EL DICCIONARIO

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POR LA ACADEMIA ESPAÑOLA

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Flor Baja . 22. 1887

EL DICCIONARIO

LENGUA CASTELLANA

POR LA ACADEMIA ESPAÑOLA

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EL DICCIONARIO

BNGUA CASTELLANA

POR LA ACADEMIA ESTAÑÓLA

COLECCIÓN DE ARTÍCULOS PUBLICADOS EN « LA CONTROVERSIA»

Y «EL LIBERAL», EN CONTESTACIÓN

Á LOS QUE EN «EL IMPARCIALÍ HA DADO Á LUZ MIGUEL DE ESCALADA

CONTRA LA DUODÉCIMA EDICIÓN

DEL DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

por

FRANCISCO A. COMMELERÁN

(quintilius)

MADRID

IMPRENTA DE A. PERfcZ DUBRULL

Flor Baja, 22. 1887

AL QUE LEYERE

ara oprobio y vilipendio de las letras españolas y para regocijo de los in- justos detractores de nuestras glo- rias más legitimas , en un periódico de los que más circulan, un escritor maldiciente y procaz, que se firma con el pseudónimo M'guel de Escalada , ha perpetrado esa felo- nía sin nombre , que , con el título de El nuevo Diccionario, ha producido grandísimo escándalo entre todos los que con verdadero entusiasmo trabajan por levantar la cultura española al mismo nivel que la de los países más adelantados.

Empresa menguada , ruin , innoble y anti- patriótica, es la que ese mal español, sin más medios que una ignorancia inconcebible

y una osadía sin límites, se ha propuesto realizar.

¡ Que Dios y la patria se lo paguen !

En desagravio de las letras españolas y del nombre de nuestra patria , injusta y grave- mente escarnecido, escritores más compe- tentes que Quintilius, en periódicos tan im- portantes como El Globo, El Día, El Correo, El Resumen y algún otro , y en revistas tan importantes como La Revista Contemporánea, han triturado y reducido á polvo la obra injusta, desatentada y antipatriótica del igno- rante y maldiciente Zoylo.

Que el fallo de la opinión ilustrada, im- parcial y amante de la honra de la patria de- cida en esta cuestión.

Por nuestra parte , lo esperamos tranqui- los , fiados en la honradez de nuestros pro- pósitos, en la justicia de nuestra causa y en el sentimiento de puro españolismo que ha puesto la pluma en nuestras manos.

EL DICCIONARIO

LENGUA CASTELLANA

POR LA ACADEMIA ESPAÑOLA

I.

de que apareció la duodécima edición del importante Diccionario de la Lengua Castellana , publicado por la Academia Española, la crítica docta y desapasionada vio en esti excelente obra un libro verdaderamente no- table y digno de la corporación ilustre que ha enriquecido con él, y espléndidamente por cier- to, nuestra literatura filológica. Sabía todo el mundo, antes de que esta obra viera la luz pú- bli:a, que la Academia trabajaba con verdadero amor y perseverancia infatigable por dotar á Es- paña de un Diccionario que estuviera á la altura qus en todos los países han alcanzado los estu- dios filológicos y lexicográficos; y ésto, que en cualquier país del mundo hubiera sido motivo de

sincero y leal aplauso, y más con la garantía de los nombres ilustres que aparecían empeñados en tan noble empresa, ha encontrado en España un impugnador, cuya tenacidad sañuda sólo puede compararse á su falta absoluta de conocimientos en la materia que lleva entre manos, y á la sin par osadía con que, bajo su autoridad individual y obscura, hace las afirmaciones más estupendas, en formas tan crudas y de un naturalismo tan subido , que apenas se concibe cómo ha logrado su autor dar á la estampa ese conjunto de enor- midades que, si dan á Escalada algún provecho, en cambio , al atravesar nuestras fronteras , sólo producirán á nuestra patria oprobio y deshonor inmerecidos.

No vamos á rebatir uno por uno los injustos cargos que el improvisado filólogo de El Impar- cial dirige al Diccionario de la Academia. Vamos sólo á poner de relieve aquellos dislates de más bulto en que incurre su desatentada crítica, aquellos dislates cuya evidencia está al alcance de cualquiera , y que no exigen largas ni cortas vigilias para demostrar su magnitud inverosímil, y esto además lo haremos, aunque con cierta re- gularidad , cuando no tengamos cosa de mayor importancia en que emplear el tiempo ; porque, aparte de otras razones , después que el docto académico que disfraza su amenísimo ingenio

cor el pseudónimo de Juan Manuel Fernández, ha resuelto de plano y en absoluto la cuestión cor. las dos sabrosísimas epístolas que El Impar - ciai ha publicado, nuestro empeño resulta inútil, ó innecesario cuando menos. Pero es también el amor al arte lo que nos mueve ; y ya que Miguel de Escalada no ha querido ó no ha podido sol- tar el puñado de definiciones que Juan Fernán- dez le pedía para regocijarnos con ellas , vamos ádsmostrar por nuestra cuenta lo muy atrasa- dos, de noticias en que respecto al Diccionario de la Academia y en punto á materias filológi- cas vivían los lectores de El Imparcial, mientras no tuvieran otras que las proporcionadas por Es- calada, que tampoco está, según parece, muy al tanto de lo que ocurre en el mundo de las letras.

Prueba al canto. Hablando del artículo que el Diccionario dedica á la preposición inseparable Ab, dice el imponderable filólogo leonés: «Aquí entfa, puede decirse que por primera vez, en furciones el etimologista.... Ab del latín ab, nos dice: ¡Claro! como que es latín puro», y más abijo : «Y digo que esa voz ab ha sido incluida neciamente en el Diccionario de la Lengua Caste- llana, igual que otras varias preposiciones insepa- rables, que dicen los señores académicos, por- que ni es castellano, ni en castellano tiene uso ni significación asi sola».

De donde resulta que, según este lexicógrafo

IO

eminente, pero desconocido, la circunstancia de no usarse en castellano sola esta preposi- ción , hace que no sea castellana , por más que se halle formando , no ya parte de la palabra, sino de la significación misma de palabras cas- tellanas, como en absorber, abjurar, abusar, etc. , cualidad más que suficiente para que haya adquirido carta de ciudadanía en nuestro idio- ma, como tal preposición inseparable.

Pero dejando á un lado estas consideraciones, ocúrrenos ante todo preguntar : ¿qué Dicciona- rios habrá consultado este pedagogo que en El Imparcial le ha salido á la Academia, cuando ignora que en los mejores, y con excelente acuer- do , se da tal importancia á la composición de los vocablos, que dedican á veces muy extensos artículos á esas partículas que generalmente se llaman preposiciones inseparables , porque en- tran como componentes antepuestos al vocablo simple y unidas á él, formando una sola palabra y modificando la significación del simple en de- terminado sentido? ¡Ah! Pero es latín puro, dice el insigne Escalada, y el incluirla en un Diccionario de la lengua castellana es una nece- dad. Pero es el caso , decimos nosotros , que no

Suponemos que querrá decir fuera de composición, por- que las preposiciones, no ya las inseparables, sino las propia- mente dichas preposiciones , no se usan sino acompañadas del nombre ó relacionadas ó referidas á él.

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ay Gramática castellana moderna, mediana- mente escrita , que no dedique á estas partícu- las ó preposiciones inseparables capítulo aparte, como elementos que son importantísimos del idioma. Además: si por conservar su forma lati- na no son castellanas estas preposiciones insepa- rables, y si por ello deben excluirse del Dicciona- rio , hay que excluir también de él, y por la mis- ma rfzón, palabras como anterior, citerior, exterior, inferior , interior , posterior , superior , ulterior , y cuantas conserven en castellano la misma forma que tienen en latín, y que, por esa razón ^se- gún Escalada, no deben ser palabras castella- nas: ¡como que son.... latín puro!

Pero es que el doctísimo filólogo de El Impar - cial dice que las preposiciones inseparables no se usan solas, y por eso no merecen artículo apar- te. Pase lo chabacano de este singular tecnicis- mo ; pero lo que no puede pasar es lo peregrino de esta teoría, que no autorizan , por cierto , ni Littrí, ni Freund, ni Theil , ni Bopp , ni Fede- rico Diez, por quien preguntaba un día de estos escamado el autor de estas maravillas , y como avergonzado de que lo compararan con él. No: esa teoría no puede pasar. El Diccionario es, por lo menos, un libro en que se explica la sig- nificación de todas las dicciones ó palabras de un idioma ; dicción ó palabra es el sonido ó conj anto de sonidos articulados , que representa

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ó expresa una idea: es así que estas preposicio- nes inseparables representan una idea más ó me- nos general, pero idea al fin, puesto que con ella modifican en uno ú otro sentido la significación del simple; luego son palabras ó dicciones: lue- go , aunque no se usen solas ó fuera de composi- ción, no se deben excluir del Diccionario: lue- go no hay necedad en incluirla, sino en hablar, como el pedante crítico, de lo que no se sabe. Esto bastaría para demostrar adonde llega , ó, mejor dicho, adonde no llega la ciencia filoló- gico-lexicográfica del omnisciente Escalada; pero hemos de confesarlo , aunque nos duela. Los artículos de El Imparcial sobre El Nuevo Dic- cionario, son tentadores, y muy débiles nos- otros para resistir á la tentación ; así que , con verdadera pena y con temor de haber abusado del corto espacio que puede concedernos el pe- riódico , hacemos hoy punto final , hasta que podamos ocuparnos de nuevo en un asunto que no podemos menos de estimar muy importante.

sigue la polémica tan estrepitosamente

iniciada en El Impar cial. Y sigue en términos tales, que en el penúltimo lunes, aunque parezca imposible, el impertérrito Escalada se ha salido de madre, de tal modo, que muestra ofuscado el entendi- miento hasta el punto de contestar con la ma- yor frescura: «Lo que realmente me contrista, es que Vds. mismos, los académicos, den por pecado á los españoles el no conocer á Fe- derico Diez y sus obras.... Nada; que á pesar de permitirnos el lujo de tener una Real Acade- mia Española, tenemos que pasar, en cosas de filología, igual que en política, por las horcas caudinas de Alemania; y así como tenemos allí un Bhmarck, que dispone de nuestro territorio,

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hemos de tener también un Federico Diez , que disponga de nuestro idioma».

Pero, ¡qué cosas tiene V., amigo Escalada ! ¡Pero qué cosas! Si lo que Juan Fernández ha dicho es que presumir de filólogo (y vaya si V. presume) y no conocer á Federico Diez, es lo mismo que presumir de naturalista y no saber quiénes fueron Buffón ó Linneo. Por lo demás, no tenga V. cuidado ni crea que Fede- rico Diez tiene que ver nada con el famoso can- ciller de hierro : no , señor ; al contrario , es una buena persona, que puede enseñarle cosas que V. no sabe ni siquiera que existan : conque anímese un poquito y aprenda de él lo que tanta falta le hace: vamos, atrévase V., hombre; atrévase V. con él , que no es ningún hulano.

Pero si tanto horror le inspira el padre de la filología neolatina , y no se atreve á penetrar en las profundidades lingüísticas de la Gramática y el Diccionario etimológico de las lenguas romances, dígnese pasar la vista por un erudito y concien- zudo artículo que publicó El Globo en su número 4,046, correspondiente al sábado 27 de Noviem- bre último; artículo que por cierto es capaz de hacer pasar por el aro á cualquier Escalada.

Una ocurrencia deliciosa ha tenido el penúl- timo lunes el maestro de filología , cuya ciencia profunda ha confesado al fin que no conoce á Federico Diez , sin duda porque le basta cono-

á mismo. Extráñase Escalada de que en el Diccionario de la Academia no figuren las pa- labras pastelear, tramoyan, celiminis , escriben, parid ara , fregati^ar , quillotro , quillotrar, rempu- jar y fufo. Y en verdad que no hay motivo para semejante extrañeza ; porque á cualquiera se le alear za la razón que la Academia habrá tenido presente para no incluir en su Diccionario esas palabrejas, que tanto abundan en las comedias de Tirso; razón muy poderosa, y que, á nues- tro juicio , no ha podido ser otra que haberlas puesto Fr. Gabriel Téllez en boca de los Esca- ladas de sus comedias.

Pero nos desviamos demasiado de nuestro propósito , que no era por cierto demostrar el poco fondo de la crítica (llamémosla así) que hace Escalada del Diccionario de la Academia en su segundo paréntesis, sino probar esto mis- mo con textos viejos, de la época en que el cita- do cítico quería parecer sensato y docto.

Er el número del lunes n de Enero de 1886, nos decía Escalada: «En el vocablo abalanzar dan otro tropezón mayúsculo (los Académicos). Porque el verbo abalanzar, arrojar, impeler, que oonen en el segundo artículo, no existe; es decii , que abalanzar no es activo , sino recí- procD, y, por consiguiente, la etimología que le ponen del griego bailo, arrojar, lanzar, no puede sostenerse. ¿Han oído decir alguna vez

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los académicos que Fulano riñó con Mangano y le abalanzó una piedra? ¡Si no se necesita más que un poco de sentido común para hacer bien las cosas!»

Verdad, decimos nosotros: no se necesita más , y por eso, sin duda , las hace tan mal Es- calada. No nos extraña que no haya él oído á nadie usar como activo el verbo abalanzar; lo que nos hubiera extrañado, y con razón , es que los académicos hubieran dado gusto al indocto censor, que, por efecto de su sordera intelectual, no ha oído al P. Juan Bautista Dávila, que en la Pasión, escribe:

«Ya, ya el más feo castigo Al presidente abalanza»;

ni á Saavedra Fajardo , que dice en sus Empre- sas políticas : « Porque faltando fortaleza para esperar en el peligro, nos abalanza á él la tur- bación del miedo».

Como se ve , los Académicos tropezaron con el P. Dávila y con Saavedra Fajardo, y por eso incluyeron en el Diccionario el verbo abalanzar como activo y en la significación de arrojar, lanzar; y por eso le atribuyeron , con sobrado fundamento, la etimología del griego bailo; de suerte que quien da aquí, no otro tropezón, sino un tumbo mayúsculo, de los infinitos á que nos tiene acostumbrados , es el propio Escalada, que

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en el mismo número del mismo lunes dice con una frescura que pasma : «Debo manifestar, que esta mcjaderia de poner abaldonar como sinónimo de abandonar, es enteramente nueva y exclusiva de la edición presente». Y nosotros debemos advertir á nuestros lectores, que el Diccionario de la Academia dice: «Abaldonar, a. ant. '. Abandonar». Y en la Crónica general de Espa- ña , i.-cxv, se lee: «A ti me abaldono, cualquier Dios poderoso, que en cielo eres». Con lo cual queda suficientemente demostrado que este verbo es anticuado y activo, y que no es majadería incluirlo en el Diccionario en tal concepto. Por de contado, que no diría estas cosas Escalada si , en vez de protestar con- tra la .autoridad de Federico Diez y de Littré, venciera esa obstinada repugnancia que siente á los buenos estudios , y dedicara al examen de las obras clásicas de la filología el tiempo que lastimosamente pierde en su antipatriótico em- peño de desacreditar una obra que, pese á la crítica enconada del pobre Zoylo, es un pro- greso notable en nuestra literatura filológica. Porque es lo bueno del caso que la / y la n son consonantes muy parecidas en su pronuncia- ción: ambas son linguales, es decir, que se pronuncian hiriendo con la lengua el cielo de la boca í.l emitir la voz ; y no hay más diferencia

' Activo , anticuado.

entre ellas que el carácter nasal que distingue ala n de la / ; y por eso estas letras se confunden en los orígenes de la lengua , y así en el poema de Alejandro se lee tnortahdad por mortandad, y las contracciones quiera y quiexo por quien la y quien lo, y ticima por fiedla ó tunela.

Y no sólo se verifica en castellano la sustitu- ción de estas dos letras, la una por la otra, sino que se ha observado , por ejemplo , que la n del sánscrito antara, otro, se convierte en / en ei latino, alter; así como la n del sánscrito anyas, otro, se convierte en / en el griego olios por altos, en el latín aliw , en el gótico aljis ó alja, en el antiguo alemán alies y en el inglés all. De suerte que aun cuando no constara, como consta, haberse usado abaldonar por abandonar, á los ojos de la ciencia filológica no podía ser majadería y novedad, y sólo podría calificarlo de tal modo un crítico para quien los principios fundamenta- les de la filología fueran un verdadero mito.

En el ya citado número, y siguiendo el siste- ma de sus afirmaciones temerarias, escribe el censor de El Imparcial: «Luego viene dos veces el verbo aballar , y las dos veces está de sobra, porque en la primera acepción que le dan los señores, sinónimo de bajar ó abajar ', no es cas- tellano , sino gallego. . . . , y en la de llevar ó con- ducir no tiene uso hace siglos, si es que le tuvo

i La Academia dice : v Aballar , a. ant. Bajar, abatir.»

alguna vez». Y para que nuestros lectores vean lo muy enterado que de estas cosas anda Esca- lada, vamos á copiar aquí las palabras de la propia Crónica general, en cuya parte cuarta, folio 228, se lee: «É los moros recibiéronlo é comenzáronlo de ferir muy de recio, dándole muy grandes golpes para aballar la seña».

Ya ve, pues, Escalada cómo aballar, en la sign ficación de bajar ó abatir, no abajar , como él dice, no puede ser más castellano. Ahora, tó- mese la molestia de leer en Quevedo , Mus. 9, parafr. de los Cantares :

«Si no sabes, mi querida esposa, Hallar las mis ovejas do sestean , Aballa tu ganado presurosa Y tus cabritos que pacer desean»,

y díganos si se usó alguna vez en la significa- ción de llevar ó conducir. Ya ve el atolondrado censor que hay autoridades para todo; para todo , menos para probar las pocas y descabella- das afirmaciones de esa crítica , cuya crudeza de formas y falta absoluta de todo humano respeto es la demostración más evidente de que carece por completo de criterio y de razón.

II

III,

l pedagogo de El Impar ciál empieza á recoger velas. El último lunes nos refie- re uncuentecito , capaz de hacer dester- nillar de risa á un guardacantón. Con un can- dor inconcebible , pero muy parecido á la sim- pleza, nos cuenta que hace más de ocho meses dejó caer adrede en el artículo iv déla colección de sus despropósitos , uno muy garrafal , apos- tando á que nadie caía en él , y que, como en efecto nadie ha caído, almorzó en Los Cisnes, y qué yo cuántas cosas más. En resumen: que un alma caritativa le ha llamado la aten- ción sobre ese despropósito , advirtiéndole que abrinuntio no se escribe ab renuntto, y Escalada ha llenado media columna de El Imparcial, con fárago indigesto, que nadie cree. ¡Porque si no fuera más que ese el despropósito que ha dejado caer!.... Pero ¿y la planta aro, y lo de

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abacero y abacería , y lo de que capear no era robar capas, ni nada parecido? ¿Y lo de que abaldonar no fué nunca abandonar , y todo, en fin, lo que lleva dicho en veinticuatro artícu- los y dos paréntesis? Desengáñese Escalada: lo del abrenuntio es un grano de anís, y con la apuesta que refiere , no logrará otra cosa que excitar la risa de sus lectores. Porque no es aventurado pensar que quien inventa numero- sas comisiones académicas destinadas á estudiar y combatir las injustas catilinarias que contra el Diccionario de la Academia publica El Impar- cial, bien puede inventar apuestas y almuerzos cuando alguien le haga notar alguno de los innumerables disparates con que suele atibo- rrarlas. ¿Qué idea tendrá de sus lectores Esca- lada, cuando, al recoger uno de los muchos despropósitos en que ha incurrido su imponde- rable numen lingüístico, les dice que lo dejó caer adrede? Porque leyendo sus palabras, resulta que no lo dejó caer adrede , sino que remachó el despropósito con premeditación, ensañamiento y alevosía, puesto que él, que tan parco se muestra de razones en toda ocasión , intentó en aquélla dar algunas, que son, por supuesto , como suyas. Oigan nuestros lectores sus palabras : «También escriben Vds. (los Aca- démicos) separado ab initio y con t, y otros lo escriben junto y con c, considerándolo palabra

castellana. Y, en cambio, escriben Vds. abre- nuntio, asi unido, y más comúnmente se es- cribe separado ab renuntio , pues de la otra ma- nera, parece que no se trata de renunciar á nada , sino de abrir al nuncio , cosa más propia que de Académicos de tradicionalistas, que son los que no suelen estar bien con tan elevado personaje ».

