blan- ca, que también se beneficia, es muy parecida á la se- gunda en la perfección, y en algunas partes la prefie- ren. La caña de azúcar, plantada en buenas tierras y beneficiada con buenas máquinas, puede producir un ciento por ciento al cosechero. Está regularmente un año en la tierra, y se beneficia en las islas desde Fe- brero hasta Junio.
El tabaco es otro de los vegetales más productivos é importantes de estas islas. Ha sido importado en el
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país por iniciativa del Gobierno, y es la producción más rica para las rentas del Estado. Lo hay de varias clases y de calidades muy distintas, según las condicio- nes del terreno y los diferentes modos de beneficiarlo y cultivarlo. En algunas partes se produce tan bueno como el más rico y aromático de la misma isla de Cuba. Aunque se da en muchas provincias de este archipié- lago, y pudiera producirse en todas ellas, sin embargo en ninguna es tan general y beneficioso su cultivo como en las de Cagayan y la Isabela. Mejorada su elabora- ción, dirigido con inteligencia su cultivo, y dada una administración bien comprendida, sería el ramo de ri- queza más fecundo é inagotable que se conoce univer- salmente en toda la industria agrícola. Su siembra en la actualidad, y el procedimiento general de su cultivo, está en perfecta armonía con la paciencia prolija de es- tas razas. Ante todo se preparan y limpian los terrenos de toda maleza extraña, y terminada ya con todo es- mero esta operación preparatoria, se introducen los granos en la tierra á cierta profundidad. A su tiempo se hace el trasplante, que suele ser cuando la hoja se eleva como una cuarta sobre la superficie de la tierra, y entonces se forman cuadros separados por surcos, que se cortan á distancias convenientes, para dar salida al agua en la estación de las lluvias. Cuando la planta del tabeco se desenvuelve de la tierra, y desplega ya sus hojas á cierta elevación determinada, hay que regis- trarlas diariamente una por una en las primeras horas de la mañana, para limpiarlas de un gusano que las acomete con frecuencia, y las destruye totalmente si se abandonan á sí mismas. A esta operación asisten las
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mujeres, que son las que llevan la mayor parte del tra- bajo en el beneficio de esta planta, á las que también se asocian los niños mayores de cuatro años. Es in- mensa la escala de los detalles minuciosos y de todas las operaciones que constituyen el beneficio del tabaco desde el trabajo de la siembra hasta su entrega y depó- sito en los almacenes públicos.
El añil es otra planta de rica producción. Crece en algunas partes hasta dos varas de altura; tiene mucho ramaje; las hojas finas, pequeñas y ovaladas, parecidas á las de las lentejas, y la semilla en vainillas encarna- das. Se corta el arbusto antes de que eche la semilla; se pone en grandes tinas llenas de agua, y se deja en fiírmentacion por espacio de veinte y cuatro horas. Después trasladan el zumo á otra más pequeña 6 á un estanque, lo baten y lo hacen precipitar con cal. Del fondo sacan en seguida una pasta azul, que forman en ladrillos, y disecado es el precioso índico, tan estimado en las tintorerías. Los chinos prefieren el tintarron, que es el mismo zumo del añil antes de coagularse, que colocan en tinajas y se lo llevan en champanes.
La planta del algodón también se da en muchas partes de las islas. Crece hasta vara y media, pero no prospera en donde llueve muy temprano. Los capullos en donde está el algodón, si se mojan, se llenan de gusanos y se pierden. En llocos, que es tierra bastante seca, se produce bien, y es muy estimado en Europa el de esta provincia. Lo hay también de árbol; pero sólo sirve para llenar las almohadas, y no para tejer, porque tiene la fibra demasiado corta y de poca con- sistencia. El café y el cacao se dan también en estas is-
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las, y el primero en abundancia y de excelente calidad; pero como las otras producciones se logran con más facilidad, no ha llegado todavía este renglón al estado de prosperidad que es de desear. En Mindanao se da asimismo la canela, pero no es tan fina como la de Ceylan.
Reino animal. — Las producciones de los tres rei- nos naturales son en Filipinas muy ricas y variadas : para describirlas clara y distintamente sería necesario emplear muchos volúmenes, que podrían formar una parte muy interesante de la historia natural, lo cual es ajeno de mi objeto y superior á mis conocimientos. En orden á los animales, no hay en estas islas cuadrúpedos feroces y dañinos, como leones, tigres, panteras, osos, lobos, etc. Los únicos que dañan á los hombres, al ver- se acosados, son los jabalíes y búfalos silvestres, ó cara- baos cimarrones; y sin embargo, los cristianos é infie- les los cazan con destreza. El carabao, á pesar de ser más corpulento que los mayores toros de Europa, y de mayor ferocidad, es á veces derribado de una -lanzada que le da el cazador á carrera tendida de caballo. Tam- bién hay en Filipinas abundancia de venados, que se cogen con redes, perros y caballos, llevando el* jinete una lanza, que tira á la vez á gran distancia sin errar. Los pueblos que más se dedican á la caza de estos ani- males son los de la Nueva Ecija y Vizcaya. Luego que los cogen los digecan á los ardores del sol, y venden á buen precio sus carnes y sus cueros, que constituyen un artículo muy lucrativo de comercio con la China. En los bosques hay gatos de algalia y de otra especie llamado alamid, que con el auxilio de membranas pasa
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de un árbol á otro, á distancia de treinta á cuarenta pies. Hay monos de diferentes castas. Suelen ir á ma- nadas, y cuando son muchos acometen al que trata de incomodarlos. En Mindanao los hay enteramente blan- cos y también negros, pero su color por lo común es pardo y algo ceniciento. También hay ratones de varias especies, y en tanta abundancia en algunas partes, que destruyen en una sola noche una sementera de trigo ó la cosecha del cacao. Ambos artículos se dan muy bien en la Nueva Vizcaya, y con motivo de estos animales se han tenido que abandonar. Entre los domésticos se cuentan búfalos y toros, carneros, cabras, cerdos, ca- ballos, perros y gatos. Los caballos y los toros son oriun- dos de los peninsulares, aunque algo más pequeííos; pero éstos son muy mansos, y aquéllos poco nobles, aunque de mucha resistencia.
Hay reptiles de muchísimas especies : muchas cule- bras, y entre ellas las hay de un veneno muy activo. El dahum-palay y tangacybiya y balabag de los tagalos, matan con sus mordeduras, sin dar tiempo muchas ve- ces á la cura. Me han asegurado que la última es larga sólo de dos pies-, da saltos á ocho y diez varas de dis- tancia, y daíía por las dos extremidades: es una espe- cie de lombriz, de color muy aplomado. La que en la Nueva Vizcaya llaman tuna tiene también un veneno muy activo: es mortífera su mordedura, y tiene cua- tro patas muy pequeñas. La que llaman sauá los taga- los y bova los españoles crece hasta veinte varas de largo y más de un pié de gueso. Estos culebrones ca- recen de veneno, pero enroscados de medio cuerpo en un árbol, arrebatan con la cola á un venado, lo suben
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y lo devoran. Algunos indios las cuidan en sus casas, y venden su excremento á los chinos, que lo pagan muy bien para ciertas medicinas. La iguana es una es- pecie de lagarto, que suele crecer hasta una vara: á proporción es más delgado que los del mundo antiguo, pero mucho más ligero : los indios comen sus huevos y sus carnes, que dicen ser comida delicada. Habitan en los bosques, y también en las casas, en donde son muy útiles, porque, sin hacer daño á la gente, se co- men los ratones, culebras y demás insectos; pero en donde están ellas no puede haber gallinas. YS. chacón es otra especie de lagarto, más parecido al de Europa que la iguana, pero mucho más pequeño y oscuro. Canta con frecuencia, particularmente por las noches : tiene la voz muy gruesa, ronca y torpe. Hay también otra especie de lagarto más amarillo, con membranas, con cuyo auxilio pasa de un árbol á otro. También se co- noce la sagita volante. Hay muchas lagartijas, algunas de las cuales cantan; cien pies, alacranes, tarántulas y muchas especies de arañas, con otra multitud de rep- tiles difícil de enumerar.
La volatería no es muy abundante en Filipinas. Se hallan, sin embargo, muchas aves desconocidas en Eu- ropa, l^-ü págala, que se halla en los rios y lagunas, es bastante corpulenta; algunas de ellas crecen hasta cin- co pies de alto. Las que yo he visto en Calamba no pasan de dos pies, sin contar con la cabeza, y son mu- cho mayores las grullas, que crecen más de cuatro: son cenicientas y tienen una mancha encarnada en la cabeza. Se halla el casili, ó cuervo marino, mucha di- versidad de patos, y el pavo real en la Paragua. E\ca-
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lao se cria en los bosques, y tiene el pico y la cabeza muy disformes. Hay abundancia de cuervos y muchas especies de palomas silvestres, y entre ellas de colores muy hermosos : hay una que tiene en el pecho una mancha de color de sangre, que parece una herida re- cien hecha, por lo que la llaman comunmente de la puñalada. También hay un ave singular, parecida á la golondrina, llamada por los naturales salangan, cuyo nido forma uno de los artículos de comercio de las is- las. Es de una materia glutinosa, dura y trasparente, que los chinos comen como cosa regalada y muy ali- menticia. Hay varias especies de loros y otras aves de plumaje muy hermoso, pero son pocas las que tienen el canto agradable. También hay muchas especies de murciélagos : algunos tienen rabo como los ratones. Los llamados paniquis son de una magnitud disforme, tienen más de una vara de la una á la otra punta de sus alas. Los hay enteramente negros, rojos y mancha- dos : sus pieles son muy estimadas por su finura en Europa, y sus carnes lo son todavía más en Filipinas. El pavón, que es del tamaño de un pollo regular, echa unos huevos rojos y largos, mayores que los de galli- na; los entierra debajo de las arenas, sale el pollo por sí solo, y en seguida se echa á volar. Entre las aves do- mésticas se halla el pavo, la ánade, el pato, la gallina y la paloma. Es admirable el método que usan los in- dios de Pateros y Taguig para empollar los huevos de los patos. Los echan en grandes cauas, especie de cal- deras, entre la cascara del grano de arroz, y sólo con el calor lento del fuego los hacen nacer y los crian á millares. Les forman sus casas cerca del rio; los ali-
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Es imposible describir y ni siquiera enumerar las es- pecies principales de insectos, con alas y sin ellas, que hay en estas islas. Las abejas se crian en los bosques sin cuidarlas. Las hay de dos ó tres especies, y tal vez podrían abastecer de cera á todas las iglesias de las islas é iluminación de muchos particulares. La miel es poco estimada, sin duda porque abunda el azúcar. La lan- gosta á veces destruye los arrozales y deja como abra- sados los mismos cañaverales. Se levanta una nube de ellas, que cubre el sol. Para el indio es comida muy sabrosa, y la comen frita ó cocida con vinagre. Las hay de varias clasee, y se halla en los guayabales una espe- cie de ellas, cuyas alas y color se confunden con las hojas de este árbol, de las que se alimentan. También hay muchas especies de moscardones de colores muy vistosos y brillantes, y unos escarabajos con un cuerno en la cabeza, que tienen más de dos pulgadas. Se des- cubre con frecuencia un gran número de lucernas vo- lantes de mucho resplandor, que trasforman los árbo- les, en cuyas ramas voletean , en grupos hermosísimos de luz, que se divisan en medio de la oscuridad á una gran distancia. Pero quizás no hay país en donde más abunden las mariposas. Las hay de bellísimos colores y de una magnitud verdaderamente monstruosa. Se ha- llan hormigas de varias especies y tamaños, y en tanta abundancia, que en las casas es preciso aislar con agua
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los dulces y comida para evitar que se apoderen de ellos al momento. Las hay de cinco líneas de largo. Muchas algo menores : crian en las ramas de los árboles, en donde forman grandes bolsas para depositar sus hue- vos, los que comen los indios de algunas provincias como alimento delicado. El anay ^ que en la India es conocido con el nombre de hormiga blanca, es el in- secto más dañino de las islas : penetra por las paredes, corroe las maderas, á excepción de algunas privilegia- das por su amargo como el molave y la narra, y des- truye en pocas horas un aparador de ropa. En los cam- pos levanta unos mogotes de tierra de la altura de una vara y más, en donde forma sus casillas. En el fondo está la que llaman reina, que es una especie de gusano de pulgada y media de largor. Nadie diria que este in- secto fuese la madre del anay, y sin embargo, él pro- duce los huevos á millares, y si se le mata, queda des- truido el enjambre. Esta clase de hormigas son blancas y rojizas, á "excepción de la cabeza, que es algo negra. Siempre andan cubiertas por un camino que ellas mis- mas se hacen de lodo. Si se las deja descubiertas, son devoradas al momento por las hormigas ordinarias, sus enemigas implacables. Con las tenacitas que tienen en su boca corroen la ropa y las maderas de la mayor du- reza, las que humedecen antes para ablandarlas. En las primeras aguas salen muchas aladas, que vuelan cerca de la luz hasta que las alas se les caen. Hay también anay negro, muy parecido al blanco en su figura, pero no es dañino como éste.
Población y división territorial. — Todo el territorio filipino sujeto al Gobierno está dividido en
— 3^ — corregimientos, comandancias y provincias, muchas de las cuales ocupan parte de una misma isla, y otras una entera. Según el nuevo reglamento, hay provin- cias de entrada, ascenso y término, y todos los alcaldes deben ser letrados, y las servidas por gobernadores mi- litares deben tener tenientes, también letrados, para la administración de justicia. Todos estos jefes, así alcal- des como gobernadores, están subordinados inmedia- tamente al Gobernador y Capitán General de las islas en lo gubernativo, y a la Real Audiencia en lo judicial. Instruyen las sumarias y sentencian hasta la definitiva, debiendo consultar sus sentencias en lo criminal con la Audiencia; pero se puede apelar de sus providencias á la Real Audiencia, ó recurrir al Gobernador Capitán General en los asuntos gubernativos ó militares.
Puede considerarse la población de Filipinas en ad- venediza é indígena. En la primera clase se compren- den los españoles con los demás europeos y americanos de la casta blanca, chinos y oriundos de entrambas castas; y en la segunda la malaya civilizada, la malaya independiente ó infiel, y la negra oceánica. Los euro- peos y americanos blancos, con los oriundos de los mismos, no pasan de veinte y cinco mil. Los chinos son como diez mil, y los mestizos de estos extranjeros y de Indias ascienden á unos ciento y veinte y cinco mil. Los llamados naturales, que son los civilizados y cristianos de la casta malaya, no bajan de tres millones, y los independientes, inclusos los mahometanos de Jólo y Mindanao, son más de un millón y medio. Por ma- nera que toda la población del archipiélago, por un cálculo aproximado,. es de cinco millones y medio de
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habitantes. Su verdadero censo no se puede saber con toda exactitud, porque, ademas de ocultar los pueblos civilizados á muchos individuos, nadie ha podido pe- netrar en las muchas rancherías de salvajes que hay en Luzon, Joló y Mindanao, y las estadísticas que se po- seen en detall no están conformes en sus datos (i);
Españoles. — Pocos son los europeos, si es que hay alguno, que pasan á Filipinas con la idea de estable- cerse en el país, á excepción de los religiosos. Los más viven en Manila y sus arrabales, y se dedican al co- mercio. Los hay también en el ejército, ya oficiales, ya soldados; aunque soldados rasos solamente los hay en la brigada de artillería, compuesta toda de europeos. Muchos son empleados de Hacienda y en las adminis- traciones de gobierno y justicia. Viven por lo regular un tiempo dado en las islas, y procuran reunir un ca- pital, ó aspiran á un grado, ó á un retiro ó cesantía de- corosa, que les asegure un futuro bienestar, en recom- pensa de haber dejado la madre patria y de sus servi- cios en estas tierras. Algunos, sin embargo, se casan en las islas, y á sus hijos, ó los mandan á España ó al ex- tranjero, lo que hacen pocos; ó siguen alguna carrera, como la de la milicia, la eclesiástica, del pilotaje, etc. Muchos tienen empleos en las oficinas de Gobierno, Hacienda, Estancadas; bastantes se dedican al comer- cio, y si se realizan los deseos del Gobierno, de mejo- rar los estudios, poniendo carreras de aplicación, para
(i) Al fin del primer tomo se pone un estado de la div^ision territorial, que comprende también la parte administrativa tanto civil como eclesiástica; y te rectificará el censo de la población en sus respectivos lugares.
lo cual mucho ha contribuido y tiene que contribuir mi Corporación (i), se les abrirán nuevas carreras á que puedan dedicarse. Gozan todos estos de las mis- mas consideraciones que sus padres.
Chinos. — Estos son los verdaderos urones de las islas: trabajadores á la par que viciosos, llevan por lo común una vida miserable v no conocen otro dios que el interés. A pesar de que son muy orgullosos, se aba- ten y envilecen por el lucro, porque la codicia es su pasión predominante. Su principal ocupación es el co- mercio : toman dinero á un quince y veinte por ciento, pagan al Gobierno un tributo muy crecido, y sin em- bargo, muchos se enriquecen. De sus tiendas se pro- veen los españoles y naturales, no sólo de Manila y sus contornos, sino también de las provincias más distan- tes de las islas. En esta parte nadie puede competir con ellos, por su grande economía y por su sistema de aso- ciación. Los más de estos extranjeros son de la provin- cia de Fo-kien y partido de Chinchen; pero también los hay de Macao, que se dedican á la herrería, carpinte- ría y zapatería. Se les deja vivir libremente en su infi- delidad, pero les está prohibido el ejercicio de su falsa religión; sin embargo, practican muchas supersticiones en sus casas, particularmente en los entierros, fiestas de año nuevo y otras de su culto. Son pocos los que se convierten, y raros los que se hacen cristianos por una verdadera convicción. Los más piden el bautismo con el fin de habilitarse para contraer matrimonio con
(i) Mucho se ha aJciiintado ya en esto, de \o caal ^e tratará en otro lugar.
TOMO I. 3.
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indias 6 mestizas cristianas, 6 para tener algún padrino que les patrocine en sus ganancias y negocios. Muchos, después de haber hecho su fortuna, abandonan sus hi- jos y mujeres, y regresan á su patria para reunirse con las consortes que dejaren en su infidelidad, ó morir co- mo sus antepasados. Más de una vez han sido funestos á las islas, y las muchas trabas que el Gobierno pone á su entrada es la verdadera causa de no haber muchos millares más en ellas. No faltan especuladores que opi- nan por la libre entrada de estos extranjeros, para po- blar el país y fomentar la agricultura, sin considerar las fatales consecuencias que podria producir un número excesivo de ellos en donde no pudiesen vigilarlos las autoridades. La circunstancia de no venir con sus mu- jeres trae como consecuencia la sodomía entre ellos á la que son muy inclinados, y la prostitución de las mu- jeres cristianas, lo que debe el Gobierno, como católi- co, celar y evitar. — ^En la actualidad habrá unos cua- renta mil en todas las islas.
Mestizos. — Los beneficios que las islas reportan de esta laboriosa casta de mestizos de sangley, así deno- minados los que traen su origen de chino é india, es la única ventaja que resulta de la venida de los chinos. Son generalmente graves, generosos, económicos, lim- pios y astutos : se dedican al comercio, á la agricultura y á las artes. Saben conservar lo que adquieren , y en las fiestas, casamientos y entierros gastan con mucha profusión. Son los verdaderos potentados del país, y los que dan el dinero adelantado á los indios, regularmen- te con interés para cobrarse en la cosecha. Tienen en sus casas muchos santos de marfil ricamente adorna-
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dos, y son muy afectos á funciones de Iglesia. En la clase de mujeres las hay muy piadosas, que por lo re- gular son más activas que los hombres, y tienen gran talento, tanto para manejar sus intereses, como para acrecentarlos con seguridad. Su vicio dominante es el juego, en el cual así mujeres como hombres aventuran muchas veces su fortuna.