En donde, dejando á un lado el ab initio , no hay un disparate, sino dos; uno, lo de escribir separado ab renuntio , y otro lo de abrir al nun- cio, que supone que en abrenuntio la r tiene el son do suave que en el castellano abrir , porque sin duda ignora el cuitado censor, que la r ini- cial de los compuestos latinos conserva su so- nido fuerte cuando el prefijo termina en conso- nar te , como en obrepo , quamobrem , abrenun- tio, etc. , y cuando el prefijo termina en vo- cal, la /' se suaviza, como en derivo, dirigo, quare, etc. Pero demos de barato que dejara caer adrede ese despropósito. ¿Es formal y se- ria la crítica que tal hace? Y si no es así, ¿es serio y formal inventar una novela que nadie puede creer? ¿Y cómo ha de poderla creer na- die, cuando intenta probar con la autoridad mi;ma de la Academia que con muchísima ra- zón escribe verbigratia y verbi gratia , que debe escribirse separado ab renuntio, y cuando para reforzar el argumento pregunta á continua-

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ción: «¿por qué no han de ser lo mismo oibin- testato y ab intestato?» ¿No ven aquí nuestros ectores el ensañamiento, premeditación y ale- vosía con que Escalada remachó el disparate? De todos modos , bueno es que alguna prue- ba de arrepentimiento , aunque tardío y ver- gonzante , y tentados estábamos de darle nues- tra enhorabuena, si no fuera porque en su último artículo vuelve á manifestarse impeni- tente y dejado de la mano de Dios, á juzgar por los despropósitos que se ha dejado caer de nuevo, sin duda adrede, y por ver si alguno se los recoge. Para que no vuelva á contarnos otro cuento, y para que, si no ha llegado á perder del todo el buen sentido , recoja velas sin alardes , que más perjudican que abonan su derrota , vamos hoy á hacernos cargo de la mayor parte de ellos, aun á riesgo de exten- dernos demasiado, y retirando el artículo que destinábamos al presente número.

En el último lunes, dice sobre la palabra caramillo: «El chisme, enredo, embuste, que u. m. (úsase más) en las frases armar ó levan- tar, se llama jaramillo en la tierra clásica y jaramietto antiguamente, por más que en el fa- rragoso libro académico no exista ninguno de estos vocablos». ¿Pero qué tierra clásica será esa? ¿Acaso las Batuecas, donde, según es fama, ha fincado Escalada? Porque por aquí

nadie diez jar ami 11 o, y el P. Alonso de Ovalle, en su ya citada Historia del Reyno de Chile, escribe: «El buen hombre, temiendo no le armasen otro caramillo, tuvo por fortuna que le «dejasen ir»; y Santa Teresa, en el Camino de Perfección, XII : «Finalmente pone el demo- nio un caramillo en la lengua de la otra, que ya que acabáis con vos de sufrir, quedáis aún tentada de vanagloria»; y Cervantes, en su Ingenioso Hidalgo, II. -XXV : «levantando cara- millos en el viento y grandes quimeras»; pero ya Juan Fernández dijo, que si la Academia prefirió á la de Escalada la autoridad de Cer- vantes, debió únicamente ser por considerar á éste más entrado en años. Y más adelante aña- de : «También he de decir á los señores que carantamaula por carantuU (sic) ó carátula es una simpleza que nadie dice» ; y aquí ha de pernitirnos el indocto censor, que puesto que, consideradas atentamente sus palabras , no resulta claro si la calificación de simpleza se refi »re sólo á carantamaula ó también á carán- tula y carátula, le digamos que nos hemos en- contrado con que Quevedo, en la Fortuna con Sesc , escribió : «Oíanse las voces como de lo proúndo de una sima, donde yacía con pinta de carantamaula»; y que en las Morales de Plu- tarco, de Diego Gracián , se lee: «Para no ser conDcidos, llevaban cubiertos los rostros con

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unas carátulas de horribles figuras»; y en el Quijote, II.-XI; «Desde muchacho fui aficio- nado á la carátula»; y en la Vida del Escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel : «Sa- lieron por las cuatro esquinas de debajo de la cama, cuatro carátulas de demonios)-); y en la misma Historia de Chile, del P. Ovalle : «Para pasar las Pampas es menester llevar betas, guantes y carátulas muy fuertes , para preser- varse de los tábanos»; y Esquilache, en sus Rimas :

(¡Todo es nada , pedante nieritísimo , Aunque parezca del mayor teólogo Tu venerable calva y tu carátula.»

De modo que, ante la autoridad de Escalada. Quevedo, Cervantes, Espinel, Ovalle y Esqui- lache , ó son unos simples , ó no son nadie. También afirma , bajo la fe de su autoridad indiscutible, que «carao%, caráota, caran^ y carbaso, pertenecen exclusivamente al caudal filológico académico por herencia y donación de Plinio y los venezolanos». Es decir: que estas palabras se usaron en tiempo de Plinio, que no sabemos que hablara castellano , y en Venezuela , que tampoco se descubrió en tiem- po de Plinio, que sepamos; pero, en fin, por de pronto, el Diccionario señala á caraos y carau% (no carao^) como sinónimos y además como anticuados, aunque no tanto que pue-

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an atribuirse á Plinio : sólo caráota figura en la obra académica con el carácter de vocablo venezolano ; pero carbaso no figura como anti- cuado ni como venezolano, sino como palabra mu}' castiza y nada extraña. El Comendador Griego, sobre las 300 de Juan de Mena, dice: «Carbaso es una especie de lino, que fue pri- mero hallada en España, cabe la ciudad de Ta- rragona». Fernando de Herrera, que no era un quídam, sobre la elegía primera de Garci- laso , dice : «Coronábanlos por !a mayor parte con guirnaldas de cañas , y cubiertos hasta el ombligo de un carbaso , que es vestidura ancha y floja, y descubiertos la parte superior del cuerpo»; y Juan de Mena, de quien tampoco consta que fuera venezolano, en la copla 165 :

«Y vi las antenas por medio quebrar, Aunque los carbaso! no desplegaban i ;

y Sánchez de las Brozas , en la anotación de esta copla : «Antena es un largo palo, que hace cruz en el mástil y del que se cuelgan las velas: carbasos se llaman las mismas velae». Y en estaí cuatro autoridades están las tres acepcio- nes que á esta palabra da la Academia, sin herencia ni donación de Plinio ni de los veno- zolanos , como asegura Escalada , sin duda porque dice el Diccionario que, según Plinio, el lino llamado carbaso se halló primeramente en España.

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También dice que embalumban los Académi- cos el Diccionario con palabras como cardu- zador , cardume y cardumen; y aunque esta palabreja embalumbar es de la invención exclu- siva del hablista de los Lunes de «El Imparcial», no sucede lo mismo con cardume y cardumen, que aparecen como anticuadas, y que, por consiguiente, no sobran; y menos carduzador, por cuanto Quevedo dijo :

«Andaba de mosca muerta, Aturdido de facciones , Con sotanilla y manteo El carduzador Onofre.»

Más adelante pregunta el detractor del Dic- cionario: «¿Y quién les habrá dicho á los Aca- démicos que echarse con la carga es enfadarse? Precisamente es todo lo contrario». Así, y sin más pruebas , lo afirma este crítico-filólogo- naturalista , que negó la existencia de la planta aro, como negará , cuando se le antoje , la luz del día. ¿Que quién ha dicho á los Académicos que echarse con la carga es enfadarse (y aban- donarlo todo como dice el Diccionario)? Pues no se lo ha dicho ningún Escalada , sino el mismo Licenciado Francisco de Ubeda , en la Pícara Justina , donde cualquiera puede leer, en la página 142 : «Y si Dios y el Padre no me remedian por otra vía , pienso echarme con la carga». « Pero más es decir , añade el imper-

térrito censor, que la caridad es refresco de vino, pan y queso, ó de otras comidas.... ¡Vaya una manera de refrescar que usan los señe res Académicos ! » Ante todo hay en esto, como en toda la crítica de Escalada , patente mala fe; porque para combatir una definición es preciso copiarla entera, como vamos á ha- cer nosotros. La Academia dice, en la tercera acepción de la palabra caridad, que es «refresco de vino, pan y queso y otras comidas, que en los lugares se da á los concurrentes en las solemnidades de algunos santos por las co- fradías que celebran la fiesta». Expuesta así la definición de esta palabra, es invulnerable, por más que exclame el pobre Zoylo : « ¡Vaya una manera de refrescar que usan los señores Aca- dém eos ! » Exclamación que demuestra su ig- nora ncia respecto á las acepciones de la palabra refresco , una de las cuales , la primera y más cláska, es la de alimento moderado, que se tomí. para fortalecerse y continuar en el traba- jo. "V' por si Escalada no lo sabe, vea la Histo- ria íh Méjico por Gomara, y lea en el cap. n: «Donde se proveyeron de refresco y comida sufic ente á tan largo camino como llevaban»; y er la Crónica de España por Florián de Ocanpo, II. -VII: «En aquel viaje saltaron una vez jn tierra , creyendo poder tomar algún freresco cerca de la parte donde ahora hallamos

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la villa de Almuñécar». Por de pronto, queda sentado lo que es refresco. Ahora vean los lec- tores de El Imparcial, cómo caridad (no la cari- dad; que no dice semejante cosa el Dicciona- rio) es refresco de vino, pan , queso y otras comidas, etc., para lo cual bastará leer en la Nueva Recopilación , I.-X.-IV: «Mandamos que los comisarios de Cruzada ó Composición, ni lleven , ni cobren cosa alguna de lo que en algu- nos lugares ó cofradías gastaren de sus bol- sas en correr toros ó dar caridades». Y si este texto concluyente no bastare, oigan al Maestro D. Manuel de León , que en la tercera jornada de su comedia Las dos estrellas de Francia, dice :

«¿Sabe lo que es caridad? Si . padre; pan , vino y queso.»

¿Vendrá al siguiente lunes Escalada diciendo que todos estos desatinos y otros de que no hacemos mención los dejó caer adrede? Sea como quiera , ahí tienen los lectores de El ha- parcial la ciencia filológica de su ingenioso cola- borador , y eso que no hemos desbrozado del todo el último de sus disparatados exabruptos, porque aun así nos hemos extendido demasia- do; pero todo se andará, Dios mediante. Por hoy nos contentaremos con preguntar : ya que Escalada no lee, ¿con quién habla? ¿En dónde vive?

IV.

a ven nuestros lectores qué mal para- da queda la crítica de Escalada ante la razón , la autoridad , la filología y la lexicografía. No se dirá que no hemos sido ge- nerosos; pudimos haber pedido al crítico de El Impatcial la prueba de sus piramidales asertos; mas como sabemos que ni da peras el olmo, ni ra/.ones Escalada , nos hemos propuesto de- mostrar lo malévolo, absurdo y antirracional de los afirmaciones hechas por el atrevido cense r de la Academia, y probar así una vez más que estamos nosotros tan sobrados de ra- zones como anda escaso de ellas el desventu- rado Zoilo, que al fin llega á confesar por sus pecados, que su empeño no es otro que des- acrec itar el Diccionario de la Academia. La em- presa no será noble ni patriótica . pero tampoco justificada, como ven nuestros lecfores, y co-

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mo, Dios mediante, irán viendo, si, como hasta ahora , no nos falta tiempo ni el humor nos abandona.

Sobre la frase hacerse aire, dice Escalada: «¡Para hacerse aire!.... la frase no puede ser más infeliz ni menos castiza, pues, entendida castellanamente , lo mejor que puede significar es que el abanico sirve para convertirse en aire el que le usa, lo mismo que "hacerse agua" ó "hacerse almíbar", no quiere decir proveerse uno de agua ó de almíbar, sino convertirse en agua ó volverse dulce». ¡ Pero lo que sabe este Escalada! , dirán nuestros lectores. Porque, en verdad , no hay pies ni cabeza en lo que deja- mos copiado. ¿De dónde saca Escalada que no puede ser más infeliz y menos castiza la expre- sión hacerse aire? Porque, en efecto: en el si- glo xvn , época infelicísima para las letras es- pañolas , como que el gran Escalada no había nacido aún , el P. Alonso de Ovalle, en su His- toria del Reyno de Chile, pág. 120, decía: «Y con unos grandes abanicos de pluma se hacen aire», para comprobar sin duda lo infeliz y poco castizo de la frase, que, según Escalada, significa convertirse uno en aire por el uso del abanico.

Pero venga V. acá, deliciosísimo pedagogo; si la citada frase tuviera semejante interpreta- ción , hacerse cargo significará convertirse al-

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guien en un cargo, acusación, etc., hacerse cuesta arriba será convertirse uno en una em- pinad* cuesta: y así, cuando en el Cuento de Cuentos escribió Quevedo : «La pupilera se hacia carne, llorando de ver el murmullo y la tabahola que habían metido en su casa», V. interpretará que la pupilera se convirtió en car- ne; y para V. quedará Sandio convertido en mil cruces, cuando lea en el Quijote : «Llegó San- cho , y como viese el rostro del Bachiller Ca- rrasco, comenzó á hacerse mil cruces, y á san- tiguarse otras tantas». ¿Pues qué hay aquí para que hacerse cargo signifique tomar uno una cosa por su cuenta, y también conocer, entender ó tener por cierta una cosa ; hacerse carne sea consumirse ó deshacerse de pena y sentimiento ; hacerse cuesta arriba una cosa equivalga á hacerla contra el genio, carácter ó costi mbres del agente ; hacerse cruces se in- terprete unas veces no haber comido ó no te- ner qii'i comer, y otras admirarse ó extrañarse cuando se oye alguna cosa rara ó singular? Y, sobre :odo, ¿qué habrá aquí para que hacerse aire vílga tanto como impeler el aire con el abanico para que refresque el rostro? Pues hay una co: a que Escalada ignora : hay que el ha- bla castellana es hija de la latina, no sólo por la deri /ación de un inmenso caudal de sus vo- cablos, sino por el no pequeño de giros y

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construcciones castellanas , que, tomadas del latín, han hecho que sea esencialmente latina nuestra sintaxis: hay, además, el uso de nues- tros escritores clásicos , como lo demuestra el texto del P. Ovalle citado arriba: hay, ade- más, que estos escritores calcaron, por decir- lo así, hasta las formas de su estilo, en las formas del estilo de los clásicos latinos. Y por eso no es de maravillar que el P. Ovalle dije- ra: «con unos grandes abanicos de pluma se hacen aire», dando al verbo hacer forma re- flexiva que mejor debería llamarse media : v no es maravilla que así lo hiciera el escritor citado , porque mucho antes que él había dicho Terencio en su Eunuco, III.-V.-XLVII :

«Cape hoc flabellum : ventulum huic sic facito» ,

donde cualquiera puede ver el origen de la ex- presión hacerse aire ó hacer aire á otro , que nadie interpreta convertirse ó convertir á otro en aire; razón por la cual, el citado verso de Te- rencio se traduce: «Toma este abanico, y haz aire á ésta así».

Si Escalada , que en materias de gramática , filología, lexicografía y literatura, y sobre todo en punto á autoridades, se manifiesta nihilista, fuera por el contrario aficionado á la erudición clásica y procurara estudiar la rela- ción íntima que existe entre la autoridad de

nuestras clásicos y la de los clásicos latinos, á buen seguro que no diría esas cosas estupendas, que sólo puede decir quien no sabe lo que dice. Sólc así se comprende que el ingenioso cola- borador de El Impar cial , en la forma agresiva y poce culta que le es propia , niegue á Abati- do la acepción que muy fundadamente le con- cede la Academia, interpretándolo bajo, ruin, despreciable; porque Escalada no ha leído á Queve .lo, que, en su Vida de Marco Bruto, dice: «Come los viles y abatidos consultasen , que por la muerte de tan grande amigo se hiciesen á los dioses sacrificios públicos, alegrías y fuegos, Foción ásperamente lo estorbó»; ni á Saavec.ra Fajardo, que en sus Empresas Políti- cas escribe : « Un reyno humilde y abatido sirve á la fuerza y desconoce sus obligaciones al Se- ñor natural». Y tan es así, que abatido tiene la significación de bajo , ruin , despreciable , que todavía le sobra lo bastante para dar parte en ella al adverbio derivado abatidamente , puesto que en el Símbolo de la Fe, V. -II. -XXV., escribe Fr. Luí; de Granada, que por lo visto habló tam- bién el castellano de la Academia , «Hacer que los hombres me adoren como á Dios verdadero, aun después que yo fuere abatidamente crucifica- do». Y no es extraño que abatido y abatidamente se user en esta acepción , que toman sin duda alguna del verbo abatir , que, entre otras signi-

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ficaciones, tiene la de humillar, rebajar y envi- lecer, como puede verse en la Vida de Esteba- nillo Gon%ále% , en cuya pág. 342 se lee : «Porque en no remontándose un poeta, sino abatiéndose á escribir con lisura pan por pan y vino por vino , no solamente no era estimado, sino tenían sus versos por versos de ciego». Y el citado P. Ovalle, en su Historia del Rcyno de Chile, pág. 185, dice: «Para obligar más, se abale y humilla, como leemos en algunos ejemplos».

Por este estilo son los mil doscientos reparos que á la fecha asegura Escalada haber puesto al Diccionario de la Academia, y aunque conta- dos los que lleva dados á luz no llegan ni con mucho á la citada cifra , como sean todos , que lo serán, de la calidad de los que llevamos examinados, será preciso convencerse de que sólo este crítico es capaz de decir en el mismo artículo de donde hemos sacado estos gazapos, publicado el lunes 18 de Enero del pasado año: «Abella, abellar, abelkro, abeya y abeyera , son cinco ripios (pero ¡qué afición á los ripios!). tres gallegos y dos asturianos; es decir, cinco artículos que están de sobra , porque esas cinco palabras no son palabras castellanas, distintas de abeja, abejar , etc., sino pronunciaciones de estas palabras en Galicia y Asturias respectiv.i- mente». Dejando á un lado lo de que unas pala-

bras sean pronunciaciones de las mismas aquí ó allá, lo cual prueba que Escalada no sabe cómo se habla de estas materias, que, como las de- más, tienen su especial tecnicismo; dejando á un laco la calificación de si son ó no palabras castellanas las citadas, todo sería verdad, salvo que los anteriores vocablos no son ripios , sal- vo qu; no son gallegos ni asturianos, y salvo que no están de sobra los artículos á ellos de- dicados en el Diccionario ; porque en los Fueros de Angón, folio 106, se lee : «E que los ditos ganados, abellasó vasos metrán ó sacarán del dito Reyno»; y en las Ordenanzas de Abejeros deZaiagoza: «Por beneficio e utilidad de la dicha Contraria Confraires de aquella conser- vador de las abelJas y abellares»; y en otra parte de las mismas Ordenanzas : «La Confraria del glorioso San Juan Baptista clamada de los abelleros de la dita ciudad»; y en el Fuero Ju^go: «Y si algún home faz abeyera de abeyas en Vila ó en Cibdad». De donde lógicamente se infiere que el crítico de los ripios, ó ignoraba la exis- tencia de estas autoridades, ó cree que Aragón y Casi illa son lo mismo que Galicia y Asturias. Otra cosa podrá ver en esto todo el que no sea ciego, y es que el detractor de la Academia sabrá ooco ó no sabrá una palabra; pero que mala íe tiene de sobra para ejercer esa crítica maldiciente, que ha escandalizado á los aman-

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tes de nuestra honra literaria; porque han de saber nuestros lectores que la Academia in- cluye en su excelente Diccionario las palabras abella, abellar , abellera, abeya y abeyera , con la nota de anticuadas; lo cual, después de tener en cuenta las autoridades referidas , prueba una vez más, y por concluyente manera, que la ilustre Corporación sabe cómo deben hacerse los diccionarios , y que lo ignora por completo el Zoylo indocto , cuya ciencia ha demostrado Juan Fernández que está muy por bajo de la del más adocenado estudiante.