Naturales. — Con este nombre son conocidos en las islas todos los filipinos cristianos sujetos al Gobier- no y procedentes de la casta malaya. Su carácter no puede bien definirse; en todo son extremados, y cuan- tos han querido describir sus cualidades se han queda- do cortos. El que más ha dicho en la materia ha sido el Agustiniano fray Gaspar de San Agustín, á quien se atribuye una larga carta que anda manuscrita, conoci- da con el nombre de cuadragmta. En ella, sin embar- go de asegurar que los habia tratado por espacio de cuarenta años, confiesa ingenuamente que todavía no llegó á conocerlos, aunque no estamos conformes con todas sus apreciaciones. Otro P. Agustino ha impreso, no hace mucho, un folleto sobre las islas Filipinas, en el cual, hablando de estos naturales, hace una ligera descripción de su carácter, que me parece bastante exacta, si bien muy diminuta. «El indio indígena de origen malayo, dice, es de color de cobre, bien for- mado, pelo negro, largo, barbilampiño, indolente, apa- sionadísimo de la música y del baile hasta el extremo, y más apasionado del gallo, su compañero inseparable y su amigo predilecto : viven mucho, pues algunos lle- gan hasta los ciento y veinte años, si bien no son co- munes estos ejemplos de longevidad. No se cuida del
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porvenir, ni se calienta la cabeza en pensar mucho. A cualquier hora y adonde quiera duerme como si fuese en blanda y mullida cama. Si tiene un peso ó ciento, eso gasta; y sino, se conforma, sin que se le apriete el corazón. Pide cuanto necesita, aunque después cueste trabajo el cobrarle; pero los hay muy puntuales. Gusta de lucir, y si tiene con qué, viste con lujo. Su traje ordinario es un calzón y una camisa con un pañuelo en el cuello ó en la mano, y su rosario. Y^o'í, principales usan ademas una chaqueta : el traje de fiesta es de la misma forma que el de trabajo, pero de pina, de seda y de mucho más lujo, con un sombrero. Las mujeres, que generalmente tienen esbeltos cuerpos, usan de una breve camisa de sinamay ó pina, ó lienzo blanco ó azul, con bordados ó sin ellos, según sus posibles, enagua blanca de coco ó muselina interior, saya de algodón ó de seda rayada, chinelas bordadas de oro y plata, ó li- sas, y pañuelo al cuello, bordado ó liso, llevando so- bre el traje principal ó enagua, un tapis (especie de re- fajo) de algodón rayado 6 de seda que le ciñe el cuer- po. En V^isayas y otros puntos, fuera de las provincias tagalas, no usan del tapis, y visten casi al estilo de Es- paña, con su mantilla y saya suelta. En muchos pue- blos y en Manila las que viven en beateríos, para ir á las funciones de iglesia usan de una especie de manti- lla negra muy decente; otras usan sólo un pañuelo. Los indios tienen el talento en el ojo ó en la mano; pues son excelentes imitadores, buenos músicos, pintores, talabarteros, y sobre todo buenos marineros, especial- mente en Visayas. No carecen de valor, mucho más cuando el español va al frente y los anima. Estos son
— 37 — los caracteres principales; pues para definir al indio se ha escrito mucho, y mucho pudiera yo decir. » La cali- dad del traje que se describe en esta relación, por lo que toca a las mujeres, sólo puede convenir á las mestizas de Manila y sus arrabales, porque fuera de ella, rara es la india que usa la saya, ó tapis de seda, ni camisa de pina, y ninguna el pañuelo en el cuello al estilo de las europeas, sino tirado en e] hombro ó en la cabeza. Pudiera añadirse que muchas usan, particularmente en los dias festivos, de ricos rosarios de coral y oro en el cuello, aretes también de oro, y peinetas de carey guar- necidas de oro, con mucho bordado en los tapis, ca- misas y pañuelos, aunque sean de algodón : el tapis lo usan en todas las provincias de Luzon. Son las indias fecundísimas, pues cuentan muchas de diez á doce hi- jos, sin que la muchedumbre les apure, por pobres que sean. Los que tienen más hijas, más ricos se conside- ran, porque al casarlas, en vez de dotarlas, reciben la dote que debe darles el marido, ó exigen de éste en muchas partes servicios personales por mucho tiempo antes de entregarle la hija por esposa. Al indio filipino ni le sobra ni falta, porque no sabe conservar, y se pro- vee fácilmente en sus necesidades; vive sin cuidados y muere resignado. Aunque bastante perezosos para el cumplimiento de sus deberes, inclusos los deberes reli- giosos, hay, con todo, algunos, principalmente entre las mujeres, que son muy buenos cristianos y se entre- gan con fervor á los ejercicios de piedad. La escasez de ministros contribuye mucho á que en lo general no sean tan exactos en el cumplimiento de sus deberes; pues el indio es dócil, si bien bastante indolente. Sus
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pueblos se pueden llamar agrícolas; algunos se dedican á la pesca, á la navegación, al comercio, á las artes, á la milicia, y pocos en proporción á las letras.
Infieles de la casta malaya. — Son todavía numerosas las tribus de salvajes que pueblan las partes montuosas de las islas Filipinas, y viven en la infideli- dad: todas las cordilleras desde San Fabián, sito al E. del golfo de Lingayen, hasta la contra-costa de Valer, y los montes que median entre Cagayan, Nueva Viz- caya, Union, ó llocos Sur y Norte hasta lámar, están habitadas de naciones bárbaras, las más independientes, que no conocen más gobierno que el de sus valientes ó ancianos. Los más conocidos son los igorrotes, tin- guianes, apayaos, mayoyaos é ilongotes. En Cagayan dan á todos los infieles de los montes que tienen á la vista el nombre de calinga, que significa enemigo. Muchos pueblos que ahora en nada se distinguen de los que fueron reducidos en los tiempos de Legaspi, y están sujetos al Gobierno, se han formado de aquellas naciones, que en el dia son aun feroces y crueles. To- das ellas tienen sus peculiares caracteres, si bien poco conocidos todavía, por el poco roce que tienen con los pueblos cristianos. Haré una breve reseña de los más principales, á saber: de los tinguianes, igorrotes é ilon- gotes.
Tinguianes. — Los infieles y cristianos reducidos de esta nación ocupan los montes y llanuras del Abra, hasta el pueblo de Candong, en llocos Sur. Antigua- mente eran muy temibles, porque acosaban á los pue- blos cristianos y asaltaban á los pasajeros; mas en el dia son pacíficos, reconocen al Gobierno, á quien pagan
— 39 — tributo, y se nota muy poca diferencia entre ellos y los cristianos de los pueblos de la costa. En las plazas de Narvacan y Vigan los hay que trafican con frecuencia con los cristianos, sin que les interese mucho la reli- gión. A primera vista parecen descendientes de chinos : son bien formados, más blancos que los demás indios, dotados de mucha viveza y suspicacia, pero ni tienen el ojo rasgado como aquellos, ni se les parecen en sus usos y costumbres. El traje de los varones es un pan- talón blanco, bastante apretado, que les llega hasta media pierna solamente, una chaqueta del mismo co- lor, pero sin cuello, y una especie de turbante de cor- teza de válete suavizada, ó un salacot como los de los indios. Las mujeres, ademas de la camisa corta como la de las indias, pero rayada por lo regular, llevan una especie de manta blanca, que les llega desde la cintura hasta las rodillas, que les sirve de saya y tapis á la vez : en los brazos llevan enroscados muchos avalorios, y en la cabeza un sarto de los mismos, que pasándoles por encima del cabello por la frente, les sujeta el mo- ño por detras con alguna gracia. No dan culto á divi- nidad alguna conocida, ni tienen templos, ni efigies: toda su religión consiste en practicar algunas supersti- ciones, que suelen ir acompañadas de la embriaguez, como todas sus fiestas. Sus matrimonios no son indiso- lubles entre ellos, pues se descasan y vuelven á casarse con la misma facilidad que los igorrotes, sus vecinos. Tienen sementeras de arroz y de maíz, y los hay bas- tante acaudalados, porque suelen ejercer el contraban- do del tabaco, que compran á los igorrotes y lo ven- den á los cristianos, sus vecinos. El lujo de los ricos
— 4'^ — consiste en presentar muchas tinajuelas embarnizadas llenas de basi^ especie de vino que sacan de la caña dulce, con el cual se embriagan fácilmente. Bailan al compás de una especie de sonaja de latón ó cobre, que tocan con la palma de la mano, puesta en el cuello, y su movimiento es solo con las puntas de los pies, los que mueven con gran velocidad y suavidad al mismo tiempo. El hombre muestra con las manos á la mujer un tapis extendido, y ésta un pañuelo de la misma forma al primero. Nada tiene de agradable este baile, y sin embargo, se fatigan mucho los danzantes.
Las rancherías de los tinguianes, más inmediatas á las de los bárbaros guinaanes, cuya nación habita en los montes situados al E. del Abra, suelen estar en con- tinua guerra con ellos, y son una barrera, como los gaddanes de Nueva Vizcaya respecto de los mayoyaos, para que no bajen impunemente á molestar á los cris- tianos. Algunos están confederados con ellos y les pa- gan su tributo, sin embargo que también lo pagan al Gobierno, porque prefieren tolerar esta doble carga que abandonar sus posesiones. Hace ya más de dos si- glos que se convirtieron muchos individuos de esta na- ción , de los cuales se formaron los pueblos de Banguet y Tayom, con el celo de los PP. Agustinos y de un venerable misionero de la orden, compañero del obis- po, llamado P. Fr. José Polanco, que murió con opi- nión de santidad en la misión, el año de 1679; pero desde entonces quedó paralizada la conversión de los tinguianes hasta el año de 1822, en que la emprendió de nuevo el célebre Agustiniano P. Fr. Bernardo La- gos, quien redujo á la fe á un gran número de ellos, y
— 41 — formó los pueblos de la Paz y Pidigan en el x\bra, el de la Nueva Cobeta cerca de Santa María, con el de Santo Tomas y otro barrio en la jurisdicción del pue- blo de Candong. Últimamente se ha erigido el Abra en Alcaldía, cuya cabecera se ha colocado en Bucay, y con las diligencias y celo de los PP. misioneros x^gustinos se hacen algunas conversiones, habiéndose formado otro pueblo, llamado San J'osé. En las elecciones de ministros de justicia que hizo el Alcalde de llocos Sur en 1844 tuve la satisfacción de asistir á algunas de ellas, y observé que los gobernadorcillos de estos infie- les, al recibir la vara de manos de aquel jefe, en vez del juramento que hacen los cristianos, de administrar justicia, proferían la siguiente imprecación : Un mal aire me toque, el rayo me mate y el caimán me coja dor- mido, si no cumpliere con mi deber. Todos sus juramen- tos son imprecativos y suelen cumplirlos fielmente.
Igorrotes. — El país de estos bárbaros propiamente dicho tiene su principio en los montes situados al N. de Pangasinan, sigue por el E. hasta los últimos pue- blos de la Nueva Vizcaya, y por el N. hasta en frente de Candong. En seguida se hallan otras naciones bár- baras, que pueden considerarse como fracciones de aquélla, entre Cagayan, Abra é llocos Sur y Norte, hasta el fin de las cordilleras que terminan en el mar, entre Bangui y Cabicungan. Las más nombradas son la de los guinaanes, que habitan en frente de los tin- guianes, y la de los apayaos, que ocupan los montes de Santa Rita hasta Cagayan. Los gaddanes también deben mirarse como nación distinta de los mayoyaos, sus enemigos implacables, que ocupan las llanuras y
— 42 — faldas de los montes al O. de la Nueva Vizcaya. Los igorrotes propiamente dichos tienen sus principales rancherías en las sierras más altas, detras de la primera cordillera que se halla al E. de la Union y primeros pueblos de llocos Sur, cerca de las minas de oro de Pancutcutan, á las faldas del monte Polac, el más ele- vado del N. de Luzon. De allí, como centro de su país, bajan á Nueva Vizcaya, Pangasinan, Union é llocos Sur, y se comunican con los de otras rancherías más distantes. Son por lo común los igorrotes bien formados, algo más blancos que los naturales civiliza- dos de las costas, de cara redonda y juanetes abultados, particularmente los burios, con la circunstancia de te- ner el ojo algo rasgado como los chinos. Tienen un idioma diferente del que hablan los cristianos de las llanuras, aunque la matriz del que hablan todos ellos es la misma; lo que prueba que los igorrotes y los na- turales civilizados son de una misma casta. Su religión consiste en practicar algunas ceremonias supersticiosas, para tener buenas cosechas, fortuna en sus viajes, di- cha en los casamientos, y lograr la salud de los enfer- mos y felicidad de los difuntos. En algunas rancherías creen en la trasmigración de las almas, y tienen vanas observancias en el canto de los pájaros; pero general- mente su primer cuidado lo ponen en venerar á los di- funtos, en lo cual se asemejan á los chinos, atribuyén- doles el bien y el mal que acontece, por cuyo motivo les hacen sacrificios por medio de algunos viejos y vie- jas, que fingen estar los difuntos en sus cuerpos. No tienen templos, ni altares, ni ídolos, ni sacerdotes, y se puede asegurar como cosa cierta que toda su religión
— 43 — se reduce á ciertas niñerías y grandes comilonas. Dice el P. Fr. Francisco Antolin, misionero de la Orden, que trabajó muchos años en Ituy, en un copioso ma- nuscrito que dejó sobre estos infieles, que en cierta ocasión dijeron los igorrotes á los cristianos lo siguien- te : « Las fiestas de los cristianos nada valen , porque todo cuanto hacen se reduce á hacer mucho ruido con campanas, tambores y escopetas, yendo cada uno en seguida á comer lo que tiene en su casa. Pero no su- cede así en las fiestas de nuestros principales, pues sin hacer tanto ruido, son de más gusto y provecho : ma- tan los animales de diez en diez para comerlos, y todos beben hasta quedar embriagados, y esto suele durar á veces muchos dias. » Hé aquí los actos principales de la religión de estos bárbaros, que puede convenirles en propiedad el nombre de ateos prácticos, cuyo fin es su vientre, sin cuidarse de lo que les ha de suceder des- pués de esta vida.
Carecen- absolutamente de letras y escrituras. Sus cómputos los hacen con las lunas y soles, valiéndose de nudos hechos en unos cordelitos, como lo hacian los americanos. Su gobierno es por lo común patriar- cal. Cada parentela suele componer una ranchería, re- gida por los ancianos ó por los más valientes de la na- ción, que hacen el oficio de jueces, cuyas sentencias se reducen á comer y beber á costa del culpado. El adul- terio de la mujer y el estupro se castiga en muchas rancherías con la pena capital : más de una vez se ha verificado enterrar viva á la mujer embarazada que ha tenido una fi-agilidad siendo soltera. La poligamia no está en uso entre ellos, pero no tienen por indisoluble
— 44 — el matrimonio. Si la mujer es estéril, enferma, pere- zosa 6 de mal genio, la abandonan fácilmente y toman otra; pero el que la desecha tiene que pagar una multa á sus parientes, que rara vez baja de dos carabaos. El adulterio también es causa de repudio, y la parte cul- pada tiene que pagar la multa. Sus casas son bajas y asquerosas: los principales, sin embargo, suelen tener- las algo espaciosas, fabricadas de tablas de pino, cuya madera es muy abundante en su país. Su traje se com- pone de una mala faja para cubrirse las partes natura- les, con una manta de algodón, que rara vez se lava. El cabello se lo cortan á manera de cerquillo encima de las orejas, y llevan casi siempre descubierta la ca- beza. No conocen la cortesía; son en todo muy gro- seros y pedigüeíios sempiternos. Duermen encima de una piel, andan siempre descalzos, y rara vez se ba- ñan. Los que bajan á los pueblos de la Union y Pan- gasinan están llenos de suciedad, siendo hasta asquero- sos, y parece que acaban de salir de un hospital. Tie- nen sin enterrar mucho tiempo á sus difuntos, y para que la corrupción no les moleste, les sacan los intesti- nos por el orificio, ó los abren y después los salan y los exponen á los ardores del sol para disecarlos. Los tie- nen sentados durante el tiempo de sus honras, que consisten en comerse toda la hacienda del difunto en su presencia. Las armas predilectas de los igorrotes son la lanza y el campilan, que es una especie de cuchilla á manera de sable, corto y ancho por la punta. Los mayoyaos hacen lanzas arrojadizas de palos y cañas tos- tadas en sus puntas, y generalmente todos los igorro- tes, para defenderse de sus enemigos, é impedir .que
^ 45 — penetren en sus Tancherías libremente, clavan en el suelo puntas de cañas tostadas, abren pozos que cubren con malezas, y arman unas trampas que al pisar un cordelito escondido en el suelo, disparan dos dardos que atraviesan al que tocan. Los infieles fronterizos suelen ser los que se comunican con los pueblos cris- tianos, y no permiten que los del interior pasen libre- mente por sus tierras. El oro que éstos sacan de sus minas pasa regularmente por dos ó tres manos, y lo mismo sucede con los animales y ropas, con que lo cambian los primeros. Los que bajan á Nueva Vizcaya se incomodan si se les habla de religión : á las instan- cias de los PP. misioneros contestan francamente que ellos también tienen su dios y almas de los difuntos que les guardan, y que su religión consiste en buscar oro, viajar y comerciar para comer y saciarse. Algunos han opinado que descienden de los chinos; pero tan lejos están ellos de pensarlo, que conservan entre sus fábu- las la tradición de haberse ahogado todos los hombres en una grande inundación, y que sólo se salvaron un hombre y una mujer en el encumbrado monte Polac, de quienes dicen que descienden todos los que compo- nen su nación.
Los que habitan en las sierras fronterizas á los pue- blos cristianos de Nueva Vizcaya son conocidos con los nombres de yauas, yumanguies, panipuyes, iliabt- nes, itinos, altabanes, quianganes, bugueyes, mayo- yaos y gaddanes. Los iliabenes poseen entre todos la singular habilidad de fabricar excelentes cuchillos, lan- zas y campilanes de pedazos de sartén, ó cauas y rejas de hierro colado, sin más instrumentos que dos piedras,
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que la una les sirve de martillo y la otra de yunque. Los itinos hacen también buenos calderillos de cobre colorado que sacan de sus minas. Los mayoyaos, que habitan al N. de Nueva Vizcaya, á la otra banda del Magat , son feroces y crueles : han estado casi siempre en guerra con los cristianos é infieles que no son de su nación, particularmente con los gaddanes, sus vecinos. Tienen el bárbaro placer de cortar las cabezas de los vencidos é incautos que sorprenden, en torno de las cuales bailan con grande algazara en sus pueblos, y colocan como trofeos en sus casas. Sus casamientos, siembras y. siegas se celebran regularmente con cabe- zas. Sus rancherías, situadas en las faldas de montes escarpados, contienen muchos habitantes y tienen bue- nas sementeras de arroz y de camote, que riegan con ímprobo trabajo. En 1 847 se les obligó á reconocer al Gobierno y desistir de sus hostilidades. El año siguien- te bajaron sus principales á Manila con el Gobernador de la provincia y uno de nuestros misioneros para pres- tar obediencia al Gobierno. En 1849 recibieron dos padres misioneros en sus pueblos, para quienes fabri- caron casas para principiar su conversión; pero nada se ha podido adelantar en tres años, á pesar de que no tratan mal á dichos misioneros. Lo mismo sucede, á corta diferencia, con los quianganes, que habitan al O. de aquéllos, entre los cuales hay otros dos misio- neros, porque, como gente bárbara, deben ante todas cosas aprender á obrar como racionales (i).