V.

stÁ visto queEscaladanoescarmienta. Nuestro empeño de traerle á buen ca- mino, resulta completamente estéril, y eso que algo hemos conseguido de él, pues en su último artículo , publicado en El Imparcial el lunes 17 del corriente, cita ya á La Picara Justina , donde dice , y es verdad , que se lee el adjetivo carrancudo. Como ven nuestros lecto- res, hemos conseguido atraerle hacia los li- broí , y que , siquiera por un momento , les perc iera el miedo que les tiene ; pero aparte de esta pequeña muestra de enmienda que nos da , ¡ qué de cosas dice en el artículo citado ! Cosas tales, que, como en otra ocasión hici- mos , nos obligan á retirar el artículo que para hoy teníamos preparado , y á decir cuatro pa- labras sobre la segunda parte de la sesión acá-

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démica imaginada por el famoso Zoylo , que, no contento con ejercer la crítica del modo que todos sabemos, parece que también siente conatos de meterse á novelista. Y por cierto que jamás como en esta ocasión pudo decirse con mayor motivo aquello de que nunca se- gundas partes fueron buenas; pues, tratándose de Escalada, si mala fué la primera, resulta detestable la segunda.

Empecemos por cualquier parte. Según Es- calada, carnecería es una tontería, y hasta cree, al parecer, que no debe decirse carnecería por lo mismo que no se dice chori^oría , salchicho- ría, ceraría, abanicoría y libroria; y piensa así el inexperto filólogo , porque no sabe que en la derivación castellana las vocales ayo finales se convierten por atenuación en e, como de guarda, guardería, de arma armería, de huevo huevería, de bobo bobería; pero la e se con- serva sin atenuación, como de leche lechería , de bonete bonetería, de sastre sastrería. En carnecería ó carnicería hay otra cosa que Escalada tam- poco sabe, y que por no alargarnos hoy un poco más, no diremos aquí. Por lo demás, la Academia no hace en su Diccionario otra cosa que consignar que carnecería es anticuado y equivalente á carnicería. Si es ó no así, con- testen por nosotros Fr. Pedro de Alcalá , que la admite en su Vocabulista arábigo , y Pérez de

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Traducción de las epístolas de Séneca, folio 54, dice: «Pregunta á ti mis- mo si Dios te diesse á escoger que tu pudiesses de estas dos cosas haber la una : ó vivir en la carnearía y en la cocina ó en la hueste en ac- tos de armas, cuál farías antes». Pero sobre todo, y ya que á cada momento está Escalada invocando el testimonio verdaderamente anó- nimo de León y Castilla para justificar los dis- parates que él inventa, vea cómo le desmien- ten respecto á carnecería nada menos que las Ordenanzas para el gobierno de esta muy noble y muy leal ciudad de León.. . . hechas por los Seño- res Justicia y Regimiento della. Confirmadas por la Majestad del señor Emperador Carlos V , y en las ;uales se lee: « Los fieles (almotacenes) asistar en las carncccrías mientras la carne se pesaren. Ahí tienen los lectores de Escalada una prueba incontestable del crédito que sus afir- maciones merecen, y de lo enterado que está decóiro se habla aun en León , donde parece que aprendió el castellano, ó se lo enseñaron por lo menos.

Déjenos el carnereamiento, porque, gracias á la forria dialogada en que presenta sus dos último; artículos, no podemos inferir si lo ad- mite ó lo rechaza , y aun pensamos, quizá no sin fundamento, que el diálogo no tiene otro fin qu<: evitar los inconvenientes que llevan

I

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siempre consigo las afirmaciones terminantes y concretas.

Respecto á carnerear, ya es otra cosa: lean nuestros lectores el diálogo en que el colabora- dor ingenioso (de El Imparcial) descubre su atre- vido pensamiento.

«El Secretario: Carnerear. Llevar la pena de los carneros que entran en alguna parte á hacer daño.»

«Fausto ViüabrilU (correspondiente): hom- bre, carnerear es hacer el carnero, altercar sin razón, porfiar neciamente, hacer tonterías, á lo menos en León...,» (Ya pareció León.)

«Núñe% de Arce: sí, es verdad, y en tie- rra de Toro.»

—«Tejado: Y en Extremadura,» etc. De donde se infiere, que, según Escalada, carnerear significa hacer el carnero, altercar sin razón , porfiar neciamente, hacer tonterías, y que significa esto en León (sobre todo León), en tierra de Toro y en Extremadura y en todo el mundo. En todo el mundo , menos en las Ordenanzas de la ciudad de Tara^ona, en cuya página 39 se lee : «Y asimismo estatuymos y ordenamos que, aunque en cada rebaño no vayan sino veinte reses, se pueden carnerear y llevar las penas arriba dichas». ¿Quién se atre- verá á interpretar que aquí carnerear significa todas esas cosas que Escalada dice? Y nótese

que con esta autoridad echamos abajo dos afir- maciones de Escalada: una, la significación que ól atribuye á carnerear ; otra , la denuncia ó cosa así que hace de la frase llevar las penas, subrayando dos veces la primera palabra, como para indicar la sorpresa que le produce semejante frase, que para él no existe, por lo visto, y por eso, sin duda, subraya malicio- sicamente la palabra llevar.

Pe:*o siguiendo más adelante , hallamos que Escalada continua su insubstancial y desma- yado diálogo en esta forma :

<El Secretario (leyendo): Carnero: m. Lu- gar donde se echan los cuerpos de los difun- tos.»

« Vittabrille : Señores: quiten Vds. esa acepción ó pónganla siquiera una nota de an- ticuada ó de provincial, si es que es provin- cial de alguna parte.»

Es decir, que, según Escalada, carnero en la acepción de osario, sepulcro, etc., debe ex- cluirse del Diccionario. De distinto modo opi- nan, ijntre otros, Salazar y Castro, que en sus Prueb is de la Historia de la Casa de Lar a , en el testamento de D. Juan Manrique de Lara, dice: «Manióse sepultar en la capilla de San Juan, del monasterio de Nájera...., para hacer en ella un arco y carnero donde estuviesen sus güesos y los ie Doña Catalina de Orduño, su mujer»;

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y el P. Sigüenza, que, en su Historia de la Orden de San Jerónimo , m, u, xxv, escribe: aHoy en día, después de quince años que ha que está en el carnero , donde ponen los difuntos de aquel convento , se ve entero» ; y Pedro Malón de Chaide , que , en la Conversión de la Magda- lena, dice: a¿No leemos de algunos que, tenién- dolos por muertos . los han enterrado vivos en carneros?» ¿Querrá decirnos Escalada, en vista de estas autoridades, de qué parte será provincial , ó si es anticuada esta acepción de la palabra carnero , ó si debe quitarse del Dic- cionario por no haber existido nunca?

Déjese el indocto censor de criticar defini- ciones como la de «Carpeño, ña: adj. Natural del Carpió»; que si son varias las villas, pue- blos y lugares que así se llaman , el sentido general en que la definición está redactada, á todos los comprende, y para eso suelen todos los Diccionarios dar á definiciones de esa índo- le ese carácter y sentido general. Porque en- tonces, ¿en qué quedamos? ¿No llama Escala- da farragoso libro académico al Diccionario, porque contiene palabras y acepciones cuyo carácter castizo y uso autorizado hemos pues- to ante sus ojos? ¿Cómo ahora encuentra defi- ciente el mismo libro , porque no desciende á innecesarios pormenores?

íbamos á concluir, olvidándonos de la pala

bra carlanca, de la cual dice Escalada estas substanciosísimas palabras:

«Diálogo entre el León y el Castillo (ya sa- lieron León y Castilla) de las armas de España que presiden aquello.» (Aquello es la imagi- naria discusión que , según Escalada , sostienen los académicos sobre el vocablo carlanca.)

«En mi reino se dice car ranea » (dice el León enfurecido). Y el Castillo contesta con pachorra:

«Y en el mío también, y es mucho más fácil ce pronunciar.»

«Y hay autoridades confirmatorias tan irrefagables como la de La Pícara Justina, donde se lee carrancudo.»

¿Le ven Vds., y qué erudito se va volviendo? Ya nc es sólo León y Castilla , es, además , La Picar ¿ Justina quien confirma las palabras de Escahda ; y esto ya es algo, aunque poco, muy ooco ; lo primero, porque carrancudo no es carlanca, y segundo, porque carrancudo no es palabra de las que constituyen, por decirio así, e! nervio del idioma, sino que ha sido ca- prichosamente formada por gracejo. No es, por consiguiente , un vocablo clásico en la ri- gurosa acepción de esta palabra. Pero, en fin, no qu temos á Escalada el mérito de probar, por medio del vocablo carrancudo, la existencia de la palabra carranca. Nosotros vamos á pro-

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barle, no con derivaciones formadas más ó menos caprichosamente , sino con la autoridad de escritores de todas las épocas de nuestra li- teratura , que esa palabra carlanca , que recha- zan el León y el Castillo de Escalada , la admi- ten la Pragmática de tassas del año 1680, donde se lee: aCada par de carlancas»; Cervantes, que, en su Coloquio de Cipión y Bergan^a, escribe: «Me puso luego al cuello unas carlancas llenas de puntas de acero», y Fernández de Avellane- da en su Quijote, cap. XXXIII : «¿No me dirá á qué fin trae esas carlancas al cuello, que no parece sino que las traen los mastines de los pastores de mi tierra?»; y el P. Ovalle, en su Historia del Reyno de Chile, página 363: «De no- che les ponen carlancas en el pescuezo»; y Lope de Vega, en el El mejor alcalde el rey, I. -VI.,

«Al sabueso con el diente suelen abrir la carlanca »;

y en El hombre de bien, I.-X.,

«No yo qué carlanca de lebrel pueda comparar con él » ;

y en Castelvines y Monteses. I. -I.,

«No hay hombre que sin carlanca traiga su alano valiente » ;

y en i\ auto sacramental Pastor, lobo y cabana celestial, I.,

* Sus mejores ganados , sus corderas más blancas les quito , y á pesar de sus mastines; porque suelo á bocados deshacer sus carlancas»;

y Burguillos en uno de sus sonetos :

« Un lebrel irlandés de hermoso talle , bayo , entre negro de la frente al anca, labrada en bronce y ante la carlanca, pasaba por el margen de una calle » ;

y Matos Fragoso , en El sabio en su retiro y vi- llano m su rincón , jornada III.,

i ¿ Es golilla ó pie de amigo Esto que me han puesto al cuello ? No es sino carlanca , insignia De darte un famoso perro » ;

y D. (osé Iglesias de la Casa, en su Égloga VIII, en alabanza de la vida del campo,

«Y sin carlancas sueltos mis mastines júbilo muestren»;

y Juai Pablo Forner, en su Epitafio burlesco, epigrama LXII.,

a Sus dientes y carlancas Fueron defensa al tímido rebaño» ;

43 y Arriaza en La Fábula de las fábulas,

«A , alano , á pesar de tus carlancas , Y , perdiguero , á ti con tanto olfato».

Y ahora bien. ¿Se dice ó no carlanca? ¿Les parece á los lectores de El Imparcial que la au- toridad de Cervantes , Avellaneda , Ovalle, Lope, Burguillos, Matos Fragoso, Iglesias, Forner y Arriaza, no es una buena carlanca bas- tante fuerte y poderosa para defender al Dic- cionario Académico contra la ignorancia im- pertinente de Escalada?

VI.

i ejemos el abinüio, el db intestato y el

Á verbigracia, porque cualquiera que lea f| lo que sobre ellos dice Escalada , com- prende sin esfuerzo que no está muy al tanto de estas cosas el destemplado crítico , que el lunes 25 de Enero de 1886, en El Impar cial, nos dice qu; abigarrar «no viene del latín variegare, sino de cualquiera otra palabra en que entre el bis latino ó el bi vascongado». Fíjense bien nuestros lectores en las palabras que acabamos de copiar, y que son, como del crítico famo- so, una lección tan disparatada como todas las que pretende dar á la Academia , y declá- rennos :on franqueza qué dirían ó qué pensa- rían del Diccionario en que encontrasen un articule encabezado con estaspalabras: «Abiga-

4

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rrar: a. (De cualquier palabra en que entre el bis latino ó el bi vascongado.)» Sospecha- mos que lo menos que podían pensar es que semejante Diccionario se había cocido en la mollera de Escalada , porque sólo él es capaz de descubrir semejantes etimologías. Pues es lo cierto que , siendo muy pocas las palabras castellanas cuyo origen puede explicarse por el vascuence , no es cosa de acudir á él para la etimología de un vocablo cuyo origen latino sólo puede ofrecer duda á quien no entienda palabra de estas cosas; porque si considera- mos que abigarrar significa dar ó poner á una cosa varios colores sin unión , orden ni armo- nía , que es lo mismo que significa el verbo variegare , equivalente á varium agere , hallare- mos que con la anteposición del prefijo a, partiendo de la forma avariegare, y en virtud de metamorfosis naturales , y de todos cono- cidas , por apócope, metátesis y refuerzo, que no se hace preciso explicar aquí, pasando por la forma abariegar se llegó á abigarrar , sin que sea admisible la suposición de que el bis lati- no , que significa dos veces , entre en la compo- sición de una palabra que expresa la idea de dar á una cosa ó revestirla de variedad de co- lores sin orden , armonía ni concierto ; es de- cir, una palabra que encierra el doble concepto de variedad en los colores y modo de com-

binarlos; idea, en fin, sin limitación ni deter- minaron alguna, y en cuya formación , á los ojos del más ciego en estas materias, no pue- de admitirse como componente la idea de li- mitación tan clara y concreta expresada por la partícula bis.

No nos admira , sin embargo , que ponga tan ce relieve su ignorancia el desdichado Zoylo con estas etimologías trasnochadas y de su peculiar invención; lo que verdadera- mente sorprenderá á nuestros lectores es que un poco más adelante, y con asombrosa fres- cura, nos diga: que «no hubiera dejado de ad- vertir á los señores que. abigotado , á más de estar ie sobra , no es el que tiene bigote, que éste e:; bigotudo , sino lo que se parece al bi- gote». Este disparate, que no es bigotudo ni abigotado, es en cambio morrocotudo: es decir, todo un señor disparate, de esos que nuestro hombre deja caer adrede , porque se conocs que adrede ha dejado de estudiar estas cosas para hablar luego de ellas ignorándolas adrede, y reirse de sus lectores. Si así no fue- ra, ¿ignoraría que en El Gran Tacaño, XVI, dijo Cuevedo: «Había en el calabozo un mozo tuerto , alto , abigotado , mohíno de cara » ? Ahora bien: ¿puede sostenerse ante esta auto- ridad que abigotado sobre en el Diccionario , y que s gnifique lo que se parece al bigote? ¿Se

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van enterando nuestros lectores de lo que sig- nifican y valen las afirmaciones de ese crítico que tanto escándalo ha movido en El Imparcial? Pues no acaben de asombrarse, y oigan al pro- pio crítico, que en el mismo número nos dice: «No existen las frases beber las acciones ni beber los acentos; sólo existe la de beber los vientos, lo cual creo deber advertir á los señores, para que lo enmienden en adelante». Modestia en- cantadora , que nos obliga á poner de mani- fiesto por la centésima vez la sabiduría de este famoso crítico. ¿Conque sólo existe la frase beber los vientos? Pues aprenda Escalada todo lo que se bebe en la fecunda tierra de nuestros clásicos: Se bebe la sangre, y así, en El apre- cio de la gracia , IV. -II. , dice el P. Nieremberg: «Procurando beberías la sangre y deseando ver- los rabiar». Y Santa Teresa, en el Camino de perfección, XXXVIII: «Sino que nos andan be- biendo la sangre y acabando las virtudes». Se bebe la doctrina , y así dice la Madre María de Jesús de Agreda en su Mística ciudad de Dios : «Mucho cursaron los Apóstoles y discípulos en ia escuela de Cristo nuestro bien , y bebieron la doctrina de la perfección en su misma fuente». Se bebe á alguno el espíritu , y por eso en el prefacio de la Apología de Tertuliano, dice don Fr. Pedro Mañero : «Imposible asunto beberle á Tertuliano el espíritus. Se beben los semblan-

tes y las sospechas, razón por la cual en sus Panegíricos dijo Fr. Hortensio Paravicino: «Ya bebiéndoles los semblantes, y ya las sospechas de ellosx . Se beben las palabras , como se prueba con aquellos versos de Góngora:

«Lirones siempre de Febo, Si de Diana , lechuzos , Se bebían las palabras En el polvo del conducto».

Se beben las lágrimas, pues el mismo Gón- gora dice :

«Y los troncos las lágrimas se beben».

Y en sentido figurado, hasta las camisas, ó sea valor, puesto que el maestro D. Manuel de León, en la página 181 de sus obras poéti- cas, íscribe :

«En la taberna se deja Dos camisas empeñadas , Que se las pueden beber Sin ser delgadas».

Y íasta se puede, y esto que es maravilla que r o lo sepa Escalada , beber el freno, puesto que por algo dijo Juan Suárez de Peralta en su Trati'do de la jineta y brida : «Los caballos que suben el freno y le beben y estiran de él, es vi- cio malísimo»; y en otra parte: «Y asimismo

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se aprovecha de ella (de la lengua) para subir el freno y bebelle». Ya ve Escalada que hay más frases que la de beber los vientos, supuesto que hemos demostrado que existen las de beber la sangre , beber la doctrina , beber el espíritu, be- ber los semblantes , beber las sospechas , beber las palabras , beber las lágrimas , y hasta beber el freno. Respecto á beber las acciones y los acentos , frases que , según Escalada , no exis- ten , haremos constar que en el Diccionario español-latino de D. Manuel de Valbuena , París, :86o, en el artículo beber, se halla, entre otras frases, beber las palabras, acentos y acciones de otro , y la traduce loquentis verba , gestas , oculis haurire, frase ó modo de hablar, cuyo modelo vio indudablemente el docto académico en aquellas palabras de la Eneida, IV.-CCCLIX: «Vocemque bis auribus hausi», y en aquellas otras del mismo poema , XII-XXVI : « Simul hoc animo hauri», y aun también en aquellas de Tito Livio, XXVII. -LI: «Oculis aur ¡busque haurire tantum gaudium cupientes», ó en aquellas otras de Valerio Flaco, I.-CCLXII: «Stupetin ducibus ma- gnumque sonantes baurit», ó en cualquiera délas muchas frases en que los clásicos latinos dieron á los nuestros el molde perfecto y acabado, en que vaciaron la castiza expresión de sus pen- samientos el P. Nieremberg , Santa Teresa , la Madre Agreda, Fr. Hortensio Paravicino, y

cuantos en mayor ó menor escala perfeccio- naron y enriquecieron con sus obras el habla de Castilla.

Ahora bien: ¿qué queda de todo aquello que, en un arrebato de prosaico lirismo, nos dice Escalada:

«No existen las frases Beber las ac Ni beber los acentos ; Sólo existe la De beber los vientos :

'ues queda la colosal frescura de este crítico, cuya ignorancia corre parejas con su atrevi- miento ; queda además esa presunción que le hace considerarse superior á todo el mundo, sin asomo de razón que lo disculpe ; y queda , por últimD, esa malevolencia incomprensible que le hace decir que se propone desacreditar el Diccicnario de la Academia, que , según venimos demostrando, es el mejor de cuantos se han publicado hasta hoy en España. ¿Son éstas las condiciones que deben resplandecer en la crí- tica, Dará que sea atendida y respetada? Con- teste oor nosotros el buen sentido y la impar- cialidid de nuestros benévolos lectores.

VII.

ara que vean nuestros lectores cómo escribe el indocto censor de la Acade- 13 mia , y á qué altura se encuentra en materias de gramática, vamos á citar unas pa- labras suyas, que en verso y todo, y parodiando al autor de las Doloras, como él dice, copiamos á continuación :

¿ Qué dirás que es academia ? ¿Qué dirás

lector de mi alma?

»Pues Academia es 'f. (femenino) lugar ó si- tio aneno'.... ¡Vaya si lo es, aunque sea mala concordancia!»

En las palabras que acabamos de copiar, puede entenderse una de dos cosas:

i." Que «Academia: f.» (femenino) es mala concordancia.

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2.a Que la mala concordancia está en las palabras «lugar ó sitio ameno».

En el primer caso, Escalada no sabe que an- tes de la palabrafenwúno se sobreentiende nom- bre, y que, por tanto, la idea que aquel adjetivo representa, no se refiere á la entidad Academia, sino al valor gramatical de este vocablo.