(i) Del estado actual de nuestras misiones entre esos infieles se dará cuenta en su lugar respectivo de esta Historia de nuestra provincia.
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Por la parte de llocos y al N. de los igorrotes se si- guen los burles, busaos, guinaanes, iletapanes, calaoas y apayaos, entre los cuales deben contarse los manda- yas. Todas estas naciones tienen sus usos y costumbres diferentes, y sólo convienen en pintarse el cuerpo de muchas y varias maneras, según el capricho de cada uno de sus pueblos.
Ilongotes. — Estos bárbaros, con sus vecinos, los italones por una parte, y los ibilaos por la otra, ocupan los montes situados al E. de Nueva Vizcaya entre Bam- bang y Bayombong. Los padres Franciscanos se dedi- caron á su conversión; pero el fruto no correspondió á sus fatigas. Son muy reducidas ya estas naciones, y de ellos se han convertido muchos, especialmente de los ilongotes é italones. Los ibilaos son más inconstantes, y nunca se presentan con la cara descubierta: de todo el mundo se recelan, y son cobardes y traidores. Tiran la flecha con destreza, suelen incomodar á los pasaje- ros del monte Caraballo, están en guerra casi siempre con los negritos, y mutuamente se van aniquilando. Los montes en donde habitan son ásperos y muy po- blados de arboleda. Se produce en ellos muy bien la caña dulce y otros vegetales, como en las llanuras. Re- cogen mucha cera, que dan las abejas en los troncos de los árboles, y tiñen de encarnado el bejuco, cuya habilidad ha sido hasta ahora para ellos un secreto, que á nadie han querido revelar.
Desde la llegada de los españoles á Filipinas se han hecho muchas tentativas para reducir el igorrotismo á la obediencia del Gobierno; pero todas han tenido fu- nestos resultados. El oro de sus minas ha sido un ali-
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cíente poderoso para internarse en sus pueblos, y los agravios que han hecho en todo tiempo á los fieles sub- ditos de la Majestad católica han sido causas muy sufi- cientes para sujetarlos con las armas; mas la fi'agosidad del terreno que habitan, la falta de salud que allí ex- perimentan los de las llanuras, y la escasez de habitan- tes que lo ocupan , los ha hecho inconquistables hasta hoy. ¿Qué interés pueden ofi^ecer al conquistador unos hombres que, al verlo cerca de sus pueblos, lo aban- donan todo, y se remontan á las eminencias sólo á ellos accesibles? ¿Qué utilidad puede esperarse de un país que apenas ofrece la población de cien vecinos en mu- chas leguas de viaje, por cerros, valles y rios la mayor parte del año intransitables? Hé aquí la mayor seguri- dad de estas tribus, que en el dia son tan bárbaras co- mo la primera vez que las visitaron los españoles, hace ya cerca de tres siglos. Benguet, sitio muy ameno, era uno de los más poblados del país de estos bárbaros, cuando Galbey lo visitó en 1829, y sin embargo, ape- nas llegaban á quinientos sus vecinos. Se estableció des- pués allí un fuerte con una respetable guarnición que sirviese de barrera para los pueblos cristianos, de freno para toda su nación, y principio de sujeción; pero esta medida sin misioneros que pudiesen contener las de- masías de la tropa y suavizar las costumbres de los bár- baros, sólo ha podido conseguir el primer fin. El re- sultado ha sido que aquella población , que por ser de igorrotes podia llamarse numerosa, ha quedado redu- cida á muy pocas chozas miserables. Otra prueba de la inutilidad de las expediciones militares sin PP. misio- neros, nos ofrece el mismo Galbey en 1837, siendo
— 49 — gobernador interino de las islas D. Pedro Antonio Sala- zar. Entró en diferentes puntos del igorrotismo en llo- cos, Pangasinan y en lo que ahora es Nueva Vizcaya: celebró tratados de paz con los principales de sus pue- blos, particularmente con los mayoyaos y quianganes de los montes vecinos á la última provincia; fundó pre- sidios en sus mismas rancherías, y el resultado fué nin- guno. Gastó el erario mucho, los indios cristianos pa- decieron mucho también, murió mucha tropa por las enfermedades, tanto de la clase de soldados como de sargentos y oficiales, y al fin los presidios se tuvieron que abandonar, y los bárbaros han hecho después más asesinatos que antes.
Ninguna época se ha presentado más halagüeña para la reducción de los infieles igorrotes que la del gobierno de D. Manuel Arandia, en 1755. El alcalde mayor de Pangasinan, D. Manuel Arza, con motivo de las mu- chas tropelías que aquellos bárbaros estaban cometien- do impunemente en su provincia, particularmente en los del partido llamado de llocos, que ahora pertenece á la provincia de la Union, prohibió estrechamente su comunicación con los cristianos de los pueblos de su jurisdicción, y se dispuso á entrar en su país con una división de dos mil hombres, con el fin de sujetarlo. Habiendo algunos igorrotes infringido el bando del Al- calde, fueron presos y se les confiscó el oro que traian á vender. El provincial de Agustinos, Fr. Manuel Car- rillo, estaba á la sazón visitando á los religiosos de su Orden en aquel partido, y tenía deseos de reducir á la nación igorrota por medio de sus misioneros á la fe, y mientras se ocupaba de este negocio interesante, se le
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presentaron por escrito algunos principales de sus pue- blos, pidiéndole misioneros para instruir á los suyos en el catecismo; que fuesen puestos en libertad los presos y se les devolviese el oro confiscado. La primera peti- ción no parecia muy sincera, en atención á las dos úl- timas; sin embargo, aquel superior, después de haber obtenido de los suplicantes algunas protestas favorables á su fin, les ofreció enviarles misioneros, y escribir al Superior Gobierno de las islas para lograr las gracias que pedian. Algunos de los mismos igorrotes, ya ins- truidos en las verdades de nuestra santa fe, fueron en- viados á Manila con los despachos del dicho P. Pro- vincial Carrillo, que fueron honrosamente recibidos. Arandia les ofreció cuanto pedian, y después de haber accedido á que se bautizasen en Tondo algunos de ellos, de los cuales fueron padrinos las primeras notabilidades de la capital, fueron despachados con muchas gracias y regalos. Su vuelta al pueblo de Agoo aconteció á la sazón en que otros principales de su nación estaban asi- mismo recibiendo el bautismo, mientras otros muchos, que pasaban de ciento, estaban aprendiendo el catecis- mo. Estos sucesos debian de llenar á todo el igorro- tismo de un extraordinario entusiasmo religioso, y el P. Carrillo llegó á persuadirse que era llegada ya la hora de su salud. Sin pérdida de tiempo designó á dos celosos misioneros de su Orden para dar principio á lá deseada conversión en los mismos pueblos de los bár- baros, que sin dificultad los recibieron, y en breve se ofrecieron á recibir el Santo Sacramento del Bautismo mil setecientos sesenta y siete, de veinte y siete ran- cherías que nombra el mismo Provincial en una reía-
— 51 — cion que dio á luz y se imprimió en Madrid el año de 1756, en la cual aseguraba que en otras muchas rancherías se manifestaban las mismas disposiciones. Pero desgraciadamente todo aquel entusiasmo se des- vaneció como el humo, porque, ora por falta de cons- tancia, ora por la emulación de otras naciones, ora, en fin, por la escasez de misioneros, aquella misión que tanto prometía, quedó reducida á la nada, sin que se hubiese podido conseguir establecer un solo pueblo cristiano en aquel país ingrato.
No es posible reducir á los salvajes á vida cristiana antes de reducirlos á vida social. Lo segundo es abso- lutamente imposible mientras no se les obligue á vivir en las llanuras ó en pueblos formados, en donde se les pueda adoctrinar y amansar. Para ambas cosas se han tocado siempre dificultades insuperables, porque no es fácil arrancarlos de las rancherías en donde han nacido ó han sido enterrados sus mayores. No han sido, sin embargo, enteramente infructuosas las diligencias que han practicado los PP. misioneros de los pueblos in- mediatos á sus montes : en el dia el país de los infieles está más reducido. A mediados del siglo pasado nues- tros religiosos redujeron á la fe y á la obediencia del Gobierno todas las llanuras del Difun de la Nueva Vizcaya, cuyo país, ocupado por las naciones Yogat y Gaddan, habían sido intransitables hasta entonces. Las inmediaciones de Ituy y Paniqui, en la misma provin- cia, estaban pobladas de igorrotes, que en el dia son todos cristianos, y muchos pueblos de llocos Norte y Sur, Abra, Union, Pangasinan, Nueva Ecija, Nueva Vizcaya y Cagayan, se han formado, ó enriquecido
— 5^ — considerablemente, con los individuos de varias nacio- nes de infieles convertidos á la fe. En la actualidad cuasi todos los infieles de la casta malaya están á gran distancia de los pueblos sujetos al Gobierno.
Negros. — No sólo en Luzon, sino también en las Visayas se hallan los verdaderos negros occeánicos que forman una casta diversa enteramente de las demás que se conocen en el mundo descubierto. En Filipinas son conocidos por los españoles con el nombre de negri- tos, y por los naturales con los de aetas, itas, etas, ba- higas, etc., según las provincias en cuyas cercanías ha- bitan. Verosímilmente son los primitivos habitantes del país. En nada se parecen á los de la casta malaya en sus facciones, color, cabello, costumbres y modo de vi- vir. Hasta su dialecto es distinto del que hablan las na- ciones procedentes de aquella casta; mas como los que bajan á los pueblos hablan el idioma de los indios, no falta quien duda si tienen idioma propio, aunque en sus danzas cantan de un modo ininteligible: mas pa- rece que aullan que no que cantan. En el pelo no to- dos son iguales : algunas tribus lo tienen algo lacio, pero el de la generalidad es crespo, como el de los de África, aunque no tan negro. Tampoco el color del cuerpo es tan atezado, pero mucho más que el de los naturales de la casta malaya. Tienen la boca más an- cha que lo regular, y más distante de la nariz, que es pequeña, y en algunos afilada. Cuasi todos tienen pa- tillas, y algunos no carecen de barba. Su traje es una miserable faja que les cubre sus vergüenzas, y las mu- jeres cuando bajan á los pueblos cristianos suelen cu- brirse los pechos con otra hecha de algodón ó corteza
— S2 — de válete. Son de muy limitada inteligencia, aunque en algunos se descubren señales que indican más que regular talento, si lo cultivaran. Su casta puede repu- tarse por la última de la especie humana; su mismo físico tiene todos los caracteres de una raza salvaje y degradada: ellos mismos tienen una idea tan baja de sí, que dicen que no son hombres ni gente, sino aetas. Habitan entre bosques en la cordillera del O. de la ba- hía de Manila, desde Mariveles hasta Pangasinan; en lae faldas de una y otra banda, de la que atraviesa la isla de E. á O. desde San Fabián hasta Valer; al O. de algunos pueblos de Cagayan, y en la otra cordillera desde el Cabo de Engaño hasta Tayabas; en los mon- tes de San Mateo y Camachin; en algunas partes de las provincias del Sur; en una palabra, los hay en casi todos los montes de Luzon, reunidos en pequeñas tri- bus con relaciones entre sí, particularmente los cerca- nos de una misma cordillera. No tienen más vivienda que unas malas chozas debajo de los árboles, y á veces algunas ramas enredadas para evitar de algún modo los efectos de la intemperie. Los más duermen donde les coge la noche, y cuando tienen frió, ó la humedad es muy grande, encienden hogueras y se revuelcan en la ceniza caliente. No se dedican á la agricultura y se mantienen de raíces silvestres, hojas de árboles y reses que la casualidad les presenta á tiro de flecha; en tiem- po de lluvias padecen mucho, y se pasan dias enteros sin probar otra cosa que hierbas. Para la caza de los jabalíes, o cerdos montaraces, tienen unas flechas, cu- yas puntas de hierro sólo se sujetan con la caña por medio de unos fuertes cordelitos, de los cuales se des-
— 54 — prenden al entrar en el cuerpo de la fiera, la que lue- go queda presa en los matorrales, y el cazador se libra fácilmente de sus colmillos, que son temibles cuando se conoce herida. Su gobierno consiste en dejar á cada uno en la más completa libertad, y en la observancia de algunas prácticas que han heredado de sus mayores: una de ellas es el comerse de común las reses grandes que coge algún particular. No se ve entre ellos señal alguna de religión, como no sea alguna práctica que indica su creencia en la inmortalidad del alma. Sus ma- trimonios se solemnizan con algunas fiestas brutescas, que no merecen la pena de referirlas. La ceremonia esencial consiste en hacer dar una vieja algunas cabe- zadas á los desposados entre sí, diciendo algunas veces las siguientes expresiones : c Produzca el hombre, pro- duzca la mujer», muy propias para designar el fin pri- mario del enlace, en lo cual apenas se diferencian de las bestias. En algunos puntos se van extinguiendo no- tablemente, como sucede en los montes de Bataan, efecto de la vida miserable que llevan, y de que faltan mujeres, pues no pocas las compran las indias tagalas para su servicio. Estas se mezclan á veces con los in- dios, y los mestizos que de ellas nacen no tienen el pelo crespo, y hay quien dice que su fisonomía es me- jor que la del tagalo mismo.
Sus tribus se trasladan de una parte a otra con la mayor facilidad, pero no se apartan jamas á gran dis- tancia del distrito que sus antepasados ocuparon. La muerte de cualquier individuo de la tribu es suficiente causa para hacerles variar de domicilio, y como no tie- nen muchos muebles, casas ni sementeras, no les da
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mucha pena abandonar el sitio que antes ocupaban. Los que habitan en las cercanías de los pueblos cristia- nos son esclavos voluntarios de éstos. Por un poco de arroz ú otra friolera les traen de gran distancia cera, maderas, cañas y bejucos. Todos tienen sus padrinos, que les dan hospedaje cuando bajan á los pueblos, cuyo beneficio no es poco favor en atención á la asquerosi- dad que se descubre en sus cuerpos, cubiertos por lo regular de herpes y empeines. Desde que los misione- ros españoles empezaron la conversión de los naturales de las islas, trataron también de reducir á los de esta casta degradada; pero ninguno hasta ahora se ha po- dido gloriar de haber tenido por mucho tiempo una sola tribu sujeta y reunida, para enseñarle la vida civil y cristiana. Si se ks habla de religión, oyen con la ma- yor indiferencia cuanto se les dice; contestan siempre con niñerías, y su última respuesta es, que sus ante- pasados vivieron como ellos y que los quieren imitar eji la muerte. Muchos cristianos tienen la maña de comprar chiquillos y chiquillas de esta casta para bau- tizarlos y servirse de ellos como de esclavos; pero los más se vuelven á los montes cuando han llegado á la pubertad. Entre los pangasinanes ya es proverbio que los hijos de los negros son como los gallos de monte, que en sabiendo volar, aunque. hayan nacido de huevos empollados por gallinas caseras, se marchan á los bos- ques (i).
Estadística. — Parte política y administrativa. —
(i) En 1868 y 69 se contaban unos 13.000 de la casta de negritos, redu- cidos ó conocidos; pero pocos serian cristianos.
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Todas las islas Filipinas sujetas al Gobierno español, con las Marianas, están bajo el cuidado de un jefe mi- litar, que al cargo de Gobernador Superior Civil reúne los de Capitán General, de Vice-patrono regio, de Presidente de la Real Audiencia con otros de menos entidad; y á él solo están confiadas la seguridad y de- fensa del país; motivo por que su autoridad es de al- gún modo ilimitada en ciertos casos. Para el debido desempeííp de estos interesantes cargos tiene varias ofi- cinas, un asesor y un auditor de guerra, á cuyos pare- ceres suele conformar sus resoluciones : por manera que estos dos letrados, particularmente el asesor, son los verdaderos gobernadores de las islas (i).
En cada pueblo hay un gobernadorcillo, á quien los indios llaman capitán, con varios tenientes y alguaciles, que le ayudan en el desempeño de sus atribuciones, que consisten en decidir los asuntos de poco interés, mantener el buen orden en el pueblo, castigar con multa ó arresto á los culpados, formar las primeras di- ligencias sobre graves delitos, cuidar de la conservación de las obras públicas, puentes y caminos en donde no hay oficiales públicos destinados á este objeto (2), y publicar las órdenes que le comunica el Alcalde. Los gobernadorcillos de los pueblos de Filipinas vienen á ser los alcaldes pedáneos de la Península. El empleo
(i) Hoy ya no existe el cargo de asesor, desde que se creó el Consejo de Administración, que absorbe sus atribuciones. Ni es el Capitán General Pre- sidente de la Audiencia, sino del Consejo de Administración y del Ayunta- miento.
(2) Hoy están estas obligaciones á cargo de los llamados inspectores de ca- nsinos Y obras públicas.
— 57 — de todos estos ministros es electivo y dura un año sola- mente. Su elección se hace hacia el fin de cada año por la clase de los llamados principales, y los confirma el Alcalde ó el Superior Gobierno. Hasta el año de 1 847 fueron los electores del gobernadorcillo los doce cabe- zas de barangay (i) más antiguos con el saliente. El electo presentaba una* lista de los tenientes y demás oficiales subalternos, y los confirmaba el Alcalde en el acto si eran de su satisfacción. Mas en dicho año el gobernador D. Narciso Clavería varió este método an- tiguo por un bando, publicado el 5 de Octubre del expresado, que contenia 25 artículos, de los cuales el 3.°, 4.°, y 6.°, prescribían lo esencial de las futuras elecciones (2).
Hé aquí su contenido: «Artículo 3.^ Estas eleccio- «nes ó propuestas se harán por una junta, que se com- «pondrá del gobernadorcillo saliente y de doce vecinos, «que se sortearán, la mitad de entre los capitanes pasa- ))dos, y de los que, habiendo sido cabezas de barangay ))por espacio de diez años consecutivos, hubiesen deja- ))do de serlo sin mala nota; estos seis en calidad de «principales; y la otra mitad de entre los que fuesen ca- ))bezas de barangay en ejercicio al tiempo de la elec- ))cion.)) «4.° Para poder ser elector, se necesita, ademas ))de pertenecer á una de las tres clases sobredichas y
(i) Barangay es un grupo de tribunales compuesto de 50 familias, como se dirá más adelante.
(2) Por reales órdenes de 19 y 28 de Agosto de 1862 se han introducido algunas variaciones en el decreto de 1847. Los gobcrnadorcillos duran dos años : la elección se hace al i." de Abril, menos en las provincias cosecheras de tabaco; en provincias distantes solamente no lo confirma el Superior Go- bierno.