No saber esto es una ignorancia inverosímil.

En el segundo caso, Escalada ha cometido, quizá adrede , una de esas garrafales que , con toda la intención que cabe en el error invenci- ble, suelta á cada momento , sin encomendarse á Dios ni al diablo; porque, ó las citadas pala- bras nada significan, ó quiere decir su autor con ellas que, para hacer una concordancia á toda ley , debió escribir la Academia «lugar ó sitio amena». Elijan nuestros lectores lo que más en gana les viniere, para justificar el sentido del texto que citamos.

Ahora bien : después de soltar este petardo, entra el Zoylo ignaro á criticar la definición de la Academia, y, con aterradora impavidez y en tono magistral y dogmático , añade : «Pero la definición sigue diciendo: ' Lugar ó sitio ameno en uno de los arrabales de Atenas, donde Pla- tón y otros filósofos enseñaban la filosofía'. Todo lo cual, y mucho más que sigue, podrá servir para explicar el origen de la palabra ó de la cosa, pero no para dar idea de lo que

hoy se entiende por Academia, que era, sin duda, lo más importante». Estas palabras, que al pie de la letra copiamos del periódico El bnparciil, dan la medida exacta de lo que sabe nuestro lexicógrafo, que ignoraba, por lo vis- to , que existiera en el mundo semejante género de estudios , hasta que se vio por sus pecados metido en su crítica con el agua al cuello y tarquín un poco más abajo. En primer lugar, el origen de la palabra no se fija por las acep- ciones diversas que puede tener, y á las cua- les se refiere indudablemente Escalada con las palabras «todo lo cual y mucho más que si- gue». E-l origen de la palabra se fija con la eti- mología griega que el artículo citado encie- rra en (1 correspondiente paréntesis. Las dis- tintas a;epciones, que vienen después, sirven para explicar, no el origen de la palabra , sino las transformaciones que con el tiempo ha in- troducido el uso en la significación del voca- blo ; y esas acepciones están colocadas en el orden íistórico que les corresponde, y por eso no se ha puesto sin duda la primera , esa que tarto preocupa á Escalada, porque lo pri- mero que se llamó Academia fué el jardín de Academo , donde Platón enseñaba su filosofía; despué; recibió el mismo nombre la escuela fundada por el gran filósofo. Más tarde, los latinos dieron por extensión este nombre á la

6o

escuela en donde se enseñaban con toda la am- plitud posible las ciencias ; y de aquí vino que nuestras Universidades se llamaran Academias, y así la famosa de Alcalá se llamaba Academia Complutense, y de la insigne Universidad de Salamanca dijo ya Lope en su Circe :

«Os dio por tanto lustre agradecida Del Tormes la Academia generosa.»

Hasta más adelante no vino el llamarse Aca- demia la Sociedad de personas literatas ó facul- tativas , establecida con autoridad pública para el adelantamiento de las ciencias, buenas le- tras, artes, etc. De suerte que el disparate hubiera sido colocar la primera una acepción que, por el tiempo en que aparece y por la dis- tancia á que se encuentra de la primitiva, no debe ocupar en el artículo otro sitio que el que ocupa. Por lo demás, sólo para quienes, como Escalada , ignoren la forma y modo de colocar en un artículo las acepciones del vocablo que lo encabeza , podrá ser verdad aquello de que «todo lo cual y mucho más que sigue, no po- drá servir para dar idea de lo que hoy se en- tiende por Academias. Los que conozcan las leyes á que ha de someterse este género de trabajos, comprenderán de sobra que el artículo de que se trata , como todos los que contiene el excelente Diccionario académico, está es-

rigor lógico y una escrupulosi- dad histórica muy evidentes, , pero que no puede i estar al menguado alcance de lexicó- grafos y filólogos que preguntan en letras de molde quién es Federico Diez.

Pero no es sólo en la lógica lexicográfica donde brilla la ciencia de Escalada ; es también en la sinonimia castellana donde se atreve á penetrar , tan á ciegas y dejado de la mano de Dios, que da lástima verle. Quien lo dude, lea estas palabras suyas, en que suelta , no sabe- mos s también adrede, porque hasta ahora no lo ha dicho que sepamos , una verdadera es- puerta de desatinos, que, trasladada aquí á la letra , dice así : «Por último , adorar , señores académicos, no es reverenciar, ni besar la mano al Pa£a, á quien , para inteligencia de Vds., no se le suele besar la mano , sino el pie; ni reve- rencia es lo mismo que respeto, ni respeto es lo mismo que acatamiento , porque acatar, aunque Vds. r o lo digan , se parece mucho más á obe- decer-».

Para deshacer este enredijo, hay que tener en cuente que la Academia no dice que adorar es reverá ciar , sino «reverenciar con sumo honor y respeto á un ser, considerándole como cosa superior y divina» ; y por eso, sin duda, en el Valerio de las Historias, IX.-III.-II. , se lee: «El Dios ce Elias es Dios de Israel , y adoráronle»;

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y en la Historia de Nueva España , por Solís, III. -II. : «Con igual obligación de adorar y reco- nocer á nuestra primera causa». Respecto á lo de que «adorar no es besar la mano al Papa», como ha dicho que no se le suele besar la mano sino el pie, y al menos parece que no niega que se le besa la mano , nos contentaremos con citar aquí la autoridad de Mariana , que en su Historia de España, XXI. -XIV. , dice: «En el Concilio Basiliense, últimamente condenaron al Papa Eugenio, y adoraron á Amadeo, á cinco de Noviembre, con nombre de Félix quinto». Tampoco dice la Academia que reverencia sea lo mismo que respeto, sino «respeto ó vene- ración que tiene una persona á otra» ; y así debió entenderlo quien en la Nueva Recopila- ción, I. -II. -IV., escribió: «Yque las iglesias sean tratadas con gran reverencia, porque son casas diputadas para la oración y servicio de Dios» ; y Ambrosio de Morales, VIII. -XV.: «Añadió también Sertorio grandes mañas, que con su severidad y mesura hacía pareciesen dignas de mucha reverencia y). Ni dice tampoco la Aca- demia que respeto es lo mismo que acatamiento, sino que es «miramiento , veneración , acata- miento (sin lo mismo), que se hace á uno»; y que así es, puede verse en las obras de Am- brosio de Morales, VIII. -VIII., que dice : «Para que todos le tuviesen el respeto y acatamiento

izóles á tratar con alguna aspe- y por eso mismo la Academia no ha dicho que acatamiento sea respeto , venera- ción, etc., sino «la acción y efecto de acatar». Así como acatar lo define en la primera acep- ción , venerar, respetar, en contra de lo cual afirma Escalada que se parece mucho más á obe- decer. Y, efectivamente, aunque lo de que se parece mucho más á obedecer es muy elástico y nada propio de la precisión y exactitud que debe dominar en el lenguaje cuando de estas materias se trata, vamos á demostrar que, con efecto, acatar y obedecer no se parecen, como no sea mirados tan de lejos como está Escalada de la ciencia filológica. En primer lugar, son palabras de distinto origen : acatar es un com- puesto de a y catar, que procede del bajo latín captare , mirar atentamente , de donde le vino la significación de respetar ó venerar, por la atención que el que venera ó respeta pone en no ofender, aun por descuido, al objeto respe- tado ó venerado. Obedecer, procede del latino obedire por obaudire, compuesto de la prepo- sición ob y anuo, obedecer ; y de aquí que obedecer sea cumplir la voluntad de quien manda. De modo que, lejos de parecerse, se diferencian en que acatar es venerar y respetar, y, por tanto, y como consecuencia de la vene- ración y respeto, obedecer; y obedecer es cum-

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plir lo que ordena el que manda, respétesele ó no. La idea de acatar es más general y de ma- yor extensión ; obedecer representa una idea menos general y extensa : el que acata, obe- dece siempre ; el que obedece, no siempre aca- ta , como ocurre cuando cede á la fuerza mate- rial ó á la presión de. las circunstancias. Las siguientes autoridades pondrán más en claro esta doctrina: Juan de Mena, en la copla 257, dice :

«A su señor propio no viene acatando»;

en donde se interpreta que no sólo no obedece, sino que el que tal hace , no tiene hacia su pro- pio señor veneración ni respeto. En la Crónica General, 111. -II. , se lee: «Y que les enviase un rey á quien acatasen»: es decir, un rey á quien tuviesen veneración y respeto suficientes para cumplir su voluntad ú obedecerle. Todavía se ve más claramente esta diferencia en el deri- vado acatamiento. Dice el Comendador Griego, Sobre las trescientas de Juan de Mena : « Las estatuas de los Dioses Troyanos las llevaron á Roma, y los romanos las tuvieron en mucho acatamiento» , es decir, en gran veneración, y Fr. Luis de Granada, en la Escala espiritual : «Poderle hablar con el acatamiento (es decir, respeto) y reverencia que se le debe». L mismo confirma el uso que del participio

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lado hace Juan de Mena en la copla 10, donde dice :

«Más bien acatada tu varia mudanza Por ley te gobiernas maguer discrepante » ;

donde acatada vale tanto como respetada. Y en las Partidas, I. -I. -IV. : «Complidas decimos que deben ser las leyes e muy cuidadas e muy acatadas», donde cualquiera comprende que el legislador no se contenta con que las leyes sean cumplidas, es decir, obedecidas; sino que exige además que este cumplimiento nazca de la veneración y respeto que deben inspirar á los que han de obedecerlas. Respecto á obe- decer, está tan lejos de significar la idea de ve- neración ó respeto, que D. Antonio de Fuenma- yor, ea su Vida de San Pío V, escribió : « Pero un ánimo altivo y para mandar, pasa délos límites de buen subdito cuando ha de obede- cer»; es decir, que el ánimo altivo, el ánimo que mira á los demás, no con el debido respe- to y consideración, sino como Escalada mira á los que saben más que él , con desprecio, puede obedecer. Pero todavía resalta más la diferencia que entre acatar y obedecer hemos notado , en aquellas palabras de Antonio de Herrera, que en su Historia General de las In- dias, IY.-VI.-V. , escribe : « Desde allí corría la tierra ; y los indios , por no obedecerle, se retí-

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raban » ; es decir , que los indios , por lo mis- mo que no sentían respeto ni veneración , se retiraban para no verse obligados á cumplir por la fuerza una voluntad que no respetaban ó acataban.

¿Después de esto, se atreverá á sostener Es- calada que acatar se parece más á obedecer? ¿Se van enterando ya los lectores de El Impar- tió! de que por el sistema de Escalada no es difícil ostentar el ingenio de que alardea el inge- nioso colaborador filólogo, lexicógrafo, natu- ralista, etc., etc., que así ignora el origen y acepciones de las palabras castellanas, como los nombres y hasta la existencia de las plan- tas más vulgares y conocidas?

VIII.

n un periódico, de cuyo nombre no hay por qué acordarse , leemos lo siguien- te: «Aun cuando El Imparcial, fiel á sus tradiciones deparcialidad liberal, se ha rendido á discreción á la Academia, según nuestras no- ticias, negando el campo á nuestro amigo para seguir desmenuzando la pandorga académica, creemos que el Sr. Valbuena seguirá criticando al Diccionario en la misma forma que hasta aquí, valiéndose de algún periódico que no sea accesible á los asaltos de la opulenta corpora- ción».

Las anteriores líneas se publicaban el día de Año Nuevo : de entonces acá El Imparcial ha dado á luz tres artículos de Escalada. ¿Sabe El Impar c;ál quién es el autor de estos lamentos? Nosotros lo ignoramos; pero quizá pueda cer- ciorarla ese Sr. Valbuena de quien se habla en

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el suelto copiado arriba, ó si no, el mismo Es- calada, que, según dicen, tiene mucha mano en el periódico no citado. Pero, en fin, sea quienquiera el autor, á nosotros nos tiene sin cuidado, y nos contentamos solamente con ha- cer constar que así paga el demonio á quien le sirve. Hecho esto, entremos en materia.

El lunes, i.° de Febrero de 1886, estampaba en El Imparcial su ingenioso y agradecido cola- borador, estas palabras: «La cual (la Aca- demia) sigue diciendo que acogollar es 'cubrir las plantas delicadas con esteras , tablas ó vi- drios' ; que la etimología de adelante es de a y delante ( ¡ qué saber ! ); que el aderezo es un jtie- go; que adobe es un 'ladrillo que se usa sin co- cer'», etc., etc. ¿No es esto, preguntamos nos- otros , un juego, y muy cabal ciertamente, de despropósitos inverosímiles? Admírase Esca- lada de que en el Diccionario se diga que ade- lante se compone de a y delante. ¿Y qué vamos á hacerle si es así? ¿O es que le pareció que por ser tan evidente y clara no debió incluirse en la obra académica semejante etimología? ¿Pero entonces, no hubiera venido el avina- grado crítico asombrándose de que los aca- démicos no supieran cosas tan elementales y sencillas? En fin , dejémoslo ; consignemos so- lamente el hecho como muestra elocuentísima de lo que sería un Diccionario á lo Escalada.

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Según él , dice la Academia que «acogollar es cubrí - las plantas delicadas con esteras , tablas ó vidrios», aunque la Academia añade 'para defenderlas de los hielos ó lluvias', y esto que el crí:ico infeliz considera un disparate colosal, le pareció á D. Manuel de Balbuena que debía decir;;e en latín Plantaría cooperire, es decir, que significaba , como dice la Academia , cubrir las plantas con los medios apropiados para defen- derlas de la intemperie.

Tampoco dice el Diccionario que el aderezo es xxnjuigo; lo que dice, y por cierto en la cuarta acepción de esta palabra, esqucadere^o significa, «juego de varias joyas más ó menos ricas con que S2 adornan las mujeres, y que se compone, por lo común, de collar .pendientes y manillas ó pulseras». Expuesta así la definición , y no como Escalada la presenta , partida por la mi- tad, nada tiene de censurable, y menos de risi- ble. Como parece que lo del juego es el argu- mento Aquiles que contra la cuarta acepción de aderezo lanza el pedante crítico , resulta que si nos enpeñamos en librarle de la acusación de mala fe por truncar tan sin conciencia defi- nición tan completa y exacta, hemos de ver- nos obligados á afirmar y demostrar, según nuestra costumbre , que Escalada no sabe que juego entre otras acepciones , tiene la de con- junto de varias cosas relacionadas entre y

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que sirven todas para un determinado objeto; y así en el lenguaje familiar y corriente sabe todo el mundo , menos Escalada , lo que es un juego de café , por ejemplo ; y también debía entender algo de esto D. Antonio Palomino, cuando en su obra titulada Vidas de Pintores, es- cribió: «Hizo Lucas de orden de Su Majestad un juego de láminas admirable». ¿Qué hay, pues , de absurdo en llamar juego al conjunto de joyas más ó menos ricas, que tienen como objeto determinado el que con ellas se engala- nen ó aderecen las mujeres, pues que en la pá- gina 89 de su Adviento y Cuaresma, dijo de ellas Fr. Hortensio Paravicino: «Que para adere- zarse y adobarse no les falta tiempo » ? Cierta- mente que no aparece el absurdo, y menos si se tiene en cuenta que también se llama aderezo al juego ó conjunto de objetos que constituyen los arreos de un caballo, y, en general, á la colección ó juego de cualesquiera objetos ó piezas, que, relacionados entre sí, se destinan á un fin determinado: y por eso dijo Espinel en su Escudero Marcos de Obregón , página 79: «Vi que unos gitanos estaban vendiendo un macho, muy hechas las crines, con su jalma y demás aderezos» ; y Anastasio Pantaleón , en la página 73 de sus obras:

iMandásteisme un aderezo De paño para un vestido» ¡

y en la Pragmática de tasas del año 1680 , en el folio 30, se lee: «Dorado de un aderezo de espada y daga liso, cuarenta reales». Queda, pues , demostrado que aderezo significa, en ge- neral, juego ó colección de varias cosas relacio- nada:; entre sí, y que sirven todas para un de- terminado objeto.

Según el texto que literalmente dejamos co- piado arriba, censura Escalada que diga la Academia que «adobe es un ladrillo que se usa sin cocer». Como en un erudito y concienzudo artículo, que publica El Día el 23 del corrien- te, se prueba por concluyente manera la igno- rancia del colaborador de El Imparcial, adu- ciendo en pro de la definición académica auto- ridades tan respetables como el Manual del Albañil, por Marcos y Bausa , los Diccionarios de Arquitectura de Clairac y Bails, y el Dic- cionario de Terreros, por nuestra parte remiti- remos al lector á ese artículo, para que se entere de lo que entiende de adobes Escalada, que, con ser tan poco, viene á ser casi lo mis- mo que lo que entiende de materias filológicas.

Cialquiera que no fuese este crítico de im- pavidez asombrosa , se hubiera dado por satis- fecho con soltar esta sarta de disparates ; pero Escalada no es de los que se contentan con poco en este punto, y, llevado de la comezón del desatino, añade: «No importa que diga

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(la Academia) que aladrar es verbo activo, y lo mismo que arar , cuando es recíproco y signi- fica corromperse la carne». ¿Por qué es recí- proco aladrar y significa corromperse la carne?, preguntarán nuestros lectores. Pues muy sen- cillo : porque lo dice Escalada , y boca abajo todo el mundo, aunque haya quien recuerde que en Aragón el arado se llama aladro , y que allí aladrar, por consiguiente, es lo mismo que arar. Pero lo bueno del caso es que el sa- pientísimo filólogo rechaza el verbo aladrar y no el nombre aladro, que está en la obra aca- démica separado de aquél por un espacio de tres líneas. Mas por si alegara que al no admi- tir el derivado aladrar rechazaba también el primitivo aladro , le diremos que si bien arado parece haber obtenido del uso una sanción más generalmente aceptada, en cambio aladro, sin estar excluido por el uso, es palabra más cas- tiza, es decir, de más noble abolengo y que encaja mejor en el árbol genealógico de la fa- milia, por lo mismo que desciende en línea recta del latino aratrum, con parentesco más próximo que arado; puesto que del ablativo aratro , sin más que convertir la lingual aspi- rada vibrante r en la lingual sonora vibran- te l y suavizar la fuerte dental / convirtién- dola en d, se formó aladro, de una manera naturalísima , al paso que, para formar arado

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de aratw , además de convertir la dental fuerte t en su correspondiente suave d, hubo necesi- dad de una violenta contracción (que en casos parecidos se verifica pocas veces en las termi- naciones de los vocablos) para que desapare- ciera la segunda r en la palabra castellana. Si por su formación la voz aladro es más castiza que arado , ¿qué inconveniente puede haber en admitir el verbo aladrar , que por igual proce- dimiento , y con la apócope de la e final , se formó c el latino aratrare, derivado de aratrum? Ciertamente que ninguno, pues que, además de enriquícer el idioma, ostenta aladrar abolengo tan castizo, que sin duda por eso, y por algu- nas otras razones, D. Manuel de Balbuena lo admite en su Diccionario Español-latino , donde dice: «Aladrar, v. a., y Aladro, v. Arar y Arado». Es decir , que D. Manuel de Balbuena, conocedor profundo de las lenguas latina y castellana, decía sobre este particular lo mismo que dice la Academia, y lo contrario de lo que afirma el crítico de los Ripios.

Mas no se- crea que paran aquí los inmo- destos alardes de ese crítico , que ha conver- tido su ignorancia en base y fundamento de sus ataques, que más que al Diccionario ofen- den á la lógica , y en prueba de ello, al si- guiente lunes comienza con estas palabras, que, sin ser un prodigio de modestia y come-

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dimiento, son, en cambio, la expresión más elocuente y acabada de la pedantería más ne- cia y ridicula : «Acalandar, señores académi- cos, no es prohibir ni es nada, como no sea la pronunciación gallega de acallantar , que es como se dice en León y Castilla, y vale lo mismo que acallar, sosegar, consolar, aunque Vds. no lo sepan». Y díjolo Blas, ó Cataclismo, ó Escalada, que, sin ser tres personas distintas, son un solo pedante verdadero y de tomo y lomo ; porque noten nuestros lectores que cuando este hombre asegura que tal ó cuál cosa se dice de este ó del otro modo en León y Castilla, lo dice en un tono y en tal forma, que parece haber soltado la ultima ratio , sin ver el infeliz que, á fuerza de inventar dispa- rates para acumulárselos á León y Castilla, va haciendo creer á todo el mundo que en cualquier parte de España se habla el caste- llano mejor que en aquellos nobilísimos reinos, á quienes, después de todo, nadie ha concedido ni reconoce hoy el privilegio exclusivo de ha- blar con absoluta propiedad y pureza nuestia lengua; y eso que no dudamos que en León y Castilla hablarán los Escaladas como Dios les á entender; pero con seguridad no habrá allí una sola persona culta y literata que ignore que en la copla 1,677, y hablando de ciertos clérigos que no querían renunciar á ciertas

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libertades que les prohibía su Prelado, dijo el famoso arcipreste de Hita :

«Fcbló en pos aqueste el chantre Sancho Munnos Dis: squeste arzobispo non que ha con nos, Él quiere acalandarnos lo que perdonó Dios Por eide yo apello en este escripto : avivad vos».