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«expresadas en el artículo anterior, tener un oficio ó ))modo de vivir conocido; no estar impedido ó entre- «dicho judicialmente, por incapacidad física ó moral; ))no ser de los que en sus casas acostumbran tener jue- ))gos prohibidos, ó de los que hayan sido penados por )) reincidencia en este detestable vicio; no estar proce- «sado criminalmente ni haber sido sentenciado á penas «corporales, aflictivas 6 infamantes, sin haber obtenido «rehabilitación; no ser deudor á los caudales munici- «pales ó de la Hacienda pública; no ser deudor que- «brado; no haber concurrido á junta clandestina con «objeto de ganar votos para las elecciones, ni haberlos «solicitado con dádivas ó promesas, para sí, sus parien- wtes ó para otras personas. Tampoco podrán ser electo- «res los criados de los alcaldes mayores, gobernadores, «tenientes de gobernadores y curas párrocos, ni los sir- « vientes de las iglesias.)^ «6.° Sorteados, como va dicho «(artículo 5.°), los doce electores, sin que contra ellos «se hubiese hecho objeción alguna, ó resuelta ésta, se- «gun se dispone en el art. 10, y desocupada la sala de «todos los demás que entraron en suerte, se procederá «á la propuesta para gobernadorcillo en la forma si- «guiente : El jefe de la provincia, ó quien en su defec- «to presida el acto, después de una alocución sencilla, «análoga al objeto de que se trata, entregará á cada uno ))de los doce electores y al gobernadorcillo saliente, ó «por falta de éste al teniente mayor ó primero, una pa- «peleta según el modelo número i.°, en que diga: «Fu- «lano de tal, capitán pasado, cabeza de barangay que «ha sido, ó que lo es, propone para gobernadorcillo en «el año próximo de tanto, del pueblo de faquí el nom-
— 59 — y\bre del pueblo) á N. N. ( aqui los nombres y apellidos de ))dos individuos que se han de proponer))); y hecha, la en- «tregará al Presidente, quien, reunidas todas las pape- piletas en la forma indicada, y sin expresar en ellas, por «pretexto ninguno, primero ni segundo lugar, sino sólo «los nombres y apellidos de los dos propuestos, proce- ftderá inmediatamente al escrutinio, »y en seguida á la «publicación del resultado de la votación, con expre- «sion del número de votos que cada uno haya obteni- »do; debiendo entenderse propuesto en primer lugar, y ))Ocupar el mismo en la terna, aquel á cuyo favor hu- «biese resultado mayoría, y el segundo el que tenga «más votos después de él. En caso de empate se repe- «tirá la votación entre los empatados solamente, para «ver quién debe ocupar el primero y segundo lugar, y «no resultando tampoco mayoría, decidirá la discordia «el que presida el acto.» El tercer lugar lo ocupará siempre el gobernadorcillo saliente, con el cual y los dos propuestos del modo dicho se formará la terna que se ha de remitir al Superior Gobierno.
Por estas disposiciones se ha hecho la esencial va- riación de quitar el derecho exclusivo que tenian los doce cabezas de barangay más antiguos, con el gober- nadorcillo saliente, y trasmitirlo á todos los goberna- dorcillos pasados y cabezas de barangay, exentos de las notas que se prescriben en el art. 6.", una de las cua- les es, ser criado del alcalde ó del cura del pueblo, ó sirviente de sus iglesias, y quitar el de ser elegido á los que no son cabezas de barangay. Con esto se ha tra- tado, á no dudarlo, de conservar la libertad de los elec- tores, que podría coartarse de algún modo por la in-
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fluencia de aquéllos. Pero no se ha tenido presente que con esta medida se minora el prestigio, especialmente de los curas, y que las iglesias estarán en adelante, por lo regular, peor servidas; porque ningún cabeza ni go- bernadorcillo pasado querrá prestar estos servicios, que los miraban casi en todas partes como los más honorí- ficos, que requerían hombres de mucha probidad, par- ticularmente los oficios de fiscal, de sacristán mayor, maestro de cantores, mayordomos de los curas y otros. Ademas, no siendo estas elecciones más que propues- tas, que puede desechar el Superior Gobierno, pudien- do echar mano del tercero que no ha sido propuesto, y perpetuarlo en el empleo, ¿por qué tantas trabas y precauciones? (i).
Las cabezas -de barangay forman la verdadera aris- tocracia en Filipinas. Cada uno suele tener 45 6 50 tributos, que constituyen otras tantas familias bajo su cuidado, en cuyo barrio está precisado á residir. Debe cobrarles el tributo y entregarlo al gobernadorcillo ó alcalde mayor de la provincia, bajo su responsabilidad, garantida con fianzas. Cuidar del buen orden y armo- nía de las familias de su barangay ^ repartir entre sus individuos los servicios personales y pecuniarios con
( I ) Algunas variaciones ó modificaciones se han introducido posteriormen- te en este reglamento, ademas de las citadas; pero no es nuestro objeto el enumerarlas. Sobre las atribuciones de los gobernadorcillos se dio el decreto de 21 de Diciembre de 1861 sobre el modo de cumplir sus deberes. La Real Audiencia en varias ocasiones, y también por reales órdenes se les han fijado sus atribuciones en la parte de justicia. Para conocer las atribuciones y debe- res de los gobernadorcillos en el ramo principalmente de justicia, puede con- sultarse el Manual del gobernadorcillo , escrito por D. José Feced, inteligente y celoso alcalde mayor, siéndolo de Albayen 1867.
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que deben concurrir para el bien común del pueblo, y transigir las diferencias que se susciten entre ellos.
Esta institución, mucho más antigua que la sujeción de las islas al Gobierno, ha merecido siempre las ma- yores atenciones. En un principio eran las cabecerías hereditarias, y constituían la verdadera hidalguía del país; mas en el dia, si bien en algunas provincias toda- vía se trasmiten por sucesión hereditaria, las hay tam- bién de elección, particularmente en las provincias más inmediatas á Manila, en donde han perdido su presti- gio y son una verdadera carga. En las provincias dis- tantes todavía se hacen respetar, y allí es precisamente en donde la autoridad tiene menos que hacer, y el or- den se conserva sin necesidad de medidas coercitivas; porque todavía existe en ellas el gobierno patriarcal, por el gran respeto que la plebe conserva aún á lo que llaman aquí principalía. Están exentos de pagar el real tributo, con sus mujeres é hijos primogénitos, y en las iglesias suelen tener un lugar de preferencia. Abusan con frecuencia del prestigio que gozan en las provin- cias lejanas; pero deben ser protegidos por la autori- dad, porque de otra suerte sería muy difícil á sus jefes gobernar un solo pueblo sin el auxilio de la fuerza ( i ) Parte eclesiástica. — No se permite en Filipinas
(i) Por el reglamento de 20 de Diciembre de 1863, art. 16, no son ad- misibles á los cargos de gobernadorcillos y tenientes de los mismos, ni podrán formar parte de la principalía, salvo si la gozasen por juro de heredad, los indígenas que no supiesen hablar, leer y escribir el idioma castellano, á los I 5 años de establecida una escuela en el pueblo respectivo. Como en mu- chas provincias miran esos destinos como onerosísima carga, en ellas puede esta disposición producir un efecto contrario al que se intenta.
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el ejercicio de otra religión que el de la católica apos- tólica romana, á excepción de algunos puntos de las Visayas, sujetos nuevamente, en donde se ha garanti- do el de la mahometana. Los primeros misioneros que principiaron á anunciar el cristianismo en estas islas fueron los padres Agustinos, que acompañaron á Le- gaspi en 1565 (i). A ellos se siguieron los PP. Fran- ciscanos, los de nuestra Orden, los de la Compañía de Jesús, y finalmente, los Recoletos ó Agustinos descal- zos. Sin embargo de que no faltaron desde un princi- pio sacerdotes del clero secular que los coadyuvaron, particularmente en las cercanías de Manila, no se de- dicaron como aquéllos á las misiones de intento. Don Juan de Vivero fué el primero que pasó á Cebú, antes de haberse establecido el gobierno de Manila, y poco después el fundador de la Misericordia, los cuales ob- tuvieron destinos en la misma capital. Para fundar y sostener una misión entre salvajes no bastan el celo y la virtud; es necesaria una corporación que pueda reem- plazar los misioneros y mantener un sistema uniforme y sostenido que le dé la fijeza indispensable; y sobre todo un gran desprendimiento de los intereses tempo- rales, para no hacerse odioso el misionero á los mise- rables que trata de ganar para el cielo.
Fundada la iglesia de Manila en 1581, como ma- triz y cabeza de todas las islas Filipinas, fué también creado su cabildo, mantenido, como su prelado, á ex- pensas del erario. Luego se erigió esta iglesia en silla
(i) No se hace mención aquí de los que vinieron con Magallanes, porque no llegaron á establecerse definitivamente por entonces.
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arzobispal y metropolitana, se dividieron las islas entre ella y tres obispados sufragáneos', tales como existen en el dia (i).
Tanto en el arzobispado, como en los obispados su- fragáneos hay un provisor, un secretario, un promotor fiscal y algunos notarios, sin más renta que las obven- ciones de la curia y derechos de la secretaría, que son muy pocos (2). Concede ademas S. M. á cada uno de los prelados dos capellanes de honor, ó de solio, con cien pesos de estipendio anuales. En las causas eclesiás- ticas, tanto civiles como criminales, del metropolitano, por concesión especial de Gregorio XIII, se apela al obispo más cercano, como delegado apostólico, y si las dos sentencias son conformes, queda la causa definiti- vamente terminada, sin recurso á otra parte; y si no lo son, se puede apelar á otro obispo, también el más cer- cano, y la sentencia de éste es también en tal caso ir- revocable. En sede vacante gobierna el cabildo en el arzobispado, y en los sufragáneos el diocesano más cer- cano. Tanto el Arzobispo como los obispos sufragáneos gobiernan la diócesis con sólo el real nombramiento.
(i) últimamente se ha creado el obispado de Jaro, en la isla de Panay. Véase el estado que se pone al fin de este tomo, donde se consignan las pro- vincias que comprende su administración, con los pueblos v número de almas que corresponden á cada diócesis.
(2) Por real orden de i.° de Julio de 1860 se señalan 3.000 pesos anuales al Provisor y 2.000 pesos a? Fiscal de la curia del arzobispado de Manila; si son prebendados, disfrutarán, ademas de su prebenda la mitad de estos suel- dos. Igualmente por real cédula de 18 de Agosto de 1853 se dispone que el cargo de provisores se provea necesariamente en las sufragánqas en individuos del cabildo metropolitano, y puede en ellos proveerse el de secretario, de acuerdo siempre con el Arzobispo; en cuyos casos, para las distribuciones y demás consideraciones personales, se les considerará como presentes en el ca- bildo.
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antes de recibir las bulas pontificias, ora por algún pri- vilegio especial, del cual no es fácil dar razón, ora por la costumbre, en lo que convienen los autores de In- dias. En todas las provincias tienen los señores ordina- rios sus vicarios foráneos, facultados para dispensar en muchos casos, comunicar á los curas párrocos de sus distritos respectivos las órdenes de los obispos, y des- empeñar las comisiones que especialmente les cometen. Los curatos y misiones son servidos por clérigos se- glares y religiosos de las cuatro Ordenes, que tienen sus conventos principales en Manila. Los que deben proveerse por sacerdotes del clero secular se dan por concurso ú oposición. A este fin pasan circulares los diocesanos, y en los dias designados examinan por sus sinodales á los que se presentan, y son admitidos. En seguida, de acuerdo con los mismos sinodales, forman las ternas y las elevan al Sr. Vice-patrono, el cual elige uno y lo presenta al mismo Ordinario, para que le des- pache la canónica institución. El mismo método se observa respecto de los curatos confiados á las corpo- raciones religiosas, á excepción de las oposiciones; pues basta que los nombrados estén examinados y tengan licencias de confesar para que puedan obtener la cura de almas y la canónica institución (i).
(i) Por real cédula de 19 de Octubre de 1852 se restableció la Com- pañía de Jesús en estas islas. Por real orden de 10 de Marzo de 1858 se dispuso que se estableciese en Manila una casa de la dicha Compañía de Jesús con destino á las misiones de Mindanao. Por real orden de 10 de Se- tiembre de 1861 se declara que á los Jesuítas pertenece exclusivamente el planteamiento y desarrollo sucesivo de las misiones vivas en la isla de Min- danao, y que deben encargarse de la administración de los curatos y doctri- nas ya reducidos por los Agustinos recoletos, á medida que éstas vayan va-
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Desde el principio de la reducción de las islas Fili- pinas hasta fines del siglo pasado, los regulares habian administrado á los indios, como simples misioneros, sin examen, canónica institución ni visita de los dio- cesanos, y si bien aquéllos procedían en virtud de pri- vilegios pontificios, éstos, no obstante, se miraban privados de una de sus prerogativas principales. Antes de erigirse obispado alguno en las islas, ya trató el Arzobispo de Méjico de nombrar un delegado, que ejerciese sobre ellos su jurisdicción relativamente á la cura de almas; pero fué contradicha por los mismos, y se mantuvieron en su posesión hasta los tiempos del arzobispo de Manila D. Basilio Sancho de Si:nta Justa y Rufina, y del gobernador Anda. De aquí se origi- naban competencias poco edificantes, y S. M. tomó la medida de entregar los curatos al clero secular. Pero esto no agradó á los que gobernaban en Manila, por- que habia en ello muchos y graves inconvenientes si llegaban á faltar los religiosos. Por esto se suspendie- ron las Reales disposiciones que trataban de la secula- rización de los curatos, y se obligó a los regulares á servirlos con la canónica institución, sujetos á las leyes del patronato de las Indias. El Sr. Anda fué el ejecutor de esta disposición, causando al efecto muchos sinsa- bores y disgustos á los que habian sido la causa prin-
cando, y se faculta á la provincia de San Nicolás de Recoletos para admi- nistrar los curatos de la provincia de Cavite ú otros que hubiere servidos por el clero indígena, al paso que vayan tamoien vacando. Esta detcrnunu- ( ion ha dado motivo á varias cuestiones y ocasionado varias disposiciones p)Steriores, quedando ella en pié. Hay, pues, ahora cinco Ordenes religiosas q le administran en este archipiélago.
TOMO I. 5.
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cípal de su elevación. Este gobernador quería que los curatos de las islas estuviesen servidos por los regulares; pero los queria curas, y sujetos en un todo al rigor del patronato.
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IDEA GENERAL HISTÓRICA.
PRIME'lA ÉPOCA HASTA LA TOMA DE MANILA POR LEGASPI.
Magallanes. — Su empresa. — Descubrimiento del estrecho que lleva su nom- bre.— Vicisitudes de su navegación. — Descubrimiento de estas islas.- — ■ Llegada de Magallanes á Cebú. — Su muerte. — Serrano es nombrado en su lugar jefe de la expedición. — Su muerte alevosa con otros compañeros. — Le sucede en el mando Juan Carballo. — Su tratado con Almanzor en la isla de Tidore. — Regreso á España de la fragata Victoria al mando de D. Sebastian del Cano. — Nueva expedición á las Molucas bajo la conducta del general Loaysa. — Otra expedición á las Molucas , organizada en Aca- pulco, al mando de D. Alvaro Saavedra. — Muerte de Saavedra. — Trata- do de paz con los portugueses, y nueva línea divisoria de sus posesiones. — Varias otras expediciones al mar del Sur. — Nueva expedición á las islas Filipinas al mando de Villalobos. — Muerte de este jefe. — Nueva expedi- ción á estas islas al mando del general Legaspi, por orden de Felipe IL — Urdaneta. — Nueva posesión de las islas Filipinas por el adelantado Legas- pi.— Sus primeras operaciones y tratados en las islas Visayas. — Se esta- blece después en Cebú como centro y base de sus operaciones. — Regreso á Nueva España y á la corte del P. Urdaneta. — Su vuelta á Nueva Espa- ña y su muerte. — Llegada á Cebú del navio San Jerónimo, procedente de Méjico. — Horrores y desgracias de su viaje. — Nuevos proyectos de hosti- lidad por parte de los portugueses. — El gobernador portugués de las Mo- lucas se presenta en Cebú con una escuadra disputando á Legaspi sus de- rechos sobre las islas Visayas. — Es rechazado en el terreno de las negocia- ciones y de las armas. — La escasez de víveres obliga á Legaspi á trasladar el campo á la isla de Panay, al mando de Salcedo. — Ovación de Legaspi en la isla de Panay. — Libra sus costas de piratas. — Expediciones con este objeto. — Primera expedición á Manila al mando de D. Martin Goiti. — Sus tratados con el régulo llamado Raja Matana. — Alevosía y hostilidades de Solmian su sobrino. — Su derrota y escarmiento por los españoles. — Regreso de Goiti á la isla de Panay. — Fundación de la villa de Cebú por Legaspi bajo la denominación del Santísimo Nombre de Jesús.
I.
Entre las inmensas posesiones con que la divina Pro- videncia se dignaba enriquecer en otro tiempo á nues- tra católica nación, ocupan un lugar muy distinguido
— os- las islas Filipinas, descubiertas en 1521 por el insigne é intrépido marino Hernando Magallanes, protegido por D. Carlos I de España y V de los emperadores de Alemania de este nombre, en los principios de su rei- nado glorioso. Los españoles ya empezaban entonces á poblar el continente americano, y tenian noticia del mar del Sur, descubierto en 1 5 1 3 por Vasco Nuñez de Balboa, uno de los primeros pobladores del Darien, y se procuraba con empeño hallar algún estrecho por donde se pudiese navegar desde España por la via del poniente á las Indias Orientales, que ya los portugue- ses explotaban con éxito feliz. Algunos extranjeros ha- bian intentado sin efecto este paso deseado; el mismo Colon hizo varias tentativas al intento, luego que vio no ser Lipangas ni el Catay las islas de Cuba y Haiti; mas la gloria de este descubrimiento importante esta- ba reservada á Magallanes. No faltan escritores portu- gueses que lo culpan de haber hecho traición á su país, sin hacerse cargo de que antes de pasar á ofrecer sus servicios á la corte española, habia propuesto el pro- yecto á su rey D. Manuel, de quien fué altamente desairado. El rey D. Carlos, por el contrario, no me- nos deseoso de atraer á su nación el comercio lucrativo de Oriente, que de promover su gloria con nuevos descubrimientos, escuchó benignamente al intrépido marino, y lo envió á su Consejo para que en él expu- siese francamente las razones en que fundaba su grande pensamiento.
Habia trabajado Magallanes en Mauritania, y nave- gado por espacio de siete años por las Indias en tiem- po del famoso capitán D. Alonso de Alburquerque;
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tenía relaciones íntimas con Abreu y Serrano, que ha- bían reconocido las islas de Java, Bali, Sumbava, Ma- dura, Solón y las Molucas, por cuyas memorias, y por lo que habia observado él mismo, estaba este jefe con- vencido de que estas islas, con otras del Pacífico, se extendían hasta las inmediaciones de la América del Sur, y que se podría navegar hacia ellas por la vía del poniente, atravesándola por algún estrecho, de que ten- dría ya noticias, que habia más allá de las costas del Brasil, cuyo país había sido casualmente descubierto en 1500 por D. Pedro Álvarez Cabral. El Rey, según el parecer de su Consejo, después de haber oído la oposición de Portugal, que no le hizo fuerza, aprobó el proyecto original de Magallanes, y desde luego lo condecoró con el hábito de Santiago, honor muy dis- tinguido en aquel tiempo. Se extendieron en seguida las instrucciones que debían observarse, y dispuso S. M. que se aprestasen en Sevilla cinco naves al efecto, con la gente necesaria y víveres para dos años.
El dia 10 de Agosto de 15 19 dejó Magallanes aque- lla capital , y el 2 de Octubre principió á surcar el Océano, dejando en espectacion á todas las naciones europeas, que dudaban del éxito feliz de esta grande empresa. Después de haber tenido algunos vientos fa- vorables, muchas calmas y fuertes temporales, el dia 1 3 de Diciembre dio fondo en la gran bahía de Ge- neyro, en donde hizo escala hasta el dia 27, en que zarpó y se dirigió hacia el polo antartico. Al llegar á la bahía de San Julián le fué preciso invernar, por el rigor de la estación. Prosiguiendo después del invierno su viaje, dobló el cabo de las Vírgenes, y al llegar 4
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los 53 grados de latitud austral, el dia 4 de Noviem- bre de 1520, empezó á descubrir el grande estrecho que ha inmortalizado su nombre. La pequeña escua- dra española se metió entonces con la mayor intrepi- dez por este sitio desconocido y peligroso, y el dia 27 del mismo mes salió al anchuroso mar del Sur, que no habia sido surcado todavía por ninguna nave europea. Las contradicciones y disgustos que Magallanes tuvo que sufrir hasta llegar á este punto deseado, no es fácil descifrarlos : toleró tormentas espantosas y frios rigo- rosos: los víveres se le acabaron, se rebeló la tripula- ción de una nave, que regresó á Europa por la costa de Guinea, y se le perdió otra en el estrecho, aunque la gente se salvó; pero el gozo de ver ya superadas las dificultades mayores le hizo olvidar este cúmulo de males.
Habiendo dejado este estrecho, prosiguió con tres buques solamente la derrota hacia el N. O. hasta llegar á unas islas, que llamó Desventuradas, por el poco re- frigerio que en ellas encontró, y luego siguiendo en derechura hacia donde suponia las Molucas, objeto principal de su jornada, el sábado de la Dominica de Pasión descubrió un grande archipiélago, á que dio el nombre de San Lázaro, por la oportunidad del dia que la Iglesia celebraba.. Visitó de paso las islas que ahora se apellidan Marianas, y él llamó de los Ladrones, y en seguida navegó hasta los 1 1 grados de latitud N. y descubrió la punta más austral de Samar, llamada de Guiguan, de cuyos habitantes fué bien recibido. Por algunos utensilios de los indios conoció que ya no es- taba muy distante de las islas que buscaba. De allí pasó
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á Mindanao, en cuyas costas hizo algunas ligeras de- tenciones; y al llegar á Butuan, pueblo muy conside- rable de Caraga, se detuvo algunos dias para celebrar la fiesta de la Pascua. Sus primeras diligencias fueron levantar un altar al verdadero Dios, en el que se cele- bró la primera misa en aquel solemne dia; y en segui- da plantó una cruz en la eminencia de un montecillo cercano á la playa, cuya ceremonia fué acompañada con muchas lágrimas de gozo por aquellos piadosos navegantes, porque consideraban que la verdadera re- ligión empezaba desde aquel dia á poseer un país do- minado hasta entonces por el error y la barbarie.
Aquí debieran empezar las glorias del intrépido ma- rino y sus dignos compaiieros, si no tuvieran la des- gracia de verse precisados á tratar con pérfidos isleños, cuyo carácter no conocían todavía. De Mindanao pasó Magallanes, acompañado de un régulo que en Lima- sava se le mostró muy complaciente, á la isla de Cebú, y el dia i.° de Abril de 1521 fondeó en la ensenada de Mandave. No intentaba fijar su residencia en este punto, porque el objeto principal de su expedición era llegar á las Molucas; pero la buena acogida que halló entre los cebuanos le indujo á detenerse entre ellos algún tiempo, y celebrar su convenio amistoso con Hamabar, que los regía. Admirado este régulo de las imponentes ceremonias de la religión de los recien llegados á su isla, mostró deseos de hacerse cristiano, y al efecto, algo instruido en sus misterios y doctrina, se bautizó con algunos principales. Quizá no se proce- dió en este punto con la prudencia que un asunto tan grave requería , porque no podian los cebuanos en tan
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breve tiempo conocer el espíritu de nuestra santa re- ligión; pero se debe respetar su buena intención. Ma- gallanes se entendia con ellos por medio de un moris- co cristiano, llamado Enrique, procedente de Sumatra, que habia llevado consigo á Europa, porque hablando el malayo, que entienden fácilmente los naturales de estas islas, le servia de intérprete.
Pero no todos los régulos cercanos trataron con igua- les muestras de afecto á Magallanes. Calipulaco, que dominaba en la pequeria isla de Mactan, no sólo se negó á sus requerimientos, sino que ademas tuvo valor para desafiarlo. Aquel, ora para dar una prueba de gratitud á su aliado Hamabar, con quien estaba en guerra el segundo, ora para humillarlo, admitió el desafío y se presentó en su isla con cincuenta compa- íieros. La muchedumbre de isleños enemigos y la fra- gosidad de un país desconocido debían advertirle el grave riesgo á que se exponía; pero confiado indiscre- tamente en su valor y superioridad de las armas espa- ñolas, peleó sin las precauciones oportunas, y pagó su imprudencia con la vida. El combate, no obstante, fué reñido: murieron en la refriega muchos isleños; pero Magallanes fué atravesado de una lanza enemiga, de cuya herida cayó luego desmayado, y murió en el campo de batalla. Murieron también otros seis espa- ñoles, que no qujsieron abandonar al capitán, y los demás se retiraron, persuadidos de que fuera temeri- dad insistir en la demanda. Murió Magallanes el
intrépido marino, cuya memoria, sin embargo de sus infortunios, será siempre celebrada por los españoles amantes de su patria como uno de sus héroes famosos.
— 73 — Aconteció este suceso lamentable el dia 27 del mismo mes y aíío (Abril de 1 521), en que aportó la pequeña escuadra española á Cebú, y en seguida Juan Serrano fue nombrado de común acuerdo jefe de la expedi- ción (i).
Este nuevo capitán , en cuyo valor confiaron los ex- pedicionarios su seguridad y suerte, no tardó en ser víctima de la perfidia malaya, que no habia podido prever. El intérprete Enrique, como ya no ignoraba la mala disposición de Hamabar, por los recelos que le inspiraban los nuevos aliados, muerto su amo, pro- puso vengarse de una ofensa que un español le hizo de palabra. Con este fin persuadió al régulo que, si que- ría librarse de los extranjeros que tenía en su puerto, supuesto que ya no existia el capitán con quien habia celebrado sus tratados, les ofreciese un convite, y que durante el bullicio de la mesa podria deshacerse de ellos á su salvo. El régulo^ como sabía por la experiencia que los españoles no eran inmortales, aceptó el pérfido consejo. Con este fin dijo á Serrano que, deseoso de festejarlo por la elección de jefe y capitán que habia hecho su gente en su persona, queria darle un convi- te, y le rogó se dignase aceptarlo, bajando con su gente á su palacio. Serrano, como no tenia motivos de rece- larse de Hamabar, y persuadido ademas que no con- venia desairarlo, para asegurar su alianza, creyó que
(i) Parece que el 26, y no el 27. El P. Buzcta pone la muerte de Maga- llanes en 26 de Agosto. El nombrado jefe de la expedición no fué Serrano, sino Eduardo (a) Duarte de Barbosa, primo de Magallanes, tanto, que Ser- rano tuvo por temeridad el que Barbosa hubiese aceptado el convite.
— 74 — no debia negarse á sus deseos. Bajó, pues, el día de- signado á Cebú con veinte y cinco compañeros; entró con ellos en donde estaba dispuesto el convite, y cuan- do estaban más desprevenidos, sin haber notado seííal de la traición premeditada, vieron salir de improviso á los asesinos , que les quitaron la vida cruelmente. Sólo el capitán pudo desprenderse de sus manos, y se fué precipitadamente á la playa para pedir auxilio á los que habian quedado en los buques; pero temerosos éstos de alguna nueva traición, se hicieron sordos á sus gritos, y el desgraciado fué despedazado á su vrsta.
Entonces Juan Carballo fué nombrado capitán de la expedición, y á la prudencia de este jefe se debe el éxito que tuvo, que no fué tan desgraciado é infeliz como era de temer. El atentado cri*el de aquel régulo merecia ciertamente un castigo ejemplar ; pero los ofendidos no se hallaban en disposición de ejecutarlo por entonces, porque "ya eran pocos y aun no habian llegado al fin de su viaje. En su vista echaron á pique una nave, y salieron de Cebú con la Trinidad y la Victoria. Desde allí tomaron la derrota hacia las Mo- lucas; costearon la grande isla de Borneo, y después de haber hecho algunas detenciones en sus puertos, navegaron hasta el dia 8 de Noviembre del mismo aiio, en el cual aportaron á Tidore, una de las islas que buscaban, de cuyos habitantes fuercfn perfecta- mente recibidos. La circunstancia de haber muerto los tidores á otro Serrano, amigo del malogrado Magalla- nes , por haber favorecido á los malayos, á quienes odiaban, y la noticia de que los españoles estaban bien provistos de mercaderías europeas, para cambiarlas con
— 75 — las producciones del país, los movieron á tratarlos co- mo amigos, con cuya protección esperaban rechazar las vejaciones que ya padecian de los aventureros por- tugueses. Se hicieron amigos de Almanzor, reyezuelo de la isla, y del de Bachian, su deudo; celebró con ellos un tratado , por el cual se reconocian vasallos de los reyes de Castilla; y desde luego se abrieron las comu- nicaciones entre los habitantes de la isla y los nuestros, á cuyos almacenes traian en abundancia el clavo que buscaban, porque á la sazón era la cosecha principal de esta droga, tan apreciada en aquel tiempo.
Cargados los dos buques de las especerías de Tido- re, Bachian y Gilolo, trataron los expedicionarios es- pañoles de regresar á la Península. En la primera or- ganizaron ante todas cosas una factoría, en donde se quedaron algunos individuos, y recibieron en los bu- ques algunos marineros de la misma isla, trece de los cuales, con diez y ocho españoles solamente, llegaron con la Victoria á Sevilla, por el cabo de Buena-Espe- ranza, al mando de D. Sebastian del Cano, el dia 8 de Diciembre de 1522 (i), después de tres años dos meses y seis dias de haber dejado las costas de España. La Trinidad, bajo el mando de D. Gonzalo de Espi- nóla, debia regresar al mismo punto por el estrecho de Magallanes; pero desgraciadamente antes de salir de las Molucas fué apresada por los portugueses de Ter- nate, que se consideraban como dueños exclusivos del comercio de la especería. Don Sebastian del Cano , á
(1) Entró en Sanlúcar de Barrameda el 6 ó 7 de Setiembre del dicho año 1522, según muchos historiadores.
- 76 - SU llegada, fué condecorado con muchas gracias y mer- cedes, y S. M. le dio por armas un globo de plata con esta inscripción: Hic prtmus geometres: Hic primus circumdedit me. Sus compañeros también fueron pre- miados, según el mérito de ellos, y se dio á la viuda de Magallanes una renta vitalicia. Hasta la nave Vic- teria se guardó mucho tiempo en Sevilla, por haber sido la primera que dio la vuelta al mundo y condujo á España las especerías de Oriente, que habia sido el principal intento de Colon en sus expediciones y pro- yectos.
II.
Portugal hizo, desde luego, las más vivas y enér- gicas protestas, alegando que el comercio de las Mo- lucae le pertenecia exclusivamente, por caer, según decia, en su demarcación. Su rey dio al propio tiempo las instrucciones más severas al jefe que tenía en Ma- laca, para que los españoles fuesen perseguidos y arro- jados de aquellas partes, y se posesionase cuanto antes de aquellas islas, con cuyos régulos no habian tenido los portugueses hasta entonces más que tratados de co- mercio. Desde esta época data la rivalidad , que ha existido entre las dos naciones hasta ahora. Nunca ce- saron los portugueses de perseguir á los españoles que osaban penetrar en alguna parte de las Indias Orienta- les, sin exceptuar á los misioneros, que sólo trataban de propagar la luz del Evangelio; y á esta animosidad debe atribuirse la preponderancia que llegaron á tomar los holandeses en la India, porque los portugueses ni
— 77 — podían por sí solos conservar sus posesiones, ni querían admitir en ellas á los españoles, siempre temerosos de que tuviesen que partir con ellos sus ganancias.
El Rey de España también dispuso por su parte que se aprestase en la Coruña otra armada, para proseguir por la vía del Poniente y estrecho de Magallanes el intento que lo había movido á proteger á este desgra- ciado navegante. En su consecuencia se equiparon en aquel puerto siete buques bien provistos de géneros y vituallas, con cuatrocientos hombres escogidos. Don Gonzalo Jofre de Loaysa fué nombrado general, y D. Sebastian del Cano su teniente, quien debía suce- derle, en caso de muerte, en el gobierno de la expe- dición. Se agregó también á ellos el célebre Urdaneta, que le prestó grandes servicios, como marino inteli- gente. El 2 de Setiembre de 1525 (i) se hicieron á la vela con dirección al estrecho referido, y navegaron con felicidad hasta Enero del siguiente, en cuyo mes pasó la escuadra al mar del Sur, y sólo una nave se perdió, por haber varado en aquel paso peligroso y desconocido todavía. Desde allí siguieron sin novedad la derrota de la primera expedición , atravesaron feliz- mente las aguas apacibles de aquel mar, que con razón se le da el nombre de Pacífico, hasta que llegaron al archipiélago, al que dio Magallanes el nombre de San Lázaro; pero aquí les sobrevino un furioso temporal, que dispersó las naves de la expedición , las obligó á seguir el viento, y todas, á excepción de la Capitana,
(1) En Junio ó Julio de I 524 salió de la Coruña, y en Mayo ^ic 1525 entró en el mar del ÍSur.
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se perdieron. Murió también el General, y luego Don Sebastian del Cano, á quienes sucedió Martin Iñiguez de Carquizano, que llegó al fin, en 31 de Diciembre del mismo año ( i ), á las Molucas.
El Rey habia autorizado á Loaysa para celebrar con- federaciones con los reyezuelos de Tidore y otras islas del Moluco, y establecer colonias y factorías en los territorios donde los portugueses no las tuviesen for- malizadas ni perteneciesen á su demarcación, cuyo de- recho en manera alguna queria infringir; la cual, según el convenio celebrado en Tordesillas, venía á ser ima- ginaria; porque en él sólo se designaba el punto de la ruta que cada una de las dos naciones habia de seguir en sus expediciones. Partiendo Portugal por la via del Oriente, y España por la del Poniente, podia muy bien verificarse que saliendo á la vez dos buques por estas rutas llegasen igualmente á las Molucas. De aquí pro- cedían las competencias y disputas, y en realidad nin- guna de las dos naciones podia alegar mejor derecho de preferencia que la posesión legítima de los países que se cuestionaban.
Carquizano 'fué recibido por los tidores con las ma- yores muestras de afecto : estos isleños miraban ya en- tonces a los españoles, no sólo como amigos, sino también como á defensores, porque los portugueses los perseguían por haber celebrado tratados de comercio y amistad con los de la expedición de Magallanes. Aquel
(i) a El Cano sucedió Toribio Alonso de Salazar, que falleció poco después, y sucedióle Carquizano. En 3 I de Diciembre de 1526 arribaron á Tidor en las Molucas.
— 19 — jefe, sin embargo del mal estado de su gente, confiado en la que todavía esperaba de los demás buques de la escuadra, se decidió á dar auxilio á sus aliados, como debia; pero las enfermedades que los suyos hablan con- traído en los pasados contratiempos no le permitieron ponerlos en campaña. Sólo tenía ciento y cincuenta hombres, debilitados y enfermos, y las fuerzas portu- guesas ya eran á la sazón muy considerables en la In- dia. Estas circunstancias le obligaron á fortificarse en un punto de la isla, y allí estuvo aguardando el socor- ro que la Providencia se dignase depararle.
Cortés, según las providencias que habia recibido de su rey, aprestó el año siguiente de 1527 (i) una pequeña escuadra de tres buques, al mando de Don Alvaro de Saavedra, para reforzar la de Loaysa, cuyo fin desgraciado aun se ignoraba. Salió de Acapulco este jefe el mismo año, y por Enero del siguiente llegó sin novedad á las de los Ladrones, de las cuales se po- sesionó en nombre de la corona de Castilla. Siguió en seguida su derrota hasta Mindanao, en donde supo la desgracia que habia acontecido á la escuadra de Loaysa, por medio de algunos españoles de la misma, que ha- lló refugiados en algunos pueblos de sus costas. Prosi- guiendo luego su viaje hacia las Molucas, llegó sin novedad especial á la isla de Tidore, en donde halló todavía los- restos de la escuadra que iba á reforzar. Su presencia alentó de tal manera á los españoles del pre- sidio, que trataban de vengar las vejaciones y moles-
(i) En 31 de Octubre de 1528 salió del puerto, al mando de D. Alvaro (Alonso le llaman otros) de Saavedra.
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tías que habían recibido de los portugueses; mas él, que nada favorable podía prometerse de las hostilidades, sólo trató de carenar sus buques y regresar con las es- pecerías que se habían recogido, á Nueva España. El 30 de Mayo se hizo á la vela, y no pudo llegar á los Ladrones , porque después de muchas calmas tuvo vientos contrarios que le obligaron á regresar á la mis- ma isla de Tidore, en donde ya fué recibido con las armas de los portugueses. Entonces se vieron los espa- ñoles en la necesidad de defenderse, y sostuvieron una guerra desigual hasta Mayo de 1529, en cuyo tiempo, reducida su escuadra á una débil nave, emprendió por segunda vez el regreso á Nueva España; mas á los 26 grados de altura una recia enfermedad le quitó la vida en pocos dias. Al ver los españoles que su navegación cada vez se les hacia más difícil, y perdidas las espe- ranzas de poder llegar al puerto deseado, se vieron en la necesidad de regresar á las Molucas y acogerse á la clemencia de sus rivales. En medio de sus infortunios tuvieron el consuelo de saber que las diferencias sobre las Molucas se habian arreglado entre España y Por- tugal, y que los españoles que se hallaban en aquellos países debian regresar á la Península por la via de la India. Entre ellos se hallaban Hernández de la Torre y Andrés de Urdaneta, que se habian distinguido por sus conocimientos náuticos en aquella expedición des- graciada, los cuales llegaron con otros compañeros á España el año de 1536.
Otras expediciones que se habian enviado desde Es- paña y América, en demanda del comercio oriental, tuvieron igual suerte que las ya referidas; las cuales al
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fin animaron 4 Carlos V, ya emperador de Alemania, á transigir con Portugal, y cederle el derecho que su nación tenía sobre las Molucas, por la suma de tres- cientos cincuenta mil ducados. Esta cesión no fué, sin embargo, absoluta, sino por via de empeño, pues po- día la corona de Castilla recuperar aquel derecho de- volviendo igual suma. Entonces se imaginó otra línea divisoria, ora para dirimir las competencias que pu- dieran suscitarse, ora para no privarse la España de las nuevas posesiones que podia adquirir por su via del Poniente, y su principal intento fué reservar las islas del Moluco á los portugueses solamente. Pero los es- pañoles no quedaban satisfechos de esta transacción, porque creian que el mejor medio de que podia echar mano la nación para resarcirse de las pérdidas pasadas era proseguir las expediciones al Oriente por su anti- gua ruta, supuesto que ya estaba descubierta, y no era conveniente que los portugueses frecuentasen exclusiva- mente los países de donde se extraían las preciosas dro- gas aromáticas. Mas el Emperador se mantuvo firme en su propósito, persuadido de que podrían obtenerse iguales resultados enviando nuevas expediciones á otras islas no comprendidas en la demarcación de Portugal. Con este fin se procuró averiguar si por la California, ó mar Pacífico del N., habla paso para llegar hasta el gran Catay ó China, en donde se suponían muchas preciosidades, que los mahometanos extraían por la via de Malaca. El primero que trató de realizar esta idea fué el famoso Cortés, el cual envió al intento varias escuadrillas hacia aquella parte, y él mismo con una de ellas llegó al golfo de California, llamado de las
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Perlas, que también se llamó en un principio el mar Rojo de Cortés. Su contemporáneo, Pedro de Alvara- do, organizó también otra escuadra en prosecución del mismo fin , y cuando ya estaba para hacerse á la vela, murió de improviso en Palisco. El primer virey de Nueva Espaíía, D. Antonio de Mendoza, dando cumplimiento á los deseos y disposiciones de la corte, envió también algunas expediciones al mar del Sur desde el año de 1539. En una de ellas, despachada el año de 1542, iba el piloto D. Juan Rodrigo Cabriolo, el cual con dos naves solamente se remontó hasta les 44 grados de latitud N.; pero la violencia de los frios y falta de víveres le obligaron á retroceder y regresar á Nueva España.