¿Puede nadie, en vista de esta autoridad, afir- mar eit cathedra que acalandar no es prohibir, ni es nada? ¿Quién es aquí el que no sabe, la Academia, que interpreta acalandar en su ver- dadero sentido de prohibir ó hacer que cese alguna cosa, y que además considera anticua- do este verbo, ó Escalada, que niega todo esto y que supone que semejante palabra es pro- nunciación gallega de acallantar? Confesemos, sin embargo , que eso de que acalandar es pro- nuncie ción gallega, no deja de ser un detalle precioso para calcular los puntos que calza en la ciencia filológica este sabio improvisado, que hi conseguido dejarse muy atrás á aquel otro cue hizo su reputación asando la manteca.

IX.

AYdías aciagos sin duda alguna. En uno de esos días levantóse Escalada lleno de bélicos alientos, y, entrándose resuelto y animoso por las columnas del Diccionario aca- démico, hizo en las palabras que empiezan con la letra A tan horroroso desmoche, que apenas quede títere con cabeza á los airados golpes de su fiero enojo. Hazaña singular fué aquélla, y por más de un concepto digna de estupendo asombro, y sólo comparable á la que el famo- so Hidalgo D. Quijote de la Mancha llevó á cabo v término feliz contra el inofensivo reta- blo de Maese Pedro. ¡Qué gran jornada aquella! Tan grande , que en un arrebato de satisfecho orgul o, hizo exclamar á Escalada: «Todas esas seiscientas y pico de palabras , de las que se- guramente no habrá un lector que entienda ni el pie 3 , están en el nuevo Diccionario de la Len-

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gua Castellana por la Real Academia Española, en la duodécima edición , acabada de imprimir en Madrid en el año de gracia de 1884. Seis- cientas y tantas palabras inútiles y desconoci- das casi por entero , sin salir de la primera le- tra , de la letra A», etc.

Claro es , como comprenderán nuestros lec- tores, que en esa lista ha puesto Escalada , no todas aquellas palabras que él no entiende, porque entonces hubiera incluido en ella el Dic- cionario entero , sino aquellas únicamente que, á su juicio, no conocen sus lectores. Lo cual, si no habla muy alto en pro de la opinión que de ellos tiene este crítico-filólogo , en cam- bio demuestra con toda evidencia y claridad que Escalada desconoce nuestra lengua por completo, y hasta las más populares obras de nuestros escritores más insignes.

Para que no se nos tache de crueles con un adversario deshecho y confundido, y de quien ya la opinión pública ha formado concepto cabal y justo , vamos á perdonarle las seiscien- tas palabras comprendidas en su lista famosa; lo primero, porque nos place ser generosos , y lo segundo , porque, metidos en el intrincado laberinto de la ignorancia que atesoran los es- critos de Escalada, no un artículo ni dos, pero ni un libro sería suficiente á rebatirlos , y ni los dislates del Zoylo ignaro merecen de núes-

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tra parte trabajo tan enorme, ni la bondad de nuestros lectores nos autoriza á cometer con ellos semejante abuso. Por eso vamos á con- tentarnos con el pico , porque el pico no se lo hemos de perdonar á Escalada , al menos por- que una vez más se vea que no hablamos á humo de pajas.

Han de saber, pues, nuestros lectores que en esa lista de palabras inútiles y desconocidas (para Sscalada), incluye el crítico famoso las siguientes: «acibarrar, adquisito, adunco, adu- nia, alo, afrisionado, aho, ajobar , albengala, albórbDla, alcaller, aleto, alfana, alhombra, al- hombiar, almalafa, almarada, almofrej, almué- dano, amurcar, andábata, andorra, andularios, andulencia, aparir, apetite y aquistar».

Empezando por acibarrar y adquisito , pala- bras que Escalada considera inútiles, haremos constar que se hallan usadas por Fr. Luis de Granada, el Cicerón español, cuando en el Sím- bolo dí la fe, IV. -I. -XVI., dice: «A los chiquitos que por ventura tiraban de su pan y asidos se colgaban de él, acibarraban á las paredes». Y en la prcpia obra, II. -XXXV. : «El conocimiento de Dios natural y adquisito con ser pequeño y no muy cierto». La palabra adunco, otra inútil para Sscalada, se encuentra en las Soledades de Góngora, una de las obras más exentas de los defectos del culteranismo que aquel malo-

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grado ingenio hizo florecer en España, y en la cual dice :

« Examinando con el pico adunco Sus pardas plumas el azor Britano ».

Adunia, vocablo también inútil para el exi- mio crítico, se encuentra en el Quijote , II. -L., donde se lee: «Saca de la caballeriza huevos, y corta tocino adunia , y démosle de comer como un príncipe». El sustantivo afo , lo usa también Cervantes en su Historia de Per siles y Segismunda , IV. -I., donde, á pesar de la opi- nión de Escalada, se lee : «Campos hay en la tierra que nos sustenten, y chozas que nos re- cojan, y afos que nos encubran».

Quevedo, en Las Musas, V.-VII., sin tener en cuenta la infalible opinión del pobre Zoylo, usó el adjetivo afrisionado cuando dijo:

« No bien acabó sus lloros , Cuando un gato afrisionado , Que hace la santa vida En un refítorio santo »

El mismo Cervantes , en su Persiles y Segis- munda, III. -X., incurrió en la excomunión ma- yor del crítico máximo de El Imparcial, usando el vocablo abo , cuando, sin saber, por lo visto, lo que hacía, escribió: «Y á Dios abo, que tan buen pan hacen aquí como en Francia». Y el P. Nieremberg, en sus Obras y días, IV., incurrió en la misma gravísima censura por el empleo

del vt;rbo ajobar, cuando decía: «No dio la Naturaleza al cuerpo una fuerza para levantar plomo, y otra para tirar piedras, y otra para ajobar cargas». Ni tuvo para nada en cuenta la opinión de este deliciosísimo Geroncio, el Fénix de los Ingenios , cuando, en su comedia Quien bien quiere tarde olvida, usó la palabra albengtla en aquellos versos:

«Almaizales, almalafas, albengalas, alcandoras».

Ni anduvo, por lo visto, muy acertado Que- vedo en el uso del vocablo albórbola, cuando, en su Gran Tacaño, XVI., escribió: «Fui llevado abajo, donde me recibieron con mucha albór- bola y placer los camaradas y amigos». Y Cervantes fué, sin duda, un escritor ramplón y de poco más ó menos, como lo prueba el el uso que hizo del nombre alcaller en aquellas palabras de su Ingenioso Hidalgo, II. -XXX.: «Que esto que llaman Naturaleza, es como un alca- ller qu*: hace vasos de barro». El mismo pe- destre gusto demostraron al usar el sustan- tivo ahto el P. Ovalle, que en su Historia del Reyno de Chile, folio 349, dijo: «Gustaba mu- cho de la real caza de la cetrería , para cuyo efecto enía muchos jerifaltes, pigargos, nietos y azons»; y Alfonso Martínez de Espinar, que en su Arte de Ballestería, escribió : «El aleto es una especie de halcón que se cría en las Indias,

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pequeño de cuerpo , pero de generoso ánimo»; y el mismo Lope, que tuvo el mal acuerdo de escribir en la Circe:

« No de otra suerte el corvo pico imprime Aleto indiano en tímidas torcaces».

Alfana es otro vocablo inútil y desconocido para Escalada , que sin duda no ha leído aque- llas palabras del Quijote, de Cervantes, I. -XVIII.: «El otro que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana.... es un caballero no- vel», ni aquellos versos de Lope, en su Jeru- salén Conquistada:

cEn turca aljana que con varias pintas La piel de letra arábiga manchaba , Sobre color overa que en dos cintas Verdes, crin y codón negro enlazaba».

Aihombra y albombrar deben , según Escala- da , excluirse del Diccionario de la Lengua Castellana , aunque Rui González de Clavijo escribiera en su Embajada al Tamorlán , pá- gina 45 : «É por el suelo había albombras é este- ras de junco»; y Luis del Mármol, en su Re- belión de los Moriscos , I. -XIII. : «Baeza , donde se labran ricas albombras»; y Cervantes, en su Ingenioso Hidalgo , I.-L. : «Y haciendo mesa de una aihombra.... se sentaron y comieron allí»; y Juan Fragoso, en su tratado déla erisipela: «Es una inflamación y encendimiento que se extiende por el cuero, á la cual los latinos

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llaman ignis sacer , los bárbaros spina y los cas- tellanos alhombra » ; y Quevedo, en su Vida de San Pablo: «Alhómbranle con sus vestiduras las calles o.

Tampoco convinieron con el destemplado censor en la inutilidad del sustantivo almala- fa, Lope de Vega en los versos arriba citados, ni cuando en su Dorotea, pág. 216, dice: «Pues era cierto que me había de llevar esta desdicha al infierno envuelta en una almalafa» /ni Cer- vantes , que en su Ingenioso Hidalgo, I. -XXXVII. , escribe : a Traía vestida una almalafa, que des- de lo:, hombros hasta los pies la cubría»; ni Góngora, en uno de cuyos romances se lee:

<i Escondiendo el dulce caso Entre almalafas de seda» .

En igual desacuerdo se encuentran con el crítico de los ripios respecto al uso de la pala- bra ah tarada , D. Diego Hurtado de Mendoza, que er. su Guerra de Granada escribió : «Al en- trar er la choza, le dio con una almarada por debajo del brazo, y lo mató»; Quevedo, que en Elenttemetido, la dueña y el soplón , dice : «Esta- ba rodeado de senadores, que con almaradas afdadas mal se defendían de su rabiosa furia». Ni pu lo sospechar jamás Lope de Vega los descubrimientos filológicos que , andando el tiempe , había de hacer Escalada , cuando en su

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comedia El perro del Hortelano, usóla inútil palabra almofrej en aquel verso:

«■Almofrejes y jergones i> .

Mas no es extraño que incurriera en este gra- vísimo defecto el Fénix de los Ingenios, que si como literato valía algo , no tanto como Esca- lada , al fin no se metió en su vida en filolo- gías ; lo grave del caso es que el P. Guadix y el P. Alcalá y Urrea se calentaran los sesos en eruditas disquisiciones sobre el origen de la inútil y desconocida palabra almofrej.

Otra palabra que por inútil y desconocida rechaza el ingenioso filólogo es almuédano, y tendría razón, si no existieran en el mundo la Historia de Ultramar, III. -II. , donde se lee : «Ha- bía tres torres altas en que subían los almuéda- nos de los moros»; ni el capítulo 123 de la Cró- nica del Cid, allí donde se dice : « Mandó poner en la torre onde llaman los almuédanos campa- nas que llamasen á los hijos de Dios á las ho- ras»; ni la Guerra de Granada, I. -XIII. , donde escribió D. Diego Hurtado de Mendoza : «Di- cen almuédano al hombre que á voces los con- voca á oración, porque en su ley se les prohibe el uso de las campanas».

También amurcar , andorra y andularios son palabras inútiles y que están de más en el léxi- co de nuestra lengua; hemos dicho mal , de la

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lengua de Escalada , que no es la lengua de la verdad, según demuestra por evidente modo el comunicado que, suscrito por la casa edito- rial de las obras de la Academia, publicó el martes último El Imparcial en sus columnas ; pero que estén de más estas palabras en el Dic- cionario de la lengua castellana , lo niega ter- minantemente Quevedo, que en Las Musas, VI.-LXXXIV. , escribió :

« Amotinada la edad , El cuerpo se le espeluza. Los Eneros se le encienden , Las canas mismas amurcan»;

y en la Fortuna con seso : «Y lo negro á quien apelan las venganzas de las andorras»; y en otro lugar de la misma obra : «La dueña, en- tendiendo que se había vuelto loca, echó á co- rrer con los undular ios».

Andábata es también palabra inútil y desco- nocida , una de las seiscientas y tantas víctimas del crítico desatentado , á pesar de que en sus Rimas dijo D. Félix de Arteaga :

«Opone el toro que diestro Si bruto andábala esgrime Sobre los ojos las armas , Sobre las armas las lides».

Lo extraño es que Escalada se ensañe en pala- bras como andulencia y apetite; pues si bien Cer- vales usó esta palabra en el Qiiijote , II. -XIV.,

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donde dijo: «Cuando andemos buscando apeti- tes, para que se acaben antes de llegar á su sazón y término», nada tiene de particular que Escalada no lo sepa ; lo que verdadera- mente nos asombra, es que ignore que ambas palabras se encuentran en La Pícara Justina, con quien, según noticias recientes, ha hecho relaciones el crítico famoso , aunque no deben ser muy íntimas , cuando no sabe que en la pág. 62 de la citada obra , se lee: «La verdad es que yo no había menester mucho apetite , ni me costó muchos pellizcos»; y más adelante, en la ni: «Ya yo he andado en esas andulen- cias y he visto la leonera».

Por último, aparir y aquistar son para el censor indocto voces que no se deben incluir en el Diccionario , aunque en su comedia Las Batuecas, dijera Lope:

« Y hacen aparir por las riberas Fantasmas de la altura de cipreses»,

y aunque escribiera Fr. Hortensio Paravicino, en sus Panegíricos , pág. 359: «Aquistó crecidos aplausos», y aunque en el Quijote, II.-LIX., se lea: «Porque la sangre se hereda y la virtud se aquista ».

De todo lo expuesto se infiere que , si por la ignorancia de Escalada hubiéramos de calcu- lar las palabras que en el Diccionario sobran,

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el Diccionario, sino castellana ; mas si lectura de nuestros

habría que suprimir, no hasta la misma lengua hemos de juzgar por la buenos clásicos , entonces hay que convenir en qje para interpretarlos hace falta un léxi- co tan completo y concienzudamente escrito coma el de la Academia Española.

¡Terrible argumento el del pobre Zoylo!: «Seiscientas y pico de palabras de las que segu- ramente no habrá un lector que entienda ni el pico , están en el nuevo Diccionario de la Len- gua Castellana por la Academia Española». ¿Paia qué creerá este grandísimo Escalada que se escriben los Diccionarios, sino para explicar la significación de las palabras que los lectores no entiendan?

X.

ecididamente Escalada es un hombre

terrible por su frescura. Un día, aprovechando un descuido de El Impar cial, anunció urbi etorbi que la Acade- mia Española no había pagado la edición de su Diccionario porque no se vendían ejemplares. La cisa Hernando, encargada de imprimir y vendsr las obras de la Academia , publicó en El Impacial mismo un comunicado, en que, bajo la fe de su honrado nombre y la autoridad de sus 1 bros comerciales, afirmaba que en menos de dos años se habían vendido la friolera de die% nil ciento ochenta ejemplares , y que esta- ba , por consiguiente , pagada la edición. Esca- lada quedó desmentido de la manera más terminante; pero él se tragó aquel solemne men- tís , como se hubiera tragado aunque fuera un

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paraguas abierto, y el lunes de Carnestolen- das publicó, como si tal cosa , la vigésimaoc tava de sus lucubraciones crítico-filológicas, tan llena de sapos y culebras , que sólo puede compararse á cualquiera de las otras veinti- siete.

Quien lo dudare, lea, si se atreve, la última broma de carnavalesca crítica que en El Im- parcial da Escalada á sus lectores ; broma que comienza con un párrafo insípido de esos que, cuando se mete á literato , compone el Zoylo indocto con las palabras que el Diccionario de la Academia declara anticuadas porque lo son. La broma, aunque deslavazada, insulsa y pe- dantesca, como de Escalada , no ha llamado la atención de nadie, y se ha confundido entre las muchas que han hecho ya cursi el Carnaval entre nosotros.

Después de terminar el susodicho párrafo, pregunta Escalada , como cualquier persona mayor: «No lo entienden Vds., ¿eh? Pues ahí donde Vds. lo ven, es lenguaje académico puro». Lenguaje académico para Escalada . es. según de sus escritos se desprende , lenguaje disparatado, asnal y hasta cabruno. Ahí está, para ignominia suya , la colección de sus ex- abruptos, que no nos dejará mentir. Por eso vamos á probarle, por la centésima vez , que ese lenguaje académico , que tan duramente ca-

lifica Escalada, es para las personas cultas y versadas en letras el lenguaje castellano puro y castizo, y que esas palabras, de las cuales tan sin razón se burla, dando á entender que en el Diccionario están de sobra , hacen en él mu- chísima falta.

U ía de las palabras que en su crítica rechaza el ignaro censor, es cativo , de la cual dice que «allá, en Florencia, es una palabra que quiere decir malo, y que acá, en Madrid, es una tontería , que, según el Diccionario , significa algo así como escrito de académico, es decir, malc, infeliz, desgraciado». ¿Conque cativo, dirán nuestros lectores, significa eso allá en Florencia solamente? ¡Lo que sabe este Esca- lada Porque la Academia dice que es un ad- jetivo arcaico, y en la segunda acepción lo interpreta 'malo, infeliz , desgraciado' ; pero la afirnación de Escalada es tan terminante , y su autoridad y reputación de hombre sabio y veraz tan extendidas, que casi hemos pensado si sería el Dante el autor, ó se escribiría por lo menos en Italia aquella estrofa 990 del Poema de Ale- jandro :

«Nol priso en lleno , e ovo a deslayar, Cuentra el brazo diestro ovo allinnar, Encorvó el ombro por el golpe redrar, Ovo al cativo el medio cuerpo á taiar ¡>,

donde cualquiera ve que el último alejandrino

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quiere decir «fué á tajar por mitad del cuerpo al infeliz ó desgraciado».

Cartapel es otra palabra que pertenece al lenguaje académico, según Escalada, y lo cierto es que ese lenguaje académico es el de Gonzalo de Céspedes , que en su Soldado Pin- daro, página 33, dijo: «Puestos unos antojos comenzaron entrambos á leer un cartapel», y el lenguaje de Quevedo, que en La fortuna con seso escribió: «Todos á un tiempo, echando mano á sus discursos...., nevaron cuatro bufe- tes de cartapeles».

«.Cal no se crea que es el óxido de calcio, ó sea la cal, propiamente dicha ; cal , es calle», dice el colaborador de El Imparcial , como quien lanza una acusación terrible contra el Diccionario, que considera anticuada esta pa- labra , y le asigna la significación de calle, para que sepan á qué atenerse las personas estudio- sas cuando en la Crónica de D.Juan el II, y en el capítulo 129 , lean estas palabras: «Y así lo lle- varon por la cal de Francos y por la costanilla», ó cuando , sin irse tan lejos, tropezaren con aquellos versos de Góngora, en la jornada 3.a de su comedia Las firmezas de Isabela, donde dice:

«Dos casas en cal de escobas Adonde de aceyte haces Dos almacenes capaces De catorce mil arrobas».

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Igreja y Paracleto son dos palabras de que Es- calada se burla. A igreja la considera anticuada la Academia ; pero anticuada que todavía en el lenguaje del vulgo tenía uso en tiempo de Cal- derón , puesto que en la loa de su auto sacra- mental, El árbol del mejor fruto , se lee:

«Dime qué igreja es aquella A cuya parte se ve Tanta gente....»

Pero paracleto no es palabra anticuada, ni tan desconocida de nuestros clásicos , que en la Prefación á la Apología de Tertuliano, VIH, no escribiera D. Fr. Pedro Mañero : «Comenzó á predicar Montano que era él aquel Paracleto, que prometió Cristo, cuando dijo : 'yo rogaré al Padre y os daré otro Paracleto'».