Poco después envió aquel virey á D. Ruiz López de Villalobos á las islas del Poniente (i), llamadas así
• (i) Que también se llamaron desde entonces Indias Occidentales. Curioso es el saber lo que se entiende oor Indias Orientales y Occidentales, y por donde pasa el meridiano que las divide. Advierte el erudito Morelli que el nombre mismo de Indias es muy vago, tanto entre los antiguos como entre los modernos. Mas para nuestro objeto basta notar, con el mismo Morelli, que por Indias Orientales se entendía comunmente por los portugueses, des- de el cabo de Buena Esperanza, todas las regiones comprendidas al Oriente; pero tenía que haber alguna demarcación ó línea divisoria. El citado Morelli, en su Fastus Novi Orbis (ordin. i 56, not. 11), dice á este propósito que «por »donde precisamente se deba tirar la línea de demarcación no está determi- Dnado, nondtitn definitutn est. Con todo, cita á Herrera {Descripción de las i) Indias Occidentales , cap. xxv»), quien dice: Indias del Poniente son todas ))las islas y tierra firme comprendidas en la demarcación de Castilla y León, «al fin occidental áft la dicha demarcación, cuya línea pasa por la otra parte «del mundo por la ciudad de Malaca. -i) Esto tal vez no aclara del todo el punto; pero es lo cierto que, según el derecho de Indias (ley 33, tít. xiv, li- bro I, Rec. Ind.)y el Japón y las Indias Occidentales (al poniente ciertamente de la América, por donde venian los descubridores españoles), cuya denomi- nación de Indias Occidentales, dada á Filipinas por nuestro derecho índico, concuerda con varias bulas de ¿umos pontífices, que así las llaman. Según esto.
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las Filipinas desde la expedición de Magallanes, con el íin de fundar establecimientos en algunas de ellas. Para llevar á efecto esta expedición se aprovechó de la escuadra que habia dispuesto Alvarado, compuesta de tres naves de alto bordo, de una galeota y un lanchon o fusta. Ademas de la marinería y gente de servicio, iban en ellas trescientos setenta y cuatro hombres con semillas y lo necesario para fundar establecimientos, cuatro religiosos Agustinos y cinco sacerdotes del clero secular, en calidad de capellanes; pero en las instruc- ciones se prevenia al General, según las órdenes que tenía de la corte el Virey, que no debia tocar en las Molucas ni otras islas comprendidas dentro de la de- marcación de Portugal. Esta escuadra salió del puerto de Natividad (i) el dia i.° de Noviembre de 1542; halló en el discurso del viaje muchas islas, 4 las cuales dieron nombres, y sin haber tenido otra pérdida que la de la fusta, llegó al archipiélago de San Lázaro. Co- mo no hallaban en parte alguna lugar acomodado para fundar los establecimientos proyectados, empezaron
se comprenderán por Indias Occidentales, cuyo descubrimiento pertenecía á los csparíoles, desde trescientas setenta leguas al Occidente de la isla de San Antonio en el Cabo-Verde hasta la línea que pasa por Malaca, según Herre- ra citado. Ésta parece ser la demarcación que se infería del convenio de Tor- desillas, celebrado entre España y Portugal en 7 de Junio de 1494, y de va- rias disposiciones pontificias; pero las muchas disputas y dificultades que opu- sieron los portugueses, como se ve en lo que queda referido y se dirá en esta Historia , dieron lugar á otros convenios, quedándose finalmente los españoles en estos mares en la actualidad , por no haber hecho caso de las islas que les pertenecían en el Pacífico, con lo que se comprende en el archipiélago filipi- no, según la nota i.^, hablando de l.i extensión de Filipinas, tomada del Pa- dre Buccta. Puede verse al citado Morelli (ordin. 10) y las otras á que en la dicha se refiere.
(i) Otros dicen 'Juan Gallego.
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allí á tener consultas y disputas acerca de la derrota que habían de tomar para no infringir las instruccio- nes de Mendoza, y al fin, contra el dictamen del pilo- to D. Antonio Conzo, que habia navegado con Saa- vedra, y que queria siguiese la escuadra hasta los once grados de latitud, se sotaventaron de tal suerte, que ya no pudieron coger a Guiguan, como querían. Empero las noticias de la expedición de Magallanes les sirvie- ron para dirigirse á Cebú, Mactan ó Mindanao. Sin embargo, hasta el dia 2 de Febrero de 1543 no pu- dieron coger tierra en la última, á excepción de la ga- leota, que aportó en Abuyoc y Tandaya de la isla de Ley te, é hizo un buen acopio de víveres. Anclada la escuadra en la costa oriental de Mindanao, entre Ca- raga y el cabo llamado de San Agustin, hallaron la tierra inhabitada, y luego empezaron á enfermar de escorbuto. Entonces pensó Villalobos en trasladarse á la punta más al N. de la isla, en donde los indios pa- recian ii)uy pacíficos, y la tierra abundante; pero, sin embargo de que estuvieron muchos dias porfiando con el viento, no pudieron doblar la punta y se vieron en la necesidad de detenerse en la parte del Sur. De allí, al ver que las enfermedades y contratiempos se iban sucediendo, se trasladaron á una isleta, llamada Saran- gan, situada en la misma costa del Sur de Mindanao. Aquí sembraron algunas sementeras de maíz, para en- tretener el tiempo, mientras procuraban adquirir noti- cias de las tierras en donde pudiesen establecer una colonia espaíiola, y evitar las disensiones que los por- tugueses de las Molucas pudieran suscitarles; pero no tardaron en descubrir embarcaciones con emisarios de
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los mismos, requiriéndoles que dejasen inmediatamen- te aquella isla, por ser de la demarcación de Portugal. La respuesta de Villalobos fué, que en manera alguna trataba de perjudicar á su derecho, pues que tenía or- den de su rey de no establecerse en las Molucas, y po- der bastante para hacerlo en las partes que caian en la demarcación de Castilla.
Por la respuesta de este general, y por la que dio después Legaspi en Cebú, parece que entrambos ig- noraban los límites de la nueva demarcación, porque ninguno de los dos queria infringir los tratados cele- brados entre los soberanos de España y Portugal, y sin embargo, creian que las islas del Poniente (llamadas Filipinas en esta expedición de Villalobos, en contem- plación al príncipe D. Felipe, hijo del Emperador) caian fuera de la demarcación trazada por el último convenio, la cual, según Herrera, debia pasar de polo á polo por las islas de los Ladrones. Unos y otros procedian de buena fe, á no dudarlo, y los espaíioles llegaron á posesionarse formalmente de las expresadas islas, dejando á los portugueses pacíficamente en las Molucas, hasta que se unieron las coronas. En estas embarcaciones portuguesas habia algunos indios de Tidore, que se entendieron con los españoles en secre- to, y los invitaron á que fuesen á su isla, para librarlos de la opresión en que los portugueses los tenian; pero Villalobos desechó sus pretensiones, porque se le habia prevenido lo contrario.
Entre tanto despachó este jefe uno de sus buques para la Nueva España, con el fin de dar noticia al Vi- rey del mal estado de su gente, y descubrimientos he-
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chüs en su expedición; pero no pudo pasar de los trein- ta grados de altura, más allá de las Ladrones, porque habiendo padecido allí una tormenta, se vio precisado á regresar á Filipinas. Los demás, después de ocho me- ses de aguardar en Sarangan con pocos adelantos, sa- lieron con intento de establecerse en Cebú ó en otra isla inmediata; pero las corrientes y los vientos contra- rios los arrebataron á otra parte, y toda la escuadra se vio luego en el mayor conflicto, porque los víveres se les iban acabando, con pocas esperanzas de remedio. Entonces Villalobos, contra el voto de los demás, se determinó á pasar á las Molucas con el único fin de reponerse de sus necesidades y averías en Tidore. Para justificarse mandó al escribano de la armada que le diese un testimonio en que constase no haber en sus naves otros víveres que un poco de arroz, el que, dis- tribuido á dos onzas por cabeza en cada veinte y cua- tro horas, sólo podia durar escasamente veinte dias, sin esperanzas de poder hallar otro socorro en las islas que dejaban. Con este documento se creia asegurado de la responsabilidad que pesaba sobre él; pero los pareceres singulares siempre suelen ser funestos. La escuadra lle- gó, en efecto, sin dificultad, el 24 de Abril de 1544 á Tidore; pero fué mal recibida, como era de suponer, por los portugueses, posesionados de la isla. Convenci- dos, sin embargo, de la necesidad que habia obligado á los nuestros á esta verdadera arribada, no les hacian mucha fuerza en un principio, para que se marchasen; pero no tardaron en requerirlos y amenazarlos, hasta que llegó á dicha isla un capitán humano, que cortó las diferencias, y permitió que los españoles se repu-
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siesen de sus necesidades hasta que se marchasen á otra parte.
En esta ocasión observaron los expedicionarios de Villalobos una novedad muy digna de notarse. Cele- braban la fiesta de San Marcos un dia después que los portugueses de la isla, y por de pronto estaban en la persuasión que éstos tenian la cuenta del calendario equivocada; mas luego habiendo examinado el punto con demostraciones astronómicas, hallaron que, sin embargo de la diferencia de un dia, todos llevaban bien la cuenta, porque este dia se gana ó se pierde, según por donde se navega á dicho punto. Esta misma cuenta se llevó en Filipinas hasta el ario de 1844, en el que, para uniformar su calendario con el de los que navegan á las Indias Orientales por la via del Oriente, se suprimió, de acuerdo de las dos autoridades, el dia de San Silvestre de dicho año. Con esta novedad se borró un perenne testimonio, que manifestaba haber sido los españoles los primeros que pasaron á la Ocea- nía por la via del Poniente.
III.
Villalobos, durante el tiempo de las treguas que los portugueses le otorgaban, se apresuró á enviar un bu- que á Nueva España para pedir algún refuerzo al Vi- rey, porque de otra 'suerte ya no podia ni siquiera regresar de su desgraciada expedición, cuanto menos establecerse en las islas del Poniente. El buque salió
cargado de canela y otros efectos que se hablan reco- gido en Mindanao; pero no tardó en regresar al mis- mo punto, impelido por los vientos. Noticioso entre tanto el virey de la India portuguesa de la llegada de los nuestros á Tidore, envió sin pérdida de tiempo sus apremiantes órdenes á su capitán de las Molucas para que los echasen inmediatamente de todas aquellas islas, de grado ó por fuerza. Con esto Villalobos se vio en el mayor conflicto, porque ni podia defenderse, ni sus buques estaban en disposición de hacer un viaje peli- groso, y en su vista, se vio en la dura necesidad de po- nerse á discreción de sus contrarios. Los portugueses se posesionaron de sus buques, y él con los restos de la expedición se embarcó en uno portugués, con intento de regresar desde allí á la Península; pero no pasó de la isla de Amboino, en donde, no pudiendo soportar tantas contradicciones y reveses, cayó enfermo grave- mente, de resultas de una melancolía muy profunda, que en breve lo condujo al sepulcro. Allí tuvo el con- suelo de ser asistido por el apóstol de las Indias, San Francisco Javier, cuyos consejos saludables, si bien consiguieron resignarlo, no fueron eficaces para curar- le; porque al fin, vencido por la enfermedad, murió poco después en la misma isla de Amboino.
Con la muerte del General la gente de aquella ex- pedición se fué cada uno por su parte. Los religiosos Agustinos intentaron ir, desde allí, al imperio de Chi- na para predicar en él el santo Evangelio; pero los por- tugueses no se lo permitieron, porque no eran de su nación, y se vieron precisados á embarcarse para Eu- ropa. Por Agosto de 1549 llegaron á Lisboa, habiendo
empleado siete años en su malhadada expedición. No fué, sin embargo, infructuosa su misión, porque con sus consejos saludables consolaron muchas veces á la gente, y fueron como exploradores evangélicos de las islas, en donde sus hermanos debian empezar, después de pocos años, á predicar y propagar la doctrina de la fe á los gentiles.
Con esta desgraciada expedición terminaron los co- natos del emperador Carlos V, dirigidos á posesionarse de las Molucas é islas del Poniente, para atraer el opu- lento comercio de las especerías á España, y propagar en ellas la verdadera religión. Magallanes, como se ha visto, hizo con mucha gloria su viaje hasta la isla de Cebú, en cuyas cercanías pereció por el honor y lustre de las armas españolas; y aunque su escuadra tuvo el desgraciado fin que ya queda referido, una de sus na- ves, sin embargo, logró dar la vuelta al mundo por la primera vez, y decidir, con las noticias adquiridas, á nuestros católicos monarcas á posesionarse de los paí- ses que la divina Providencia les tenía reservados. Loaysa y Saavedra adelantaron poco más que Maga- llanes en sus descubrimientos : sus fuerzas hubieran sido suficientes para enseñorearse del Moluco y robus- tecer el derecho que daba á su nación el convenio de Tordesillas; pero entrambos tuvieron la desgracia de llegar al fin de su carrera con los buques destrozados y su gente aniquilada. Villalobos, por último, cuando tenía todas las probabilidades de secundar los intentos del piadoso Carlos V, tuvo el desconsuelo de sufrir una serie de desgracias imprevistas, sus naves en poder de sus rivales, y sometido él mismo á merced de un des-
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pota virey; último esfuerzo de aquel monarca podero- so, que con tanto empeño queria enarbolar el estan- darte de la Cruz en estas partes, y participar del lu- crativo comercio de Oriente.
El Sr. D. Felipe II, con la corona de España, he- redó también el celo de su digno padre por la propa- gación del Evangelio. Las islas Filipinas, que habian sido así denominadas por su respeto cuando aun no habia empuñado el cetro de Castilla, debian ser, por consiguiente, el objeto predilecto de su religiosa am- bición. Desde la desgraciada expedición de Villalobos estaba abandonado el proyecto, tantas veces procurado y nunca felizmente obtenido, de conducir á España las especerías del Oriente por la via del Poniente, y pro- pagar al mismo tiempo la religión de Jesucristo entre los isleños, á quienes los sectarios de Mahoma con las relaciones mercantiles reduelan á su ley. El nuevo mo- narca no podia ignorar los sucesos referidos, y persua- dido que de mandar otras expediciones á sus islas no perjudicaba á los derechos de Portugal, y que de ellas podrían resultar grandes utilidades á la religión y al Estado, propuso á su Consejo en 1558 que se tratase en él seriamente si sería ó no conveniente enviar otras expediciones á las referidas islas. El Consejo estuvo por la afirmativa, y en su consecuencia el 2 de Se- tiembre del mismo año expidió S. M. una cédula real, dirigida al virey de Nueva España, don Luis de Ve- lasco, ordenándole que sin pérdida de tiempo dispu- siese lo conveniente para la reducción de las islas del Poniente. Este católico virey, no menos celoso por la gloria de Dios que por los servicios del Monarca, vis-
— pi- ta la cédula real por el real acuerdo, trató de realizar sin pérdida de tiempo cuanto S. M. le ordenaba, aun- que no pudo despachar la ya organizada expedición, prevenido por la muerte. Sin embargo, no por esto desistió el Gobierno del proyecto. En Navidad se fa- bricaron dos navios, un pequeño galeón y un patache; se juntaron cuatrocientos hombres con valientes y ex- pertos capitanes, y se manifestó al P. Urdaneta que era voluntad del Rey, explicada en otra real carta, que acompaiíase aquella expedición. Este religioso era va- ron de grandes prendas, y el más á propósito para di- rigir con sus conocimientos y consejos la jornada. En la expedición de Loaysa habia dado pruebas de su gran pericia en la náutica: estuvo algunos años en los países orientales, y se habia conducido siempre con pruden- cia en los reveses de aquella desgraciada expedición. Era uno de los pocos que hablan regresado á la Pe- nínsula cuando se arreglaron los negocios sobre las is- las del Moluco entre España y Portugal; y habiendo regresado á Nueva España, desengañado de lo que puede dar el mundo, recibió el santo hábito de Padres Agustinos en la capital de Méjico. El Rey tenía noti- cias muy circunstanciadas de su mérito, y cuando de- terminó enviar su primera expedición á las islas sobre- dichas, le escribió aquella carta, en la que le rogaba y encargaba que se embarcase en las naves que hablan de salir para su descubrimiento, por la experiencia que tenía de aquellos países. El P. Urdaneta, sin embargo de su avanzada edad, no dudó hacer un costoso sacri- ficio, por la esperanza que tenía de que sus servicios podrían redundar en honor de su nación y gloria de
— PE- DIOS. Su provincial le dio cinco sacerdotes compañe- ros de su Orden, y los seis fueron destinados desde en- tonces para propagar la luz brillante de la fe en las is- las Filipinas.
El capitán de la expedición, con el título de general de mar y tierra, era D. Miguel López de Legaspi, natural de Zumárraga, en Guipúzcoa, hombre de gran prudencia y valor, cual se requeria para el éxito feliz de la empresa. En él depositó el gobierno de la Nueva España la confianza de S, M., y no tuvo por qué ar- repentirse de esta elección. El dia 21 de Noviembre de 1564 se hicieron á la vela (i), siguiendo el derro- tero que habia llevado la escuadra de Villalobos hasta la distancia de cien leguas. Entonces abrió el general un pliego cerrado que contenia una orden de la Real Audiencia de Méjico, por la que se le prevenia que la jornada debia ser á las islas Filipinas, ú otras inmedia- tas á las mismas, que no estuviesen fuera de los límites de la demarcación de la corona de Castilla, lo cual daba claramente á entender que no se tenía noticia de la línea divisoria que debia pasar por Marianas, ó que ya estaba olvidada. No era de este parecer el P. Urda- neta : habia propuesto al virey difunto que la expedi- ción se dirigiese á la Nueva Guinea, y en esta persua- sión estaba hasta que vio las instrucciones dirigidas á Legaspi; pero ya entonces no podia retroceder, y tuvo que conformarse con lo mandado. Desde entonces se dispuso que el patache, como buque más pequeño, na-
(i) En el puerto de Navidad.
— 93 — vegase al frente de los demás, para descubrir los bajos é islotes que hubiese en unos mares tan poco conoci- dos; mas á los cuatro dias de viaje abandonó á los de- mas y se fué á Mindanao. Su capitán era D. Alonso de Arellano, y su piloto un mulato llamado Lope Mar- tin : como sabian que en aquella isla abundaba la ca- nela, posponiendo el honor y la lealtad á la codicia, desertaron con ánimo de regresar á Nueva España, ocultando su maldad. Allí supieron la feliz llegada de Legaspi á Cebú, y sin embargo de que la tripulación queria presentarse, los más culpados se mantuvieron hrmes en su deserción, temerosos de perder sus inte- reses y la vida al llegar á la presencia de Legaspi. Esta nave volvió en efecto á Nueva España, y fué la pri- mera que hizo el viaje redondo desde las islas Filipi- nas hasta allí, por lo cual los desertores todavía preten- dían se les premiase, antes de haberse descubierto su delito. '
Las otras naves siguieron su derrota sin la guía del pa- tache, y al llegar á las Ladrones fondearon en Guahan. Aquí refrescaron los víveres, y Legaspi volvió á tomar posesión de estas islas en nombre de la corona de Cas- tilla, por cuyo motivo se le confirió después el título de adelantado de las mismas, sin embargo de que ya lo habia hecho Saavedra mucho antes. Sus naturales no rehusaban comunicar con los recien llegados y con- ducirles víveres en cambio de algunos efectos de Eu- ropa; pero luego cometieron una maldad, que Legas- pi castigó ejemplarmente. Los marineros solían pasear- se por la playa sin que les aconteciese cosa alguna; mas luego un grumete perdió la vida en manos de los
— 94 — bárbaros, que lo mataron á lanzazos, dormido debajo de unos palmares. Legaspi, noticioso del suceso, man- dó desembarcar alguna tropa, que vengó la maldad de los isleños. Poco después de este suceso, á principios de Febrero, levaron anclas, y el i 3 del mismo mes descubrieron las primeras islas Filipinas, y reconocie- ron luego las costas de Samar y Leyte en demanda de los pueblos de Abuyoc y Tandaya, cuyos habitantes hablan recibido bien á los españoles que antes hablan aportado en sus islas. Mas en esta ocasión ni quisieron darles víveres, ni recibirlos en sus pueblos. Legaspi, sin embargo, los dejó en paz y se dirigió á la isla de Bohol, en donde tuvo igual recibimiento; lo que no dejó de llamarle la atención. Estando la armada fon- deada todavía en frente de esta isla, se les acercó un buque de moros de Borneo : Legaspi les envió un bote para reconocerlos, mas habiendo despreciado los re- querimientos y opuesto resistencia, fué luego apresado con seis hombres solamente, porque habiendo muerto el capitán de una bala, los más se escaparon con un parao, ó embarcación pequeña del país, más ligera que el bote de los nuestros. Entre los moros que no pudie- ron ó no quisieron escaparse, habia el piloto de su em- barcación y el factor de uno de los reyes de su isla, que luego fueron de grande utilidad para Legaspi, particu- larmente el primero. Preguntados por intérprete sobre la calidad de sus personas y motivos de la resistencia que habian hecho, se sinceraron con franqueza: con- testaron que eran de la grande isla de Borneo; que habian hecho aquel viaje con licencia y en interés de su rey para contratar con la gente de Mindanao, y que
— 95 — si se habían resistido, fué porque juzgaban que los querian apresar. Legaspi, oida su respuesta, creyó que debia tratar con deferencia á estos hombres, y desde luego los dio por libres, devolviéndoles su buque y cargamento.
Agradecidos los borneos por un favor que ya no es- peraban, no tuvieron dificultad de satisfacer a todas las preguntas que Legaspi les hacia. Le manifiestan, en primer lugar, que sus mercadurías consistían en oro de su isla, benjuí para perfumes, hierro, ropas bastas y pintadas, de algodón, que extraían de la India, cuchi- llos y lanzas de acero, calderas y sartenes de hierro co- lado, armas de fuego, sonajas de cobre á manera de cazos aplastados, platos y tinajuelas de porcelana, cu- yos efectos se fabricaban en Siam, China y Malaca, y los cambiaban por cera, pimienta, mantas gruesas, oro en polvo, esclavos y unos caracolillos de la mar, lla- mados sigáis, que en algunas partes de la India servían y aun sirven de moneda. Los nuestros les mostraron sus efectos de Europa, que consistían en tafetanes, lienzos y paños de lana, espejos, abalorios, cascabeles y otras cosas de adorno, y en su vista les aseguraron que estas cosas en aquellas islas serian poco estimadas. Después les sacaron algunas monedas y barras de plata de la Nueva España, las que apreciaron mucho, y los mismos empezaron á cambiarlas por algunas cosas que hacían falta á la armada, asegurándoles que aquella mercaduría era de mucha estima en todas las regiones asiáticas. Como Legaspi trataba de enviar uno de sus buques á la Nueva España con canela, les preguntó también sí por allí se hallaría esta droga en abundan-
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cía, á lo cual le contestaron que en Mindanao la ha- llarla, así como también oro, pimienta y otros artículos de estimación; y que á un pueblo de la misma isla, llamado Botuan, iban las embarciones mercantes de Luzon, que solian traer efectos de la China. También averiguó que á pocas leguas de allí estaba la isla de Cebú, con cuyos habitantes tanto los moros de Bor- neo como los de Manila hacian buen comercio. Esta noticia fué muy satisfactoria para Legaspi, porque ha- bia resuelto fijar su residencia en donde Magallanes habia aportado el primero de los navegantes europeos.
IV.
Faltaba todavía averiguar la verdadera causa de la esquivez y enemistad que le habían mostrado los pue- blos de Leyte y Bohol, huyendo unos y recibiendo otros á los suyos con las lanzas, cuando le constaba por relaciones fidedignas que eran muy humanos. Los bor- nees, que no ignoraban estos hechos, le dijeron que ng era de extraiíar los hubiesen recibido y tratado como á enemigos, por que hacia como cosa de dos años que los europeos de las Molucas habían venido con ocho buques bien armados á Bohol y otros puntos, en don- de al principio fueron amigablemente recibidos; pero que después cometieron robos y asesinatos, llevándose cautivos á muchos de estos infelices. Legaspi no quiso dejar la isla de Bohol sin haberse sincerado y dejar bien asentado su buen nombre entre unos pueblos cuya
— 97 — amistad le interesaba en gran manera. Ante todas co- sas dijo á los borneos que ellos no eran los europeos de las Molucas, sino subditos de otro rey, que los habia enviado para el bien de estas islas, y que, por consi- guiente, no se les podian imputar en manera alguna aquellas tropelías , cometidas tal vez para hacerles odio- sos, y esquivar á los naturales del país de su amigable trato. Luego le rogó que desengañase en su nombre á Sicatuna, reyezuelo de la isla, del error en que estaban sus vasallos de mirarlos como europeos de las Molu- cas, y que no temiese en tratar con ellos; pues debia estar seguro que ningún daño les habian de hacer. Los borneos se ofrecieron desde luego á ser mediado- res de la paz que Legaspi deseaba entablar con Sica- tuna, y al efecto el principal de ellos bajó á tierra y se vio con este régulo, dándole razón de cuanto el Gene- ral le habia manifestado. Sin embargo de la amistad que mediaba entre el moro y Sicatuna, éste se portó en un principio con gran desconfianza; temia alguna traición y nuevos daños, porque no podia persuadirse que la gente de Legaspi fuese diferente de los portu- gueses, que antes los habian tan injustamente maltra- tado. Condescendió al fin, y prometió que celebrarla paces con los europeos de los buques que tenía en fren- te de su isla, siempre que uno de sus principales bajase á sangrarse con su hijo. Esto era un juramento, cuya ceremonia consistía en echar en un vaso lleno de agua algunas gotas de sangre de los que celebraban el trata- do, y bebería en seguida. Legaspi no tuvo la menor di- ficultad en aceptar esta propuesta, y desde luego envió á uno de los suyos á la isla, acompañado del borneo.
- 98 - para practicar la diligencia que propuso Sicatuna, en- cargándoles que dijesen á este régulo que deseaba fuese en persona á saludarle en sus naves. La ceremonia de la sangre se llevó á efecto sin la menor dificultad, y desde aquel momento se consideró Sicatuna como alia- do de los nuestros. No depuso, sin embargo, toda su desconfianza; porque cuando trató de embarcarse para satisfacer á los deseos de Legaspi se detuvo en la pla- ya, y envió á éste un recado haciéndole decir que ba- jase él primero á su isla sin acompañamiento de gente armada. Pero el General le hizo contestar que repre- sentando la persona de un monarca poderoso, no le era permitido desamparar la escuadra que le habia confia- do; que si tenía verdadera voluntad de ser amigo, po- dia sin recelo subir á su navio, y que en todo caso le enviaria para su satisfacción á dos hombres de los su- yos, y otros tantos moros de Borneo sus conocidos. Entonces Sicatuna ya se determinó á presentarse á Le- gaspi en su navio, de quien fué honrosamente recibido y tratado. Luego le manifestó que por entonces no trataba de otra cosa que tener relaciones con su gente, recibir comestibles y efectos de la isla, en cambio de otros que él traia de Europa, y que nadie de los suyos les habia de hacer la más pequeña violencia. El régulo accedió sin dificultad á cuanto le propuso; le dio satis- facción de su desconfianza, y le confirmó la noticia que le habian dado los borneos sobre que los portugueses de las Molucas, dos años antes, le habian hecho trai- ción y causado muchos daños. Estas relaciones amis- tosas proporcionaron á Legaspi cuanto habia menester para remediar las necesidades que padecia la escuadra.
— 99 — porque los boholes empezaron desde entonces á con- ducirle víveres, y le franquearon sus maderas para la carena de los buques.
Entre tanto trató Legaspi de averiguar la posición y estado de Cebú y de las islas más vecinas. A este fin despachó pon uno de sus buques el piloto mayor de la escuadra, á quien acompañó el piloto borneo, que era muy inteligente y estaba perfectamente enterado de la situación de todas ellas. Al salir le fijó cierto número de dias dentro de los cuales debia regresar; pero los vientos contrarios y las corrientes no le permitieron terminar la comisión en el tiempo prefijado. Su tar- danza inquietó al General, y pidió á Sicatuna enviase una de sus embarcaciones para averiguar el paradero de su buque; mas éste no tardó en presentarse sin ha- ber sido visto de aquélla. Este reconocimiento produjo los buenos resultados que Legaspi podia prometerse : en vista de las informaciones del piloto, trató en una junta si sería conveniente establecerse en la capital de la isla de Cebú, y fijar allí su residencia como centro de sus operaciones. La junta resolvió la parte afirmati- va, y en su consecuencia la escuadra levó anclas y se presentó en frente de Cebú.
El dia 27 de Abril de 1565, dos meses y medio después de haber llegado la escuadra á las primeras is- las Filipinas, fondeó en la ensenada de Mandave, y luego requirió el General pacíficamente al reyezuelo de Cebú. Tupas, que era el nombre de este principal, no recibió mal á los enviados de Legaspi; les contesto en todo conforme á sus deseos y les aseguró que el dia siguiente iria personalmente á visitarle en sus naves;
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pero entre tanto determinó asegurar cuanto tenían los suyos en la población , y oponerse con las armas al des- embarque de los esparioles que tenía a la vista. La mala fe de este régulo fué luego descubierta, porque los nuestros desde las naves observaban que los cebuanos trasportaban á toda prisa por mar y tierra sus haberes á otras partes. No faltaron en la escuadra hombres ani- mosos que representaron al General la necesidad de lle- var á efecto el desembarque cuanto antes, y castigar la doblez con que Tupas procedia; mas aquel prudente jefe, que trataba de asegurar la dominación española en estas islas con modos humanos y pacíficos, tuvo paciencia de aguardar inútilmente que el régulo cum- pliese espontáneamente su palabra. Al dia siguiente le envió una comisión, presidida por el P. Urdaneta, que tenía el título de protector de indios, el cual le hizo presente la falta de no haber dado cumplimiento á su promesa, y volvió á requerirlo que dentro de dos ho- ras se presentase sin falta al General para celebrar amis- tosamente un tratado, y que si se negaba á su requeri- miento, le dijese francamente los motivos que tenía para ello. Disculpóse Tupas, pretextando que no habia ido á visitar al General por cortedad y miedo; pero que de nuevo prometia que iria dentro del plazo seña- lado. Se pasaron las dos horas y no compareció; se re- pitió el requerimiento y todo fué en vano, porque aquel régulo sólo trataba de ganar tiempo y burlar la buena fe del General. Este, sin embargo, tuvo sufi- ciente calma para enviarle una cuarta comisión, la que ya fué recibida con las armas. La población de Cebú ya estaba á la sazón exhausta de gente : sólo hablan
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quedado los varones de armas tomar, que reunidos en un gran número de pequeñas embarcaciones y gran- des pelotones en la playa, trataban de recibir hostil- mente á nuestra gente. Aun entonces no quiso Legas- pi usar de violencia con los imprudentes cebuanos, sin oir el voto de los capitanes de la escuadra, los cuales unánimemente decidieron que se hallaban en el caso de rechazar la fuerza con la fuerza.
Esta medida, aunque violenta, estaba apoyada en la justicia : el honor nacional habia sido vulnerado por la doblez y mala fe con que habia procedido el jefe de Cebú : la gravísima injuria que este pueblo habia he- cho á la escuadra del malogrado Magallanes no estaba todavía satisfecha ni vengada. La perfidia de Hamabar, que con capa de amistad habia quitado la vida cruel- mente á Serrano y compañeros cuando sólo trataban de refrescar sus víveres é ir á las Molucas, es uno de aquellos casos que justifican la declaración de guerra contra cualesquiera soberanos; y Legaspi en esta oca- sión podia castigarla, 6 pedir una satisfacción condig- na; y sobre todo, el modo hostil con que ahora reci- ben á sus enviados lo provocaba á la guerra, la que no debia ni podia rehusar, siendo bastante poderoso para dejar en buen lugar el pabellón victorioso de Castilla. Ordenóse, pues, el desembarque: los buques se pusie- ron en orden de batalla, echáronse los botes á la mar, y la gente armada se fué acercando bien prevenida á la playa. La sola artillería de los buques fué bastante para despejar el campo, porque los cebuanos, al ver los estragos de las balas, llenos de un pánico terror, se pusieron en precipitada fuga; de suerte que la tropa á
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SU llegada ya no halló enemigos que les hiciesen resis- tencia. Los mismos indios en su retirada, llenos de des- pecho, incendiaron á Cebú, y los españoles salvaron muchas casas, de las que se posesionaron como cosa abandonada. De esta suerte quedó Legaspi en un mo- mento dueño de aquella población, provocado por sus mismos habitantes á una guerra, que trataba seriamen- te de evitar.
En una de las casas que se preservaron del incendio se halló una imagen preciosa, que representaba el niño Dios. Era de una tercia de alto con camisa de volante, ropa de damasco colorado y un gorro flamenco de ve- lludo : llevaba en la mano una esfera y en el cuello una crucecita colgada de una cadena de oro. Hallóla un afortunado marinero vizcaíno, llamado Juan Camus, al registrar la casa, metida en una caja de pino y liada con una cuerda de cáñamo, materia que no se halla en el país. El gozo de que se hallaba poseído el piadoso marinero al descubrirla, no es posible describirle; aun- que la caja estuviera llena de piedras preciosas, no pu- diera expresarse con mas satisfacción y alegría. Una novedad tan rara debia de llamar precisamente la aten- ción de los presentes : en su vista se hincaron todos de rodillas delante de la imagen prodigiosa, la adoraron llenos de una santa emoción, y dieron gracias al Se- ñor, que de esta suerte se dignaba consolarlos, endul- zando sus fatigas, sufridas por la gloria de su nombre. No se pudo averiguar de positivo cómo y cuándo ad- quirieron los cebuanos esta prenda de amor; pero es verosímil la llevasen á esta población los primeros es- pañoles de la expedición de Magallanes, Ni hace fuer-
— I03 — za el dicho de los indios, que después aseguraron ha- berla poseido de tiempo inmemorial; porque los cua- renta y cuatro arios que hablan transcurrido desde en- tonces, eran suficientes para borrar de su memoria el tiempo y circunstancias de su adquisición. Puede ser también que los cebuanos ocultasen de propósito estas mismas circunstancias, para que no se les privara de un tesoro, que sin conocerlo apreciaban. Sin embargo de las súplicas que después hicieron á Legaspi para que les devolviese la sagrada imagen, no fueron atendidos. El Santo Niño fué considerado como propiedad de la armada, y Legaspi, como general de ella, lo entregó á los PP. Agustinos que lo acompañaban, quienes lo co- locaron desde luego en una iglesia subsidiaria, que luego se fabricó bajo la invocación del Santísimo Nom- bre de Jesús. Su invención fué el mismo dia en que los españoles se posesionaron de Cebú; esto es, el dia 28 de Abril de 1565.
V.
Sin embargo de que los cebuanos abandonaron su población, huyendo de los nuestros, de noche solian hacer sus correrías y molestar á los centinelas que ve- laban por la seguridad del campamento. Fiados en la escabrosidad y maleza del terreno, se insolentaban de tal suerte, que una vez consiguieron pegar fuego en los cuarteles que se hablan levantado para la tropa. Entonces mandó el General arrasar las arboledas y
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malezas en derredor del campamento, y construir un fuerte de empalizada, cuyas sencillas diligencias fueron suficientes para precaver los daños que podian meditar los enemigos, los cuales, refugiados entre tanto en los cercanos bosques, padecían muchas privaciones y mo- lestias. La obra del fuerte se principió el 8 de Mayo, dia en que celebra la Iglesia la aparición de San Mi- guel, cuya circunstancia, con la de llamarse con este nombre el General, motivó el haberse dado este mis- mo nombre á la nueva población.
Algunos principales de Cebú, al fin, fueron depo- niendo el miedo, y acercáronse al campamento, mos- trando deseos de confederarse con los nuestros. Cuan- do se les echaba en cara las hostilidades nocturnas, las atribuian á otros enemigos; y al proponer las amista- des, les hacia contestar Legaspi que no podia con- cluirse cosa alguna mientras no se presentase Tupas, su señor. Después de muchas instancias y demandas, se presentó al campamento uno de los principales, que dijo ser hermano de este régulo, y aseguró al General, que á la sazón estaba muy lejos de allí, pero que no tardarla en presentarse, siempre que se le diese un sal- voconducto y se le perdonase lo pasado. Legaspi, que no aspiraba á otra cosa, accedió á sus propuestas, y le dio cuantas seguridades podia desear; pero el régulo, cuya mala fe le hacia cada vez más receloso, no se re- solvía á cumplir lo prometido, hasta que, al fin , com- pelido por las instancias repetidas de los suyos, com- pareció á la presencia de Legaspi. Iba acompañado de Tamoyan y otros principales de la isla, y fué recibido de aquel jefe con agrado: le dijo, sin embargo, que
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extrañaba en gran manera hubiese tardado tanto tiem- po en cumplir lo que tantas veces habia prometido, puesto que hasta entonces ningún agravio habia reci- bido de su gente, y sólo se trataba de asegurar la paz, que á todos convenia.
Contestóle Tupas que él también deseaba por su parte estar en paz con ellos y celebrar tratados amisto- sos, y que no habia comparecido antes por temor. En- tonces dirigió Legaspi á todos la palabra y les habló así: «No podéis ignorar ¡oh cebuanos! lo que sucedió en tiempo de Hamabar, soberano de la isla, con los españoles de la expedición de Magallanes. Este era un general que venía, como yo, en nombre de mi rey; fué recibido como amigo, y prendado aquel régulo de su amable trato, recibió su religión, con muchos de los suyos, prometiendo por un tratado guardar fidelidad al Rey de España. Magallanes murió luego, peleando como bueno contra los enemigos de Cebú, y ¿cómo correspondisteis á las finezas de vuestros aliados? Lejos de consolarlos por la pérdida de su amado general, ase- sinasteis luego alevosamente á Serrano, que le habia sucedido en el mando (i) con veinte y cinco compa- ñeros. Mas yo, si bien pudiera ahora castigar un aten- tado tan atroz, no trato de vengar injurias pasadas, sino tan solamente de que renovéis el tratado que antes ce- lebrasteis con Magallanes. Ni creáis que os recuerde vuestros yerros para confundiros con su memoria, sino para que conozcáis el valor de la clemencia, y sepáis
(i) Ya se ha indicado que, según otros autores, no fué Serrano sino Bar- bosa el jefe que sucedió á Magallanes en el mando.