«¿Y qué dirán Vds. que es estar en carrera de saljación?», continúa preguntando Escalada asombrado, aturdido, y como haciéndose cru- ces de que, entre otras, incluya el Diccionario frase tan clásica y expresiva. «Pues , según el Diccionario de la Academia , contesta el mis- mo , es una frase que vale tanto como 'tener ya asegurada su salvación las ánimas del Pur- gator o, en acabando de satisfacer la pena debida por sus culpas*. Á Vds. les parecerá, añadí , que ni eso es frase ni cosa que lo val- ga , y que , además de no ser frase , es una ton- tería....»: y así continúa, dejado de la mano

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Je Dios , sin tropezar con aquellas palabras de Santa Teresa, en el capítulo IV de su vida: « Tengo por cierto está en carrera de salvación >>. « Y á propósito de carrera , tampoco se dice á carrera-abierta, para significar á todo correr, como dicen los académicos» , prosigue el Zoylo impertérrito ; pero D. Manuel de Valbuena, en su Diccionario español-latino , 1860, en el ar- tículo carrera , entre otras frases incluye la si- guiente: A carrera abierta , á todo correr , y la traduce citato cursu, é incluye además la frase estar en carrera de salvación , y la traduce en la- tín , crimina post rnortem expiare , beatitudinis viam ingredi.

Y siguiendo en los aspavientos de su igno- rancia . continúa preguntando el pobre Zoylo: «¿Y qué creen Vds. que es carrerilla? Pues los académicos dicen que es en la danza española, dos pasos cortos acelerados , que se dan hacia adelante, inclinándose á uno ú otro lado». Y después de unas cuantas bufonadas burdas y sin gracia , nos quedamos sin saber lo que, se- gún Escalada, es carrerilla; pero , en fin, ello es que D. Manuel de Valbuena , en su ya cita- da obra , conviene con la Academia , cuando en el artículo carrerilla , acepción segunda, escribe estas palabras : « En la danza. Concita- tus saltus».

En otra parte se expresa Escalada en estos

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térmir os : «Foras , dicen los académicos que significa en castellano /«mz de, aun cuando ni en latín significa tanto , sino sólo fuera ». Ya comprenderán nuestros lectores que cuando así lo dice Blas, debe ser precisamente todo lo contrario. Ignora este pobre Zoylo que en la época de la decadencia , foras en latín se halla á veces haciendo el oficio de preposición y acompaña al acusativo , y así enlaVulgata, por ejemplo , se lee foras civitatem, que , ó no quiere decir nada , ó significa fuera de la ciu- dad. For lo demás , en el citado Poema de Ale* jandro, en la estrofa 2,021 , se lee :

« El rey Alexandre , guerrero natural, Plus duro quel fierro nin que el pedernal , Todo vicio e coita preciaba per igual , foras por precio bono non daba ren por al».

«Y cas dicen que es apócope de casa», pro- sigue Escalada , y más adelante añade : « Mas aun c jando ese cas estuviera en uso entonces, que le dudo mucho , lo cierto es que hoy en ninguia parte se dice». ¡Qué idea tiene Esca- lada de lo que es un Diccionario! ¿Pues no cree el infeliz que en él no deben entrar más palab'as que las que están en uso? Y entonces, como no todas las palabras están en uso en to- das partes , habría que hacer tantos dicciona- rios orno provincias, ó pueblos, ó villas, ó lugares, y hasta tantos como individuos, pues

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que no todos usan las mismas palabras, y las hay muy castizas que no obtuvieron los ho- nores del uso ni aun en las obras de los más fecundos escritores ; pero esto no lo sabe Esca- lada , aunque lo sepa todo el mundo , y para que no vuelva á decir más que duda poco ni mucho si alguna vez se ha usado el vocablo cas , calle , y aprenda para otra vez , aquellos versos de Tomé de Burguillos:

« Canción , si acaso vas á pasearte Al Prado ó á otra parte , Pásate por en cas de un alojero Y dile cómo muero » ,

y aquellas palabras de Alejo Venegas en su Agonía de la muerte, VI. -II.: «A un Hombre Dios le trujesen de cas de Caifas á cas de Pi- latos».

Admírase Escalada de que falte en el Diccio- nario la palabra carreto, «sin la cual no tiene fundamento el carretón», según dice; y á vuel- ta de disparates con que prueba su poco saber en materias de gramática , concluye censu- rando que el Diccionario defina el 'carretón. carro pequeño' , porque «es un absurdo comen- zar llamando pequeño á un aumentativo». Lo primero que debía conocer Escalada, es que ca- rreto no figur ci en el Diccionario, porque no figura en el idioma : además, que quien haya estudiado algo de gramática , sabe muy de so-

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bra que en castellano hay nombres que parecen aumentativos y no lo son; y los hay que has- ta son diminutivos, como anadón, que significa el pollo del ánade , es decir , ánade pequeño; callejón , que no significa una calle ancha y larga como la de Alcalá , sino estrecha , tor- tuosa obscura y no muy larga ; y que hasta por antífrasis, y á pesar de su forma de au- mentstivo, se llama pelón, no al que tiene mu- cho pulo , sino al que no tiene ninguno ; y rabón no al que tiene mucho rabo , sino al Escalí da que carece de este aditamento.

Por último , y para no alargar demasiado esta fiípica, vamos á hacernos cargo de otra preguita de Escalada , que , como todas las suyas, tiene muchísima sal : «¿Y Carriola? Car- rióla, dice el Diccionario, viene del italiano carrioh , lo cual no es verdad, porque no vie- ne, siró que se queda en Italia, y que significa, supongo que en Italia , cama pequeña ó tari- ma ccn ruedas». ¿Conque carriola no viene del italiano carriola porque se queda en Italia? Entonces el Quijote se escribió en Italia , y en italiana escribió Cervantes aquellas palabras de su Ingenioso Hidalgo, II.-LXX. : «Durmió Sancho aquella noche en una carriola en el mismo aposento de D. Quijote». ¿Verdad que este ití liano se parece mucho á la lengua de Castilla? Tan verdad , como, sea por lo que

7

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quiera . en la hoja literaria de Los Lunes de «El Imparcial» oficia de crítico máximo, contra la obra más insigne de nuestra literatura filológi- ca contemporánea, un Escalada, que ni siquiera ha leído el Quijote.

¡Buena está la literatura del detractor del Diccionario de la Academia! ¡Pero buena.... buena.... buena! Como suya. ¡Lástima de tinta, papel, tiempo y dinero que gasta El Imparcial en imprimirla !

apientísimo, eruditísimo, discretí- simo y cultísimo Escalada , ingenioso colaborador átElhnparcial y empeder- nido censor del Diccionario de la Academia Es- pañola, ha venido muy á menos; y eso que en su trigésimo artículo emplea casi dos mazorra- les colu linas del diario de la plaza de Matute para llanar á los miembros de la Academia Española rocines, consonantes de fruto y otras ingenios idades de su repertorio , sólo dignas de aque renombrado y por mil conceptos fa- mosísirr o caletre.

Denunciamos el hecho, ó, mejor dicho, la fechoría , porque nos consta que ni por esas conseguirá el destemplado censor disipar el aburrimiento del público, que ya no lee las desmayj das y soporíferas catilinarias de El

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Imparcial, todas iguales, y más que iguales, idénticas en el fondo huero y en la forma inculta con pretensiones de grotesca.

Al cabo de treinta artículos mortales para la crítica y el común sentido , el público ha pro- nunciado sentencia definitiva; y si algún día pudo seducirle el desenfado con que el infeliz y presuntuoso crítico hacía las más estupendas afirmaciones, hoy, envista déla insistencia con que continúa en propagar y mantener constante el recuerdo de su propio descrédito, no hay nadie de cuantos han seguido con in- terés esta polémica que instintivamente no recuerde aquel dicho de que la terquedad es la constancia de los necios. Así es que, á pesar de la despreocupación y frescura de su igno- rancia empedernida , no logra Escalada con- vertir en triunfo su derrota. Alguien pensará acaso de nosotros que somos de aquellos que dan á moro muerto gran lanzada; pero aun así, no podemos resistir á la tentación de con- tribuir al renombre que á mismo se procura el crítico desventurado , de quien es constante y apasionado Mecenas El Imparcial. Contribu- yamos , pues , en la medida de nuestras escasas fuerzas, á propagar y difundir las glorias de Escalada , y , al efecto , ahí van esas cuartillas que, entre otras varias, teníamos arrinconadas y en olvido.

« Tampoco blasmar por blasfemar existe más que en Francia, donde lleva en lugar de la s central un circunflejo. » Si nosotros fuéramos aficic nados á la chacota insulsa de que alardea Escalada, ¡qué de cosas podríamos decir sobre esas pocas palabras que literalmente copiamos del número 6,855 de El Imparcial, publicado el 28 de Junio de 1886! Pero nuestros lectores lo sajen por experiencia: en vez del insulto y la chicota , que nada prueban , nosotros prefe- rimos las razones convincentes y que no tienen vuelta de hoja. Por eso afirmamos que blasmar es palabra castellana , anticuada , como afirma la Academia , y demuestran , entre otras , estas poca», autoridades.

Vaya la primera la de las actas del Concilio de Líón de 1020, donde se lee: «Mais se fur blasmado de furto, ó de trayciom» , etc. Lée- se también en el Fuero Ju^go , XII. -II. -IV: «Nengún judío non blasme ni en ninguna ma- nera dexe la santa fee délos cristianos». Y en la Crónica general de España, I-LXVII : «E esta iue una cosa de que blasmó todo el mundo á los romanos». Y en otra parte : « Pero bien ovo y algunos que blasmaron ende á su mujer, que auie nombre Sempronia». Y Gonzalo de Berce") en su San Mittán, estrofa 102 :

« Blasmáronlo que era omne galeador , Que era de los bienes del común gastador » .

102

Y el marqués de Santularia, en la página 187 de sus Obras:

« E quanto blasmó del solo , E quanto plogo verdat A Periandro».

Y en la 245 :

« Infinitos otros á estos seguian Con voces cansadas é tristes acentos Blasmando á Fortuna é sus movimientos É todos aquellos que en ella confían ».

YJuan de Mena en su Laberinto, VII:

« Dame licencia , mudable fortuna , Porque yo blasme de ti lo que deuo».

De donde se infiere, en contra de lo que afirma Escalada , que desde los albores del idio- ma hasta el siglo xv fué usual y corriente en castellano el verbo blasmar, á menos que, des- bordándose la erudición inmensa y profundo saber del eximio crítico de El Imparcial , inten- te probarnos que se escribieron en francés la Crónica general de España y el Fuero Ju^go, las obras de Berceo y D. íñigo López de Mendo- za, y las coplas de Juan de Mena.

Atrévase, pues, que bien puede atreverse á tanto quien ignora quién es Federico Diez; quien niega abolengo castellano á palabras que puede cualquiera leer en el Quijote, y quien, en un arrebato de desparpajo colosal y heroi-

o estaba boyante y animoso , no como ahora , marrido y blando de puro des- hecho, escribía en el número 6,835 de su Me- cenas, lo que van á ver nuestros lectores:

« Benino por benigno es una tontería que sólo escribiría hoy algún poeta de séptima clase , ó sea de la clase de académicos , por la necesidad del consonante. » No vayan á creer nuestros lectores que aquí ha querido decir Escalada que los académicos son poetas de séptima cla- se; pues aunque sólo á él puede ocurrírsele que sean poetas de séptima clase Tamayo y Ayala, Núñez de Arce y Zorrilla, por ejem- plo , lo que ha querido decir , ó , por lo menos, ha dicho , es que en su tiempo fueron poetas de séptima clase Santillana y Fr. Luis de León, Vilh viciosa y D. Alberto Lista , y hasta pro- sistas de clase más inferior Cervantes y Santa Tere>a, puesto que en estos autorcillos de poce más ó menos encontramos usado este adjetivo en la forma que precisamente rechaza el famosísimo Geroncio :

Así , el marqués de Santillana, en la página 274 de sus Obras , dice :

« Al templo divino Donde yo creo seas receptada , Segunt tu santo ánimo é benino».

Y en la 314 :

« La tu charidad piadosa

a La 11

104

Benina beninidat

La sentencia rigurosa

Tornó de ser á non ser ».

Y Fray Luis de León , en su poesía Noche se- rena :

« Y como otro camino Prosigue el sanguinoso Marte airado, El Júpiter benino , De bienes mil cercado , Serena el cielo con su rayo amado ».

Y en el salmo 24 :

« Al que sin tino Va ciega y locamente , Redúcele benino , Mas con debido azote , al buen camino ».

Y en la Mosquea de Villaviciosa , XI :

«¿No has visto alguna vez , lector benino

La multitud de aves que al camino Sale el Agosto á procurar que coma ? »

Y D. Alberto Lista, en una de sus poesías :

« Mas ¡ ay ! que cuando el cielo más benino Me sonrió , á desdichas inmortales El despiadado amor me abrió el camino».

Pero ¡ ya se ve ! : escritorzuelos tan insignifi- cantes como el Maestro León , Villaviciosa y D. Alberto Lista, cuyos ripios el día menos pen- sado roerá Escalada en El Imparcial, autorcillos infelices y obscuros, ¿qué habían de hacer, fal-

105

tos de genio y desconocedores del idioma , sino baja" humildemente la cabeza ante la fiera ne- cesidad del consonante? Lo raro y casi porten- toso es que, no debiendo pagar tributo á esta necesidad, escribiera Santa Teresa en sus Mora- dea, VI. -IX : « Me acordaba que habían los con- denados de ver airados estos ojos tan hermosos y mansos y beninos del Señor». Y Cervantes, en su Ingenioso Hidalgo: Il.-XLIV : «Los beninos cielos infundan en el corazón de Sancho Panza núes :ro gobernador un deseo de acabar pronto sus disciplinas, para que vuelva á gozar el mundo de la belleza de tan gran señora»

¿Ciué tiene, pues, de extraño que la erudi- ción del sapientísimo Escalada, el lunes 15 de Febrero, y en el número 6,072 de El Impar cial, se de abordara, sin poderse contener, en aquellas palabras: «.Amicicia, señores fijadores , no es palatra castellana, sino latina , lo mismo que agro , amplexo , atr amento , autumnal, y leticia, y nequicia, que vienen más adelante y que nadie las usa »?.... Ciertamente que nada tiene de ex- trañe tan espantoso desbordamiento y derroche de erudición latina, como nada tendrá de par- ticular que nosotros, por abreviar esta filípica, que ya resulta demasiado larga , perdonemos á El Imbarcial y á su colaborador todos los dis- parates que forman el racimo que hemos sacado para muestra, fijándonos por hoy únicamente

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en lo que se refiere á la palabra agro, que, como nombre sustantivo, es muy usada en Galicia, hablando en castellano y en documentos ofi- ciales, y en la acepción que en este concepto le atribuye la Academia , como puede verse en el Diccionario Gallego Castellano , de D. Marcial Valladares y Núñez, donde se lee: «Agro. Agrá». Y en el artículo agrá á que agro hace referencia , dice así: «Agrá. Finca labrantía de alguna extensión y llana , ó conjunto de here- dades labrantías de uno ó más dueños, cerra- das alrededor». Claro está que la Academia obró muy cuerdamente al admitir esta palabra, no latina como Escalada dice , pero de latino abolengo y que no puede, por tanto, recha- zarse como extraña á nuestra lengua ; y obró muy cuerdamente, primero porque así se en- riquece el idioma con un vocablo de noble estirpe , y segundo porque de este modo se facilita en parte á los profanos la inteligencia de palabras castellanas como agronomía, agró- nomo, agronómico. Considerada como adjetivo, encuéntrase usada , no sólo por escritores de la época que podemos llamar anteclásica , sino hasta por algunos de los más notables de nuestro siglo de oro, como se prueba con las autoridades siguientes:

En el romanzado de Calila é Dymna, se lee: « Los sabios facen semejanza del rey et de su

io:

privanza al monte muy agroy>. Y el rabí Don Serr Tob en sus Proverbios morales:

« Non vi tan dulce cosa Mas agrá á la dejada » .

Y al arcipreste de Hita :

«Vino á mi mucha duenna de mucho ayuno magra Con muchos paternostres é con mucha oración agrá».

Y el marqués de Villena , en su Arte Ciso- ria, XI : «Sacado lo agro de en medio (de la cidra) lo al cortar en partes con la corteza». Y en la Crónica de Pedro Niño, página 79 : ce Para subir arriba de las peñas es una subida muy agrá». Y en la página 171 : «Para subir al pie de la peña se avía de subir una cuesta bien agrai. Y el marqués de Santillana, en la pági- na 287 de sus Obras :

« E los movía con viril deseo , Con agros sones é fieras canciones A la batalla».

"Y Gabriel Alonso de Herrera, en su Agricul- tura ¿enera!, III. -XXVI : «Las granadas (dul- ces ) son mejores para comer ; que las agros daña el estómago si dellas comen muchas » , y en la misma obra, III. -XXXII : «Para que de naranjos agros se hagan dulces, han de tomar las pepitas y tenerlas tres días antes que las siembren en aguamiel». Y el Comendador grie- go, Sobre las trescientas de Juan de Mena : «En el tercero lugar sucedieron Menandro y Filemón,

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que mitigaron las agros reprehensiones de las comedias». Y D. Bernardo de Balbuena, en el Bernardo ó Victoria de Roncesv alies, XX :

«Volvió, y siguiendo de disgustos lleno La senda menos agrá y más seguida».

Y Boscán , en la página 83 de sus Obras :

«Mis pensamientos cansados Se han tomado dulces de agros, De muertos resucitados».

Y Granada , en la Guía de Pecadores I. -IX : « Paréceles cosa muy agrá comprar esperanzas con peligros, esto es, comprar bienes de futu- ro con daños de presente». Y Rioja, en la Sil- va XI :

« Cuando el agro invierno

Roba al bosque el verdor y lo oscurece ».

Y D. Juan de Jaúregui, en la Aminta, IV :

«Me llevó por lo fragoso y agro Del collado » .

Y en la canción Con dulce afán :

« El alma en la oración siempre afligida Camino es agro de subir al cielo».

Y Lope de Vega, en Los TeUos de Metieses:

« Como las frutas , hizo Naturaleza estudiosa Los hombres, agros y dulces ; Y así , en esta casa agora Tello el viejo es agro y Tello El mozo es dulce».

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Y hagamos aquí punto final por hoy, pues con lo expuesto basta y sobra para que afir- memos y corroboremos la opinión que todo el mundo tiene formada de la sabiduría profunda, de la erudición pasmosay déla encantadora mo- destia que en El Impartid ostenta su ingenioso colaborador.

XII.

aya: continúen Vds. disparatando, se- ñores académicos » Así comienza Esca- 5 lada el artículo XXXI, que publica en El Imbarcial el lunes 2 de Mayo de 1887. «No se acobarden Vds.. continúa, y sigan di- ciendo que el castor es un 'animal mamífero.... que.. . se construye con destreza.... sus vi- viendas á orillas de los ríos y lagos , dándo/¿s hasta cuatro pies de altura'. No á los ríos ni á los lagos, como parece desprenderse, por- que son los últimos y porque son masculinos, sino a las viviendas, de las cuales, cualquiera que no fuera académico diría dándote, como han dicho los mejores hablistas.» Dejemos á un la lo la ingeniosa interpretación que da el pobre. Geroncio á la definición académica , y la estupenda puntuación con que en su Mece-

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ñas aparecen las líneas citadas, y examinemos el uso que del pronombre el, ella , ello, en la forma femenina de dativo , han hecho algunos escritores que , á pesar de pertenecer al Siglo de Oro de nuestra literatura , deben ser malos hablistas para el hablador sempiterno de Los Lunes de «El Impar cial». En Boscán se lee:

« Pues Hero acullá dentro donde estaba Yo fío que su parte le cabia i .