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apreciar el perdón que os ofrezco en nombre de mi rey, os mostréis rendidos á este soberano, y le profeséis amor y lealtad. Pagaréis un escaso reconocimiento, y yo os admitiré debajo de su poderosa protección.» Es- cucharon los cebuanos muy atentos la arenga de Le- gaspi; se excusaron de la deslealtad de sus antepasados, que les habia recordado, echando la culpa á sus auto- res; le agradecieron el perdón, y le ofrecieron desde luego pagar el conocimiento que les pedia, según sus fuerzas. Luego añadió Legaspi que convenia se deter- minasen los precios de los comestibles que necesitaba para el abasto de su gente, con el fin de evitar con- tiendas y disgustos, y les señaló tres dias para que de- liberasen de común acuerdo lo que más les importaba, y después no alegasen ignorancia de lo que habian ofre- cido. De esta suerte se terminó la primera conferencia. Tupas y los principales de Cebú dieron á entender al General que les parecia bien cuanto les habia dicho, y le prometieron volver á darle la última respuesta den- tro del plazo señalado.
Se ignora lo que los cebuanos resolvieron al sepa- rarse de la presencia de Legaspi; pero lo cierto es que se pasaron los tres dias aplazados, sin que Tupas ni otro alguno de aquellos principales compareciese, fi- gurándose quizás que los españoles, á quienes no po- dían rechazar, hostigados por la necesidad, al fin aban- donarían á Cebú. Entre tanto sucedió un lance lasti- moso, que contribuyó en gran manera al desenlace del asunto principal. Un gentil-hombre de Legaspi, pa- seándose, contra su orden, fuera del campamento, fué atravesado por una lanza enemiga; le cortaron inme-
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diatamente la cabeza, y se la llevaron embarcados, sin ser vistos ni sentidos. Luego que Legaspi tuvo noticia de este atentado, envió al maestre de campo D. Mateo del Saus con una partida de soldados, para averiguar el caso y castigar á los culpados. Dirigióse hacia donde se habian refugiado los agresores; pero á su llegada sólo halló en unas chozas miserables siete mujeres, que prendió y llevó al campamento. Esta fué la única sa- tisfacción que se pudo tomar de aquel asesinato; pero la prisión de estas mujeres fué un medio poderoso para establecer las paces entre los españoles y naturales de la isla.
Durante la ausencia del maestre de campo, Legaspi se quedó en el real, y dispuso que los gentiles-hombres le hiciesen la guardia para el decoro y seguridad de su persona. Esta disposición era muy justa y natural, y, sin embargo, ellos sintieron vivamente que se les exi- giese un servicio á que no estaban acostumbrados, y no faltó entre ellos quien tuvo el descaro de decir al General que hacer la guardia era más propio de laca- yos que de gentiles-hombres. Este jefe sintió, como era natural, tamaño insulto, pero creyó que por enton- ces debia disimular, para evitar mayores males. No fué de este parecer el maestre de campo; porque, noticio- so del suceso, procuró que se disolviese aquel cuerpo, y los que lo componían fuesen agregados á las demás compañías de soldados, supuesto que en su concepto sólo les servia de lujo aquel título. Esta medida exaspe- ró de tal manera á aquellos hombres insolentes, que se precipitaron en su vista á cometer un atentado, que pu- diera haber sido la ruina de todo el campamento; por-
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que incendiaron la casa en donde se habia quedado el General, que, como construida de materiales combus- tibles, cerca de los reales almacenes, todos los haberes de la armada estuvieron en inminente peligro de per- derse. Desde luego se sospechó quiénes pudieran ha- ber sido los culpados; en su consecuencia se practica- ron diligencias, y dos individuos del cuerpo suprimido fueron probados criminales, y expiaron, como incen- diarios, su delito en la horca para escarmiento de los demás.
Poco después de este suceso deplorable envió Legas- pi uno de sus buques á la Nueva España, con el fin de pedir más gente y dar cuenta de sus descubrimientos al superior Gobierno. Nombró cabo mayor de él á su nieto, D. Felipe de Salcedo, y encargó la derrota y dirección del viaje al padre Fr. Andrés de Urdaneta. Zarparon de la ensenada de Cebú el dia i." de Junio del mismo año, y habiéndose remontado hasta los 36 grados por las islas de los Ladrones, el 30 de Octubre llegaron sin novedad especial al puerto de Acapulco. La noticia de su llegada, y la relación que hicieron verbalmente de los sucesos de la escuadra, causaron mucha sensación en la capital del Nuevo Mundo, por- que nada se sabía aún de estos hechos. En su vista se repicaron las campanas en señal de regocijo, cuya práctica se continuó después por mucho tiempo, siem- pre que llegaba á Nueva España algún galeón de Fi- lipinas. El P. Urdaneta prosiguió su viaje hasta la cor- te; entregó al Rey la correspondencia de Legaspi y le dijo de palabra cuanto deseaba saber de su larga expe- dición. A su llegada, D. Alonso de Arellano, capitán
del patache que habia desertado de la escuadra de Le- gaspi, estaba en la misma corte negociando recom- pensas por haber sido el primero que dio la vuelta á Nueva España desde las Filipinas; pero su maldad fué desde luego descubierta con las relaciones de Legaspi é informes de aquel distinguido religioso. En su vista, fué metido desde luégcten una cárcel, y después envia- do á Nueva España bajo partida de registro, con orden de que fuese enviado á Legaspi para que lo castigase. El P. Urdaneta, concluidos sus negocios, volvió á la ciudad de Méjico, y terminó sus dias entre los herma- nos de su Orden, con opinión de gran virtud.
Legaspi en Cebú, no desviándose un paso de la senda que le habia trazado su gran prudencia, se ha- cia querer de sus mismos enemigos. Una de aquellas mujeres que prendió Saus cuando salió para castigar el asesinato del gentil-hombre, le suplicó que le per- mitiese ir con su criada para llamar á su marido, ase- gurándole que sin falta volveria. Sin embargo de que no parecía cuerdo el fiarse de la palabra de una mujer que no se hallaba con la libertad suficiente, el Gene- ral le otorgó lo que pedia, y conociendo por su aire que no era ordinaria, le encargó que procurase hacer saber á Tupas que lo estaba aguardando. Cumplió la india, en efecto, su palabra, y dio satisfacción á los deseos de Legaspi, pues Tupas no tardó en enviarle un moro que sabía la lengua malaya, para que le comunicase por su medio lo que bien le pareciese, y dijese al mis- mo tiempo lo que pedia por el rescate de las presas. Legaspi recibió muy bien al emisario, y le dijo que estaba muy sentido de Tupas y principales, ora por
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no haberle cumplido la palabra de volver á su presen- cia dentro de los tres dias designados, ora por la muerte alevosa que habian cometido en uno de sus gentiles-hombres. Por lo que tocaba á la libertad de las mujeres, le aseguró que se la otorgaria, tan pronto como la paz se asentase, sin ninguna clase de rescate, y que entre tanto estarian bajo su cuidado, bien trata- das. Se despidió el moro de Legaspi, y no tardó en volver al campamento con dos principales cebuanos, llamados Maquiong y Catipan, de los cuales el prime- ro era marido de una de las presas, y padre de otras dos. Habiendo á su llegada pedido audiencia á Legaspi, se le presentaron y le dijeron que, noticiosos del buen trato que se daba á las presas, entre las cuales tenía el uno á su mujer y dos hijas, estaban muy agradecidos; y que supuesto no queria permitirles se fuesen á sus ca- sas, que á lo menos no les negase a ellos el consuelo de estar entre los suyos. Legaspi, en vista de una acción tan noble y generosa, accedió gustoso á sus deseos y procuró ganarles el afecto. Por este medio consiguió el prudente General lo que no pudiera con las armas, porque aquellos principales, vencidos por los beneficios que recibían con frecuencia de los españoles, empeza- ron á cobrarles afición, y luego allanaron el camino para terminar las negociaciones de la paz.
Maquiong fué el primero que se ofreció á ser ami- go de los españoles y subdito de su gobierno, y Le- gaspi le dijo entonces francamente que era necesario establecer la paz, llevando á efecto las propuestas que antes les habia hecho. Desde entonces este principal y su compañero Catipan se constituyeron mediadores
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entre el General y los principales de Cebú. El dia si- guiente volvieron á su alojamiento llevando á un hijo de Tupas, y le dieron cuenta del buen estado del ne- gocio. Entonces Maquiong se quedó en el campamen- to con el nuevo compañero, sin duda con el fin de hacerle observar que los españoles no eran tan fero- ces como creian, y Catipan volvió á verse con el ré- gulo para decidirlo á que aceptase las proposiciones de Legaspi. No se cumplieron en este dia sus deseos; mas el régulo, ya determinado, envió á Legaspi cuatro hombres, asegurándole que el dia siguiente se le pre- sentaria, lo que al fin cumplió, acompañado de algu- nos principales y sesenta hombres de respeto , como guardia de honor. El General lo recibió sin muestras de resentimiento, pero con la gravedad que la visita reclamaba, y dirigiéndole en seguida la palabra, le dijo: « Extraño es \ oh Tupas ! el poco aprecio que has hecho de la amistad y perdón de los agravios que te habia ofi-ecido en nombre de mi rey : me has mirado con la desconfianza de enemigo , y has preferido las molestias é incomodidades de la fuga á la compañía de los que hemos venido de lejanas tierras para colmaros de feli- cidad y gloria. Habla, en fin con claridad: elige entre la guerra y la paz; y sin embargo de que repetidas veces me has provocado á lo primero, todavía tienes tiempo para meditar acerca del partido que más ven- tajoso te parezca.)) Enterado Tupas del lacónico dis- curso de Legaspi, le contestó, por medio de intérprete, que siempre habia tenido voluntad de concluir los tra- tados comenzados; que su tardanza en presentarse más habia procedido de vergüenza que de malicia; porque,
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sin embargo de que no rehusaba pagar el reconoci- miento que le habia anunciado, la necesidad que pa- decian sus vasallos le ponia en el caso de faltar al compromiso, y que, finalmente, hablándole con la claridad que le inspiraba la confianza con que lo tra- taba, debia decirle que siempre habia temido á su gente; pero que ya estaba convencido que la paz y amistad con él era el partido más ventajoso que podia adoptar, y que en su consecuencia desde aquel mo- mento él y sus vasallos se colocaban bajo la protección de su monarca, y le prometía por sí y sus descendien- tes guardarle lealtad. Legaspi admitió desde luego á los cebuanos la sujeción que ofi'ecian por medio de Tupas, su señor, á la corona de Castilla, y para la firmeza de un hecho de tanta gravedad se extendieron por escrito los conciertos con las formalidades necesa- rias. Sentimos carecer de este documento importante, que sería, á no dudgrlo, un rico ornamento para la historia de las islas Filipinas.
Desde aquel dia los cebuanos entraban y sallan con frecuencia en el real ó campo de los españoles, y los principales repetían sus visitas á Legaspi, atraídos más bien por los regalos que les hacia que por el afecto que en la apariencia le mostraban. La visita más in- teresante de que hablan las historias antiguas de las islas, fué sin duda la que le hizo la mujer del régulo: llevaba en su comitiva muchos deudos y principales de la isla, que de dos en dos iban entrando en la es- tancia del General. Detras venía la señora, cercada de mujeres bien vestidas con faldellinas y mantas borda- das con flores muy vistosas; llevaban en la cabeza unos
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Luego que los cebuanos empezaron á tratar amiga- blemente con los nuestros, también los padres misio- neros procuraron dar principio á la propagación del Evangelio. Ante todas cosas hicieron admirar á los in- fieles la majestad del culto é imponentes ceremonias de nuestra santa religión, y luego les hablaron de la ley santa del Señor, cuya doctrina admiraban, y no pocos mostraron poco después deseos verdaderos de abrazarla. Pero el ejemplo de los que hablan recibido el santo sacramento del Bautismo en tiempo de Ma- gallanes los hizo cautos, y en su vista anduvieron con mucha circunspección en esta parte en un principio, administrando solamente las aguas de salud á los que daban pruebas de perseverancia con las obras. Una sobrina de Tupas, ofrecida por este regulo á Legaspi para el servicio de su casa, fué la primera que tuvo la dicha de ser regenerada. Este jefe quiso tener el gusto de apadrinarla, y le puso el nombre de Isabel,
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por ser éste el de su mujer difunta; procuro solemni- zar el acto con muchas demostraciones de regocijo, y luego él mismo dotó á la nueva ahijada y la casó con Andrés, calafate de la armada.
VI.
El mayor trabajo que á la sazón afligia á Legaspi era la escasez de víveres que su gente padecía: habia ya algunos meses que se hallaban en Cebú, y los na- turales de la isla, á pesar de los ricos retornos que les ofrecían, no trataban de llevar comestibles al real: táctica de que hablan echado mano los que los man- daban, á fin de que los españoles los dejasen. Pero al fin, lo que no pudieron conseguir de los que ya eran considerados como amigos, lo consiguieron de unos moros cuyo país todavía ignoraban. Eran éstos unos mercaderes de Luzon procedentes de Manila, que ya entonces era corte de los rajáes que dominaban en sus costas, los cuales, noticiosos de la llegada de los nues- tros á Cebú, y de los ricos cambios que tenian, se apresuraron á llevarles arroz y otros comestibles. Le- gaspi los recibió á su satisfacción , les tomó todo el ar- roz á precios subidos, y consiguió por este medio que le condujesen más cantidad de este cereal de la isla de Panay, no distante de Cebú, en donde abundaba. Des- de entonces concibió Legaspi el proyecto de trasladar su campo á Manila, en atención á ser país más abun- dante, y á la escasez de víveres que experimentaba en
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A consecuencia de esta escasez de víveres, que tanto afligia al General, se apoderó el descontento de algu- nos hombres inquietos , que deseosos de aliviar los ma- les que todos padecian y mejorar deposición, trataron de fugarse con uno de los buques de que se compo- nía la pequeña escuadra española. Su intento era robar lo que pudiesen, barrenar los demás buques para que no pudiesen perseguirlos, y refugiarse en Francia, que siempre solia estar en guerra en aquel tiempo con Es- paña. La conspiración fué descubierta un dia antes del aplazado para llevarla á efecto, por haberla delatado un veneciano, llamado Juan María, uno de los princi- pales conjurados. Legaspi, en su vista, prendió á los culpados, los encausó, y resultando criminales Pablo Hernández, Pedro Prim y Jorge Griego, los dos últi- mos el dia siguiente amanecieron ahorcados; el prime- ro se fugó, pero luego la necesidad le obligó á entre- garse, y sufrió la misma pena. Castigados los cabezas de la conspiración, desistió el General de las pesquisas comenzadas; pero hizo una arenga delante de todo el campamento, afeando como convenia un atentado que podia destruir las esperanzas que de tantos sacrificios hechos hasta allí debian prometerse.
El ejemplar castigo ejecutado en las personas de aquellos criminales, si bien produjo por de pronto los efectos deseados, no fueron estos, sin embargo, de lar- ga duración , porque no habia sido- posible todavía
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remediar el mal que habia motivado la conspiración de aquellos infelices. En efecto, otros mal contentos, que no sabian resignarse en la adversidad presente, tra- maron una nueva insurrección , con intento de aban- donar el campo de Cebú y pasarse a los portugueses del Moluco. Hallábanse al frente Juan Nuñez Carrion, Miguel Gómez y un tal Chaves, los cuales, practica- das las diligencias oportunas, también fueron ahorca- dos. Con estos castigos, al parecer severos, pero muy saludables, atendidas las apremiantes circunstancias en que todos se hallaban, atajó el General» el contagio que iba cundiendo en su campo, y aseguró la tranquilidad y salud de los demás. El rigor que desplegaba Legaspi contra los principales criminales, herrnanado con la clemencia en los demás, contribuyó- en gran manera al éxito feliz que tuvieron sus empresas; porque la gente que tenía á la sazón era en extremo necesaria para hacerse respetar de los isleños entre quienes ha- bitaba, y por otra parte no con venia tolerar la insu- bordinación.
Entre tanto, con sus pocas fuerzas disponibles, Le- gaspi se iba suavemente apoderando de los demás pue- blos de Cebú é islas circunvecinas, unas veces forzado por la necesidad, y otras llamado por sus mismos ha- bitantes, que se sometian espontáneamente á su go- bierno para que los defendiese de la tiranía de otros enemigos. De este sistema de conquista, sin derramar sangre ni oprimir con vejaciones á los pueblos, se obtenía el objeto deseado, porque los amigos se le mos- traban más afectos y los vencidos más sumisos. En uno de estos lances envió al capitán D. Martin Goiti con
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El mismo Goiti fué enviado poco después con se- senta hombres á los pueblos de Aboyoz y Cabalian; por medio de los cambios que llevaba, consiguió en breve un acopio muy considerable de arroz, y sujetó de paso aquellos pueblos, cuyos habitantes no se resis- tieron á reconocer el gobierno español. No fué menos feliz el maestre de campo en su expedición á Minda- nao, porque, sin embargo de que su viaje fué más
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largo de lo que se habia calculado, regresó á Cebú con más de mil fanegas de arroz, y aseguró á Legaspi que todos los pueblos de Butuan, isla de Negros y Panay reconocían su gobierno y hablan ofrecido pagar tribu- to anual de todo lo que tenian.
El capitán Juan de la Isla también habia salido de Cebú, como los anteriores, en demanda de arroz: iba convoyado por el segundo; mas luego se dividieron, andando cada uno por su parte, para dar cumplimien- to á las disposiciones de Legaspi. Cuando ya trataba de regresar á su destino, y andaba por aquellas islas buscando al compañero, descubrió un galeón con bandera española, que habia sido enviado desde Aca- pulco para reforzar la escuadra y gente de Cebú. Era el navio San Jerónimo, cuyos sucesos lastimosos no pueden omitirse sin hacer injuria ala histo/ia. Su viaje desde allí á Filipinas fué una serie no interrumpida de desgracias, ocasionadas por la imprevisión y mali- cia de los hombres. Su capitán, ó cabo mayor, era D. Pedro Sánchez Pericón, y su sargento mayor don Juan Ortiz de Mosquera, los cuales, al salir de Méjico para embarcarse, ya estaban enemistados. Desgracia- damente éste, poco después de haberse hecho el navio á la vela, contrajo amistad. con el piloto Lope Martin; aquel mulato que, habiendo desertado con el patache de la escuadra de Legaspi, era enviado en esta ocasión á la presencia de este jefe para que lo castigase, y por consiguiente estaba en disposición de cometer cualquiera atentado. A los pocos dias de viaje. Mos- quera, que ya habia tenido varios disgustos con Peri- cón, determinó asesinarlo. Combinado con otros dos
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malvados, entró de noche en la cámara de este capí- tan desgraciado, y lo asesinó atrozmente con su hijo, arrojando en seguida sus cuerpos palpitantes á la mar. Lejos de ruborizarse el asesino por un delito tan atroz, tuvo la desfachatez de publicarlo por sí mismo á la gente, añadiendo que tenía motivos para ello, y que daria razón de su conducta en Cebú; pero no tardó en pagar el atentado. El mulato en cuyo arrojo confiaba, fué su verdugo. Dueño el asesino del mando del navio, se enemistó con éste y trató de asegurarlo; mas no llevó á efecto su intento, porque se lo estorbaron sus amigos. Resentido éste de la conducta de Mosquera, concibió el proyecto de vengarse, y para conseguirlo se reconcilió con él, y después le persuadió que con- venia hacer una justificación en forma de lo ejecutado con los asesinados; porque decia que la gente estaba descontenta; que al efecto debia dejarse prender; que él, como piloto mayor, le formaria la sumaria á su satisfacción y lo declararía libre. El incauto se dejó alucinar por el pérfido mulato, el cual por modo de broma, corno decia, lo mandó ahorcar en el peñol de la verga mayor, sin darle tiempo para confesarse, como él habia hecho con los desgraciados Pericones. Constituido el mulato dueño absoluto del navio, su confidente Ocampo, después de haber arrojado á la mar el cuerpo de Mosquera, arengó á la gente, y le dijo, en nombre de