Y en El Lazarillo de Tormos , de D. Diego Hur- tado de Mendoza : « Con esto andábase todo el mundo tras él , especialmente las mujeres , que cuanto les decía creían». Y en las Moradas de Santa Teresa de Jesús : «Acaece alguna vez que estando el alma como habéis visto que se muere por morir, cuando aprieta tanto que ya parece que para salir del cuerpo no le falta casi nada». Y en las Fundaciones: «Harto se les agrió el contento á las monjas con mi par- tida». El P. Granada dice: «Es cosa que hace maravillar que en gentes que profesan una misma religión haya podido acontecer que lo que antes les aprovechaba, les dañe ahora » ; y en la Guía de pecadores : « Conviene que, entendidas las malas mañas de esta bestia (la imaginación) , le acortamos los pasos y la atemos á un pesebre»; y en el Tratado de la oración : « Si ha muchos días que no se regó

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(una planta) , está tan fea , tan lacia y tan mar- chita , que parece que está ya del todo muer- ta ; mas si luego le acudís la planta) con un riego de agua , de allí á una hora la veréis tan verde... , etc.» ; y en otra parte de la misma obra : «No suelen sufrir aquellas piadosas y paternales entrañas ver andar un ánima de esta manera por su amor desconsolada, sin acudirá muy aína con grandes y maravillosas conso- laciones ». Y Fr. Luis de León :

« A España , á quien amaste , ()ue siempre al buen principio el fin responde , Tu cuerpo le enviaste » ;

y en Los Nombres de Cristo: «Movidas de sus voces acuden á ella y le preguntan qué busca». Y el P. Rivadeneyra , en su Historia del cisma de Inglaterra: «Como las viesen muy lindas, con l,i rabia y el espíritu diabólico que traen consigo, arremetieron á ellas y les dieron mu- chas cuchilladas en las caras » ; y en otra par- te: «Y como un Padre de la Compañía de Jesús le hubiese escrito una carta , le contestó la santa reina». Y el P. Yepes en la Vida de Santa Teresa : « Quedó la santa Madre de este suceso y de otros que le sucedieron experi- mentída de no recibir grandes señoras». Y Cervantes en su Ingenioso Hidalgo: «Pero pasa adelante : cuando le diste mi carta Dulcinea), ¿besó a?»; y en otra parte: «Dio de buena

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gana la cola la ventera) , y asimismo U de- volvió todos los adherentes que había prestado para la libertad de Don Quijote»; y en otra: «Se fué á poner de hinojos ante Dorotea , pi- diendo/e con palabras caballerescas y andan- tescas....», etc. Y Mariana, en su Historia gene- ral de España: «El sobrenombre de Venería que tuvo Nebrija los tiempos adelante, se le dieron»; y en otro lugar: «Parecía que esta señora pedía razón en que se le admitiese su demanda y se le hiciese justicia». Y Vicente Espinel , en su Escudero Marcos de Obregón : «Hay un género de gentes que hablan con intercadencias , careciendo de hebra y caudal para la materia de que se trata ; que después de haber/es respondido, aunque se haya muda- do el primer motivo, acuden con lo que se les ofrece fuera de la intención que se lleva». Y D. Bernardo de Balbuena en su Bernardo:

« Dio con ellas En unas estrechísimas prisiones Sin que suspiros , llantos ni querellas Aflojados les den los eslabones ».

Y D. Carlos Coloma, en sus Guerras de los Estados Bajos : « Asestando/-** á las casas hacia la tarde las piezas con fuegos artificiales, pren- dió en ellas....» Y Bartolomé Leonardo de Argensola :

« Alto , cedamos dijo á la ignorancia

sal , pues el poner/e enmienda Se intenta con oprobio y sin ganancia».

Y Alarcón , en el Examen de maridos :

« Apaga el cierzo violento Llama que empieza á nacer ; Mas en llegando á crecer , Le aumenta fuerzas el viento».

Y Quevedo, en su Visita de los chistes: «Ve- nía una vieja con una cara hecha de un ore- jón...., la boca á la sombra de la nariz , de hechura de Lmprea, sin diente ni muela , con sus pliegues de bolsa á lo jimio, y apuntándote el bozo de las calaveras en un mostacho eri- zado). Y Tirso , en El pretendiente al revés :

4 De que se alborote el mar Poco se le da á la roca ».

Y Meló en su Historia de los movimientos, se- paración y guerra de Cataluña : «Procuraba en- tonces la diputación detener al enemigo en Martarell, porque los pasos angostos y el río dificultoso le prometían más segura defensa». Y el P. Nieremberg : «Ahora ha crecido y madurado el fruto de esta virtud en filosofía cristiana, y le ha venido su miel y su leche suav : ». Y Calderón , en Amor , honor y poder :

« Mucho le debe á la fama , Que dice que es muy hermosa. Siempre la opinión se alarga : Q|ie no es muy hermosa Estela ; El no ser fea le basta ».

n6

Como á este artículo le basta y aun le sobra con las autoridades aducidas, para probar que en el Siglo de Oro de nuestra literatura fué general y corriente el uso de la forma femeni- na le, del pronombre él, ella, ello, sin que ne- guemos que alguna rara vez se encuentre la forma la en alguno de nuestros clásicos, por aquello de que aliquando bonus dormitat Homerus . Lejos de negar el hecho , confesaremos que se encuentra con frecuencia en algún escritor del siglo xvi, como Ercilla,que no pudo hacer prevalecer uso tan poco conforme con el que sancionaron en sus inmortales obras la inmensa mayoría de los escritores contemporáneos su- yos, que, como filósofos, teólogos y literatos, representan en el idioma una autoridad muy superior á la que pueda concederse al insigne autor de La Araucana.

En tiempos más modernos no han faltado tampoco cultivadores ilustres de las patrias le- tras, que, como Moratín, hayan seguido el ejem- plo de Ercilla. Fuera de estos contadísimos es- critores , cuando en los demás se encuentra el pseudodativo la, procede indudablemente de la ambigüedad en el régimen del verbo de que depende el citado pronombre, por no decir de la ignorancia del autor respecto del régimen del verbo ; mas como no somos, Dio¿> nos libre, tan irrespetuosos como Escalada con los ge-

II7

nios que han ilustrado la patria , preferimos la primera explicación á la segunda , fuera de que ya el insigne gramático español D. Vicente Salva explicó muy satisfactoriamente este de- fecto en que incurrieron algunos notables y ex- celentes escritores, cuando dijo: «No cono- ciendo autor alguno antiguo ó moderno de los que han empleado sistemáticamente la y las para el dativo , que no haya nacido en Madrid ó vivido atti por mucho tiempo, me parece esto una excepción del lenguaje general y un modismo pe- culiar de aquella provincia. De seguro no se hall. irá muchas veces en Jovellanos, y puede ser que ninguna en Villanueva, Marina, Car- vajal ni Clemencín....»

Psrdonen nuestros lectores , y permítannos que citemos algunas autoridades de ayer, como quien dice , para muestra nada más del uso que en la forma femenina del dativo del pronombre él, ctta, ello, hicieron algunos de nuestros más renombrados escritores modernos. DiceForner. en ano de sus epigramas :

« Ansiosa por hijos Ana , Porque es mayorazga rica , A San Antonio suplica Que se le cumpla la gana».

fin una poesía á sus amigos de Sevilla es- cribe Jovellanos :

«Ni las canoras aves por el viento ,

n8

Ni su argentada margen por mil giros Serpeando el arroyuelo murmurante

Le causa algún placer al alma mía».

El insigne filósofo D. Jaime Balmes dijo : «La materia existe (según Aristóteles), mas no sola, sino en cuanto está unida á la forma que le da el acto». Martínez de la Rosa, en su Isabel de Solis , escribió: «Se aproximó más aún á Isabel, le tendió la mano con cariño, y empezó á desahogar su pecho con estas pala- bras». Y en La poesía castellana del siglo XV UI de Quintana leemos lo que sigue: «Se han sepultado también en el olvido más profundo, sin que nadie les ayudase á caer, las anacreón- ticas del supuesto Melchor Díaz». Y en los Sinónimos de D. José Joaquín de Mora: «Cuan- do se quiere ensanchar ó alargar una pieza de ropa , se le añade un pedazo del mismo tejido y color». Y en la comedia A Madrid me vuelvo, de Bretón de los Herreros , hallamos que dice :

o Yo no sufro que mis novias Por su juguete me tengan , Y á las primeras de cambio Les acuso las cuarenta».

¿Qué más? Para que nada falte, remontándo- nos á tiempos más remotos , en las Partidas I.-IV.-XCIX se lee : «Por esto nos dio á enten- der quel non plazie de los duelos, ca non se

ii9

aprovechaban dellos las almas de los muer- tos...., mas los bienes que por ellas facían les tenían pro». Y en un documento de 1363: «Mando que hayades por tutora de los fijos é

fijas que fueron del dicho Garci-Fernández

á la dicha Doña Teresa , é le entreguedes los luga res » .

Por lo que antecede se ve que desde los co- mienzos del idioma hasta nuestros días fué de uso corriente entre los escritores castellanos la forma femenina del dativo le, y que cuantos, como Ercilla, Moratín y algún otro, usaron sis- temáticamente la forma de acusativo ú objetivo la , cometieron , dicho sea con el respeto debido á ta 1 esclarecidos ingenios, un solecismoó infrac- ciór de las leyes del régimen gramatical, tanto más censurable, cuanto está masen contradic- ciór con la ideología , la gramática y el uso de los padres venerandos del habla castellana.

Otro día confirmaremos esta doctrina con la autoridad de los gramáticos más insignes , no pan convencer á Escalada , sino para rebatir sus afirmaciones temerarias. Hace año y me- dio próximamente que decía el intrépido Blas de P.l Imparcial : « La Academia ha preceptuado moiernamente en su Gramática, que en los dat vos femeninos se diga le. No tiene razón tan poco en esto la Academia. El uso de León y Castilla está en contra, y los escritores de

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nota, unos han escrito siempre la , y otros han promiscuado». Ahí tienen nuestros lectores los progresos que en la Gramática ha hecho Esca- lada al cabo de año y medio, y eso que enton- ces ya le llamamos al orden, aunque inútil- mente. Así es que desconfiamos , y lo decimos con pena , que el insipiente crítico llegue á vencer jamás la crasísima ignorancia que pa- dece, y menos aún á suavizar las formas de su literatura epiléptica y naturalista. Por algo, y quién sabe si en profecía, escribió un agudísimo ingenio aquella fábula :

« En agua de Colonia Bañaba á su marrano doña Antonia , Con empeño ya tal , que daba en terco ; Pero , á pesar de afán tan obstinado , No consiguió jamás verle aseado , Y el marrano en cuestión fué siempre puerco.

Es luchar contra el sino Con que vienen al mundo ciertas gentes , Querer hacerlas pulcras y decentes : El que nace lechan, muere cochino ».

No somos nosotros, es D. Miguel Agustín Príncipe quien lo dice , y la terquedad inaudi- ta y la supina ignorancia de Escalada lo con- firman .

XIII.

I«^b« uedamos , pues, en que Boscán, Men- f|||$||doza, Santa Teresa, Granada, León, gJÜÜí^ Rivadeneyra, Yepes, Cervantes, Ma- riana, Espinel, Valbuena (el otro), Coloma, Argentóla , Alarcón, Quevedo, Tirso, Nierem- berg, Meló, Calderón, Lope, Forner, Jovella- nos, Balmes, Mora, Quintana, Martínez déla Rosa, Bretón y muchos otros , no deben , como kistos , ser tenidos , según Escalada , por es- criture; insignes que fijaron la propiedad del habla castellana. En cambio, Ercilla, Moratín, Meléncez y algunos otros contados laistas , de- ben, según él, considerarse como los mejo- res hablistas castellanos. Líbrenos Dios de dar ni siqi iera pretexto para que se sospeche de nosotros que no consideramos como insig- nes hablistas á Ercilla, Meléndez, Moratín y á la m noria exigua de laistas ilustres, cuyas

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obras literarias son ornamento y gloria de la lengua de Castilla ; pero séanos lícito afirmar, con el respeto debido á tan peregrinos inge- nios, que á los ojos de la crítica gramatical cometieron un imperdonable solecismo, tanto más digno de censura, cuanto que afea, sin poderlo remediar , la forma por tantos con- ceptos clásica , castiza , y verdaderamente ar- tística de sus maravillosas concepciones.

Es opinión de literatos insignes que el laísmo de los citados escritores es una verdadera im- perfección. Los gramáticos no pueden calificar- lo más que con el apropiado nombre de solecis- mo. Y es que, sometida esta cuestión al sufragio universal de los padres del idioma, resulta el uso de la forma femenina de dativo le, sancio- nado por el voto unánime de una mayoría in- mensa, que por su cantidad y cualidad decide la cuestionen términos concretos, y por definiti- va manera, en el terreno gramatical , en contra de la minoría exigua de los laistas. Por eso , y siendo la gramática, según nuestra humilde opinión, arte, que, por medio de reglas funda- das en la lógica y deducidas del uso de doctos escritores, enseña á hablar un idioma con pro- piedad y ^corrección , los más doctos gramáti- cos, los más autorizados, los quemas á fondo conocieron nuestro idioma , rechazan el laísmo como contrario á la lógica y al uso gramaticales.

En efecto : laistas que sabían la gramática que no sabe Escalada, han intentado defender el solecismo la por le dativo femenino, fun- dándose en que ni en latín, ni en griego, ni en icioma alguno, cuando un adjetivo ó pro- nombre tiene tres formas en el nominativo, como sucede con el pronombre Ule, illa, illud en latín , y con él, ella , ello en castellano, ja- más se encuentra como femenina en ningún caso forma que en otro fué masculina. Este es el argumento más formidable que los laistas presentan en defensa del solecismo que pre- tenden introducir en la gramática ; argumento que, en realidad, tiene más de ingenioso que de verdadero, supuesto que la forma illa, por ejemplo, es femenina en el nominativo y abla- tivo de singular, y neutra en el nominativo y acusativo de plural ; y si tan general y lógico fuera el principio que los laistas invocan , for- ma que es femenina en algún caso , no podría ser neutra en otro, atendiendo siempre á esa preferencia de géneros en que parece fundarse el susodicho principio. Resulta, pues, que el famoso argumento Aquiles de los laistas se funda en un principio que carece del carácter de universalidad é inflexibilidad lógica, que la filolog ía y la gramática , como todas las cien- cias , ixigen en los que han de ser sus funda- mentales principios. Consideremos, por otra

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parte , que así como él se formó de Ule , ella de illa, y ello de illud, de illi é illis se formaron le y les, suprimiendo por aféresis la primera sílaba y reforzando la i en e por medio de una com- pensación natural: tengamos, además, en cuen- ta, que el uso que de las formas del dativo masculinas y femeninas le, les, han hecho nues- tros más clásicos escritores , como quedó pro- bado en el artículo anterior , se conforma exac- tamente con el uso de los clásicos latinos, y habrá forzosamente que reconocer que las for- mas de este pronombre y el uso que nuestros clásicos hacen de ellos para el dativo , son una herencia natural y directa que la lengua cas- tellana obtuvo de su madre la latina.

Pero todavía hay más. Suponen los lautas que, contradiciendo el carácter natural denues- tra lengua, debe decirse la y las, y no /e y les, para la forma femenina de dativo , porque diciendo le y les para masculino , y la y las para femenino, se distingue al menos el género de la persona ó cosa de que se trata, y este argu- mento, como el anterior , también flaquea por su base. Trátase de un pronombre , que, aun- que personal, es más esencialmente demostra- tivo, y por consiguiente hállase siempre refe- rido á cosa ó persona que anteriormente se expresa en la frase ó que fácilmente se sobre- entiende en ella ; es , en fin , un pronombre

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que siempre se encuentra referido á persona ó cosa conocida , y cuyo género , por tanto , no hace falta precisar por medio de la termina- ción del pronombre. En cambio la relación del régimen , que es más importante y trascen- dental que la del género, se concreta y precisa de un modo indudable con las formas de da- tivo h y les , como puede verse en las pala- bras que hemos citado del P. Granada : «Con- viene que, entendidas las malas mañas de esta bestia , le (dativo) acortemos los pasos y la (acusí:tivo) atemos á un pesebre», y en aque- llas o :ras que también hemos citado del mismo autor : « Si ha muchos días que no se regó (una Dlanta), está tan fea, tan lacia y tan mar- chita , que parece que está ya del todo muer- ta ; mas si luego le (dativo) acudís con un rie- go de agua, de allí á una hora la (acusativo) veréis tan verde....», etc. Pero dejemos al Cicercn español , maestro incomparable en el bien dscir, y descendamos al lenguaje usual y corriente ; si oyéramos decir que fulano riñó con su hermana y la pegó , ¿ no podría alguno preguntar con qué y dónde la pegó? Porque es evicente que si la pegó, pudo ser á la pared y con engrudo ; lo mismo que si dijéramos que la dio con un palo , podríase entender que la dio á alguen con ó por medio de un palo. Y pue- de muy bien acontecer que quien no esté muy

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enterado de las extravagancias gramaticales de los laistas, al oir que pregunté á mi hermana la lección y la supo mal , entienda , no que á mi hermana le supo ó sentó mal que yo le pre- guntara la lección , sino que la lección no era bien sabida por mi hermana. Todas estas an- fibologías son consecuencia natural y lógica del disparatado solecismo que los laistas pa- trocinan ; y el único modo de evitarlas con- siste en imitar el uso que de las formas le, les, de dativo , han hecho nuestros clásicos. Por eso el insigne gramático Elío Antonio de Ne- brija , en su gramática impresa en Salamanca en 1492, se expresa en estos términos: «Todos los casos se declinan por proporción de aquel pronombre este, esta, esto. Salvo que el, la, lo, tiene solamente en el caso tercero de singular y plural le y les, comunes de tres géneros é en el cuarto caso lo, la, los , las, é común de tres géneros le é les».

Ya habrán comprendido nuestros lectores que en estas palabras Nebrija en su tiempo, como Bello en el suyo, consideran al artículo y al pronombre el (no sin fundamento) como una misma palabra , siendo el pronombre para ellos, aparte de su valor gramatical, una va ríante fonética del artículo. La misma doctri- na , pero sin confundir el artículo con el pro- nombre , sostienen D. Juan Antonio González

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Valcés en su Gramática completa greco-latina y castellana , 1798 ; D. Juan Manuel Calleja en sus elementos de Gramática castellana, 18 18, y el insigne gramático y filólogo D. Vicente Sal- va en la segunda edición de su gramática, im- presa en 1834. Sólo D. Gregorio Garcés, en su obra titulada Fundamento del vigor y elegancia de la lengua castellana , dice que este dativo fe- men.no le, puede trocarse con el oblicuo la tal cual ve%. Bello también admite indistintamente el uso de le y la, les y las, para las formas de dativo. Pero nótese que ni Garcés es un gra- mático en todo el rigor de la palabra , y que lo que sobre la materia afirma lo afirma muy tímic amenté , y téngase en cuenta , respecto á Bello , que era un gramático reformador , y que su gramática , además , fué por él destina- da al uso de los americanos , y que él mismo, en el prólogo de su notable obra, nos dice : «No tengo la pretensión de escribir para los caste- llano;. Mis lecciones se dirigen á mis herma- nos los habitantes de Hispano- América». Fuera de la Academia , los verdaderos representantes de la ciencia gramatical en España , los que más i fondo estudiaron nuestra lengua y con más acierto formularon las leyes á que obede- ce, fieron, sin duda alguna , Nebrija , Gonzá- lez V;ildés y Salva, que en la cuestión de que :a admiten las formas le y les masculinas

se tra :,

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y femeninas, para el dativo del pronombre él, ella, eUo. Si, pues, el uso de los más doctos escritores está en contra del grosero solecismo que los laistas defienden ; si por la anfibología que produce en la declaración del pensamiento lo rechaza nuestra lengua , que es toda clari- dad ; si lo condena la autoridad de nuestros gramáticos más insignes , ¡ cómo se atreve Es- calada á defender el solecismo de los laistas, hoy , como siempre, tan desacreditado en el mundo de las letras? Pues precisamente, con- testará alguno de mis lectores , por el gusto de contradecir el uso de los clásicos , la auto- ridad de los gramáticos y el carácter del idio- ma. Y no seré yo , por cierto, quien á tan sen- sata opinión se oponga, porque demasiado á qué excesos arrastra á las vulgares media- nías el inmoderado afán de notoriedad, pues no he olvidado todavía que de esa crítica in- docta , satírico-avinagrada y baratera , pero ri- dicula y bufa en nuestro Cataclismo , dijo ya, en su Laurel de Apolo , el buen Lope de Vega, que era

« Infame y loco extremo De algunos atrevidos Que afectan á ser hombres conocidos , A costa del honor ajeno , y vienen A perder e! que tienen , si le tienen».

XIV.

or ser el XXXVI el último artículo que publica El Imparcial contra el magnífico Diccionario de la Academia , y por ser éste además el que parece haber dejado á su autor más satisfecho, vamos á contestar, no á los t'einta y seis mil disparates que contiene, sino á aquellas afirmaciones más terminantes y rec ondas que á los vientos de la publicidad lanza el impertérrito Blas en el diario de la plaza de Matute , sin duda porque sus lucu- braciones peregrinas son el más escandaloso matute literario de que hay memoria desde que hay Escaladas en el mundo, según vamos á demostrar seguidamente.

Dejemos para el final lo que sobre la defini- ción déla cerca nos dice, por ser de lo más divert do y substancioso que han abortado El Impar iial y su Escalada.

9

130

«La definición de cercén, dice el famoso Zoi- lo, es corta, pero mala. Véase: 'Cercén, adv. m. (adverbio modal) ant. A cercén. \ A cercén, m. adv. (modo adverbial) A raí^.' ¿Y la definición de cercén, preguntarán los lectores? Porque decir que cercén es á cercén, es un dis- parate, pero no una definición. Es lo mismo que decir que pulso es á pulso. Pero ¿quién les habrá dicho á estos bar.... tolos que cercén es adverbio y anticuado por más señas? No, sa- pientísimos , no ; cercén no es adverbio , es sus- tantivo y muy usado y muy popular en León y Castilla y donde quiera que se conoce el idio- ma. En la preciosa introducción al tomo vnr de sus poesías (el que empieza con la leyenda El Capitán Montoya), dice Zorrilla :

«Tajo aquí, cercén allá ,

»ora á la regla , ora al gusto », etc.

«¿Creen los académicos, continúa, que cer- cén aquí es un adverbio y no un sustantivo igual que tajo?»

Larga es la cita , pero bien merece copiarse íntegra , para que vean nuestros lectores que cuando el Zoilo de El Imparcial se atreve á citar autoridades, cita las que menos sirven para el caso. Y no hay que escandalizarse porque re- cusemos como autoridad la del insigne poeta legendario, precisamente por la misma razón que invoca Escalada; porque aún vive, y no

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es , por consiguiente , uno de esos escritores que en literatura se llaman clásicos. Además de que podríamos decir, sin incurrir en una here- jía literaria , que los atrevimientos de lenguaje del ilustre poeta , dicho sea con el respeto de- bido á su portentoso genio , no le abonan grandemente como hablista. Ahora , si Escalada quiere saber quién les ha dicho á los acadé- mico > que cercén es adverbio y que significa lo misrr.o que á cercen , tómese el trabajo de leer á Go ízalo de Illescas, que en su Historia Pon- tifical , I. -II. , dice : «Y curó ante todas cosas á Malclio una oreja que le había cortado cercén el Apóstol San Pedro». Y á Hernández de Ovie- do e;\ el Sumario de la Natural Historia de las ludioí , XII. , que escribió : «Y acaesce levar ( el beorí ) un brazo con media espalda cercén de un bocado á un lebrel ; y á otro quitar un palmo ó dos de pellejo, así como si lo desollasen ». Y á Lórez de Gomara , que dijo en su Conquista de Méjico: «Defendiéronse tan bien un rato de los seis, que hirieron dos de ellos, y les mataron dos ciballos de dos cuchilladas, y, según algu- nos que lo vieron, cortaron cercén de un golpe cada pescuezo con riendas y todo ». Y más ade- lante : «Desto mesmo hacen punzones que ba- rrenan cualquier madera y piedra, aunque sea un diamante. Y las espadas cortan lanzas y un pescuezo de caballo cercén». Después de esto,

132

¿querrá decirnos el inclitísimo Geroncio si en las autoridades citadas cercén es sustantivo ó adverbio, si por ventura es capaz de distin- guirlo, y si equivale ó no al modo ó frase ad- verbial á cercén?

«¿Y el cerdamen?, dice más adelante. No digo que, como de madera se forma maderamen, no se pudiera formar de cerda, cerdamen ; pero no se ha formado. Como no se ha formado papelamen tampoco. » La afirmación no puede ser más terminante y redonda , como del ínclito Blas ; mas es el caso, que papelamen no figura en el Diccionario, y que de cerda podrá no haberse formado cerdamen, pero en la Vida y hechos de EstehaniUo Gon$ále{ , se lee : « Hallé pegado á él todo el bigote del tal hidalgo , que era tan descomunal, que podía servir de cerdamen á un hisopo».

Más adelante dice el criticastro de El Impar- cial: «Ceremoniáticamente. ... ¿Creían los lectores que no había en castellano ninguna palabra tan larga? Pues sigan creyéndolo» Y podrán seguir creyendo á Escalada mientras en la pá- gina 289 de las Obras de Fr. Jerónimo Gracián no vean estas palabras : «Después que cere- moniáticamente hicieron sus sacrificios man- daron al niño que levantase las manos y los ojos al cielo».

Fijémonos ahora en estas substanciosísimas

palabras del sapientísimo Blas : «¿ Y están Vds. seguros de que cerrero es el que vaguea de cerro en cerro? Pues lo mismo se puede lla- mar academiero al que vaguea de Academia en Academia». ¡Vaya si estarán seguros de lo que afirman los académicos , que por lo visto han leído al P. Granada , que en su Escala Es- piritual, XXVII , dice : « Mas si lo dejares ( al pensamiento) andar cerrero y suelto por donde quisiere , nunca lo podrás tener contigo». Y no es esto sólo , sino que , como tantas veces hen- os demostrado , el crítico infeliz de El ¡m parcial no ha leído el Quijote , ni debe cono cerlo, porque, si así no fuera, no ignoraría que en la parte I , cap. L , se lee : a Llegó el cabre- ro . y asiéndola de los cuernos ( á la cabra ) . coiro si fuera capaz de discurso y entendi- mie ito , le dijo : « ¡ Ah cerrera , cerrera , man- »chida , manchada , y cómo andáis vos estos »díí.s de pie cojo ! »

\<En cerro por en pelo, ¿dónde se dice?» pregunta la ignorancia de Escalada. En cerro por en pelo, apréndalo el malaventurado Zoilo, y no lo vuelva á olvidar , se dice en la Nueva Recopilación, VI. -XVII. -II., donde se lee: «De cualesquier potros , agora los vendan ensilla- dos ó enfrenados , ó en cerro , no se le lleve al- cabala alguna». Y en el prólogo de la parte terc;ra del Símbolo de la Fe , del P. Granada,

l34 donde se ven estas palabras : «Quien quisiere ver qué tal es un caballo que ha de comprar, quítele los jaeces y mírele en cerro». Y en la Historia del reyno de Chile , del P. Ovalle , que escribió : «Los mataron á todos menos al ca- pitán Gonzalo de los Ríos y á un negro , que á uña de caballo en cerro escaparon» ¿Se en- tera Escalada ahora dónde se dice en cerro por en pelo? Pues vamos á otra cosa.

« La certinidad ( copiamos del citado artículo) es una tontería». Y díjolo Blas , sin duda por- que, en la Vida ae Santa Teresa , cap, II, se lee: «Como fué breve el tiempo, aunque se enten- diese algo, debía ser dicho con certinidad» .Y ^ por- que en la Novísima Recopilación , II. -XXII. -XX., se dice : «Con apercibimiento que si así no lo hicieren , y mostrasen certinidad por testimo- nio como se lo escribieron y avisaron , que sean bien castigados sobre ello». Y porque Ambrosio de Morales, en el tomo I, página 240 de sus obras , escribió : u Pusiera aquí lo que los reyes de esto con gran sentimiento de cer- tinidad y devoción dicen ». Y porque Don Fr. Antonio de Guevara dice en una de sus epístolas: «Los que demuestran gran senti- miento de verse batidos , señal es que tenían certinidad de estar siempre prósperos».

«'Cervicabra (seguimos copiando), ani- mal que tiene propiedades de ciervo y cabra'.

.

*35

¿Y dónde está ese animal.» ¡Qué atrasado de noticias vive el pobre Escalada! ¡Y conque poco trabajo podría aprender lo que no sabe ! Pues aunque en realidad no existiera ese ani- mal , sería motivo suficiente para admitir la palabra en el Diccionario , el que Antonio de Herrera hubiera escrito en su Historia de las Indias, VII. -IX. -V. : «Hay diversos pájaros de colores.... y diversos animales , como vena- dos , cervicabras y conejos ».

Y vamos á la cerca, de la cual dice el gran- dísimo Escalada : «Comenzando por la defi- nición de la cerca, que dice ' : 'Vallado, tapia ó muro que se pone al rededor de cualquiera si- tic' ...., como si aparte de lo pedestre de la cons- trjcción, vallado fuera lo mismo que muro ó tapia. Desde luego se entra en sospecha que los académicos no saben lo que es vallado, y, er efecto , evacuando la cita , se ve que dicen que el vallado es 'cerco que se levanta y forma (?) d< tierra apisonada' . . . . , lo cual viene á ser una pared, y definir así el vallado, dar por las pa- redes, destino constante de los académicos. Porque el vallado no se levanta , sino que se baja, imitando la académica expresión; porque es ur a zanja ó un foso , como acaso hubieran lle-

¡ Como si la cerca fuera capaz de decir algo ! | Qué re- vuelto de seso anda Escalada 1 ¿ Y á esto llama ingenio El Im- ■cial? Pues sigan Vds. leyendo.

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gado á sospechar los infelices, si el etimolo- gista, al darles la etimología , no se hubiera detenido á lo mejor; si les hubiera dicho que el latín vaüatus , que él pone como raíz , viene de vaüis, valle». Descansemos un poco, y repongámonos del susto que nos ha produ- cido este chaparrón de desatinos. Pero ¿quién le habrá enseñado estas cosas á Escalada? Por- que ni vallatus es raíz , ni Escalada sabe lo que en filología se llaman raíces , ni vallatus viene de vaüis, sino de vaüurn. Pero, ya se ve; el pobre lo vio verde y con asa , y lo derivó de vaüis. ¡ Valiente sabiduría la de este desventu- rado , que así se atreve á hablar de lo que no entiende, como si estas cosas se inventaran y el inventarlas fuera tan fácil cosa como insultar indecorosamente á quien sabe lo que él está incapacitado de saber. Estudie el malaventu- rado Blas, y aprenderá que de vaüis, valle, no se derivan en latín más palabras que vaüestris y vaüicula; y que de vaüum, trinchera , se de- riva, entre otras, vaüo , as, are, avi, atum, fortificar con trincheras, cercar ó rodear de trincheras, cuyo participio vallatus, a, atum, y mejor el nombre vallatus, us, derivado de este verbo, se transformó en el castellano va- üado, que es un cerco que no se baja, sino que se levanta y forma de tierra apisonada, y que, en efecto , viene á ser una pared , aunque le

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parezca mal al crítico ignaro , que no ha leído en el Símbolo de la Fe, del P. Granada. I. -XX. : «Edifican una casa grande y magnífica , con- fome á la dignidad real , y cercanía de un vallado como de un muro». Así dijo el P. Gra- nada en el lugar citado , y no dijo cercanía de un vallado como de una zanja ó de un foso.

Y basta por hoy, para demostrar cómo se escribe la crítica.... en El Impar cial.

XV.

omo una muestra de la autoridad que el desdichado Escalada ha conquistado 9$ en el extranjero, y para que nuestros lectores vean la opinión verdaderamente im- parcial y desapasionada que sobre esta cues- tión se ha formado entre las personas que cul- tivan las letras en Francia , reproducimos á cont nuación el artículo que, debido á la pluma de un distinguido literato, quien además forma parte del cuerpo universitario francés, vio la luz pública en Le Républicain Bayonnais el miércoles 15 de Febrero de 1887, en el núme- ro 9:5 del citado diario.

En él se hacen afirmaciones tan concretas, y se trita de la cuestión con tal conocimiento de causa , que bien merece que fijen en él su aten- ción nuestros lectores, para que vean cómo

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en Francia se aprecian hoy en su justo valor las obras de los ingenios españoles , á pesar de los esfuerzos de esa soberbia y petulancia inau- ditas, que, rebosando los límites de la necedad humana, y sin otras armas que la más supina ignorancia y el odio más cordial contra lo que constituye por solo la honra y gloria de las letras españolas, pretenden justificar aquellas palabras que la frivolidad francesa , queriendo hacer una gracia como las gracias de Escala- da , lanzó al rostro de nuestra patria por boca de Alejandro Dumas , cuando dijo que « El África empieza en los Pirineos» ; palabras que resultarían una tristísima verdad si no hubiera más que Escaladas en España.

Vean ahora nuestros lectores el artículo á que nos referimos :

«LETTRES D'ESPAGNE

» Correspondance particuliere du Républicain Bayonnais.

»I1 ne faut pas toujours parler de politique ; les lettres ne doivent pas étre oubliées.

»I1 y eut un temps l'Espagne oublia pres- que sa littérature et se mit á traduire servile- ment tout ce qui se publiait á l'étranger ; cette mauvaise habitude avait été poussée si loin,

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que l'on croyait déjá un peu partout que l'inspiration s'était éteinte chez les Espagnols et par conséquent qu'ils n'étaient capables de produire aucun travail de l'esprit.

»Aussi, la patrie de Cervantes et de Calderón a été délaissée par lesérudits desautres nations, et ceux d'entre eux qui se sont donné la peine d'étuiier quelque ouvrage Castillan modeme, l'ont fait tres superficiellement sans pouvoir comprendre le vrai génie espagnol.

»Mayansy Sisear avaitdéjá prévu audixhui- tiéme siécle l'engouement exotique qui débor- derail tót ou tard sur la péninsule lorsqu'il s'écriait dans son Exhortación al ejercicio de la elocuencia española :

«S'il a existe un temps l'on ait écrit en »Esp£gne avec quelque succés , et il a existe «cerüinement, aucun n'a été plus favorable »poui écrire avec la plus grande perfection »que :elui que nous traversons.

»Lí manie des traductions n'est plus á son »paroxysme heureusement ; on traduit bien »enco"e les chefs-d'oeuvre franjáis, italiens, wangliis ou allemands, afín de suivre l'esprit «humiin dans toutes ses manifestations ; mais »on s'est rappelé que la littérature espagnole «avait brillé jadis et qu'elle pouvait revivre »avec plus d'éclat que jamáis.»

»Al:alá Galiano le dit ainsi dans sa Doclrina

14-

Crítica: «Puisque l'Espagne est l'Espagne et »non pas la France, l'Italie , l'Angleterre ou »l'Allemagne, et que l'Espagne du XIXe sié- »cle, n'est pas l'Espagne des ages passés, ses » écrivains doivent se conformer en tout an «génie national, le mettant d'accord avec le »gout de notre époque, sans emprunter pour ,)>cela le leur aux étrangers, ni copier ou re- »produire les anciens».

»L'Espagne et les républiques Hispano-Amé- ricaines ont compris la vérité de ees préceptes et l'on voit depuis longtemps des ouvrages pu- rement Castillans qui font grand honneur á leurs auteurs.

)>Nous n'entrerons pas dans de longs détails a ce sujet car il faudrait bon nombre d'articles pour rendre compte du mouvement intellec- tuel tel qu'il s'y produit maintenant ; nous nous contenterons seulement de donner une idee de la poUmique littéraire qui a lieu aujour- d'hui dans la presse madrilégne.

wL'Académie espagnole a publié il n'y a pas longtemps, une nouvelle édition de son Dic- tionnaire de la langue castillane , édition tres savante, tres complete, et en par faite harmonie avec les progres de la philologie.

»Des critiques se sont mis tout de suite á y chercher des erreurs, de fausses définitions, des redites, et ils en ont trouvé en si grand

1 43

nombre suivant eux, que ce chefd'ceuvrede lin- güistique ne serait bon que pour mettre en évi- dence la grossiére ignorance des académiciens.

:> Miguel de Escalada est un des plus ardents ennemis desimmortels espagnols; il a su éveil- ler la curiosité publique avec ses saillies et ses hardiesses et surtout avec son langage vif, tranchant et désordonné , dans ses articles de El ,'mparcial, mais, il a courber la tete, bien qu'il ne veuille pas le reconnaitre,devant l'éru- ditijn déployée par Quintilius de El Liberal, lequel se posant en défenseur de l'ouvrage académique , a réduit a néant les fallacieux arguments de Escalada

» C'est égal: sans les attaques injustes de Migjel de Escalada, on n'aurait pas eu occa- sion peut-étre de lire les solides et savantes disscrtations de Quintilius, qui, de la maniere avec laquelle il fouille les textes et trouve des arguments doit étre un homme ferré sur la grammaire et la littérature.

»Nous sommes bien loin de suivre en poli- tiqu< la plupart des académiciens espagnols ; nous savons qu'ils ont tous ou presque tous des idees contraires a nos idees démocratiques ; nous respectons cependant leur autorité litté- raire ; leur ceuvre appartient á tous les peuples qui parlent l'espagnol et á ceux qui cultivent les lettres.

i44

»Par conséquent, si Escalada a de l'imagina- tión , Quintilius a beaucoup d'érudition , et si le collaborateur de El Imparcial a divagué , ce- lui de El Liberal lui a donné une bonne lecon, lui montrant que. ... le Dictionnaire de la langue Castillane, ouvrage de l'Académie Espagnole, restera comme un monument national aussi bien en Espagne qu'en Amérique. ¡béricus.»

ÍNDICE

Páginas.

Al que leyere , . 5

I. Aii, partícula inseparable castellana 7

II. Abalanzar, Abaldonar Aballar 13

III. Abremntio. Caramillo. Carantamaula , Ca- ránt ala , Carátula. Carbaso. Carduzador. Ech; rse con la carga.— Caridad 21

IV. \ lacerse aire . Abatido. Abella , Abellar, Abe- llero , Abeya , Abeyera 31

V. C irnecería. Carnerear. Llevar la pena. Car- nero. — Carpeño , ña. Carlanca 39

VI. Abigarrar.— Abigotado. Beber las acciones,

los ; centos 49

VII. \cademia. Adorar. Respeto. Acatamien- to.— Acatar. Obedecer 57

VIH.— Acogollar. Adelante. Aderezo. Adobe.

Aladrar. Acalandar 67

IX. A cibarrar. Adquisitr-. Adunco. Adunia. Afo. Afrisionado. Aho. —Ajobar.— Albengala. Albórbola. Alcaller. Aleto. Alfana.— Al- homhra. Alhombrar. Almalafa. -Almarada. Almcfrej. Almuédano. Amurcar. Andábata.

IO

146

Andorra. Andularios. Andulencia. Aparír. Apetite y Aquistar 77

X.— Cativo.— Cartapel. Cal. Igreja y Paracleto. Estar en carrera de salvación. A carrera abier- ta.—Carrerilla.— Poras. Cas. Carretón. Ca- rdóla 89

XI. Blasmar. Benino. Amicicia.— Agro 99

Xll y XIII.— Sobre el uso del dativo femenino del pro- nombre él , ella , ello 1 1 1 y 1 2 1

XIV. Cercén.- Cerdamen. Ceremoniáticamente. Cerrero. Encerró por en pelo. Certinidad.— Cervicabra. Cerca 1 29

XIV.— Conclusión 139

OBRAS DEL MISMO AUTOR

I HALLAN DE VENTA EN LAS PRINCIPALES Ll

Autores Sagrados y Profanos: Ejercicios de tra- ducción ¡atina , elegidos . ordenados y gradualmente dis- puestos.— Cuarta edición.

Gramática de la lengua t-;t»i<-ilana. compuesta

con arreglo ampian y rrjétoSCmás tier.¿ralniente seguidos

en la enseñanza de! latín . y para Taciütar á los alumnos de

unda enseñanza el estudio de este ¡dioma. Tercer?

ion.

Gramática elemeatalde la Icngiiaaaatellaaa

I>. Podro Calderón de la Barca: Estudio bit

fico-criticc

EN PRENSA

IHorionarloclásIco-eliiiiológicolalIno-rspiinol

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Commeleran y Gómez, Francisco 4617 Andrés A4VC24 El diccionario de la lengua

castellana por la Academia

Española